Opinión

Europa y la inmigración

Viernes 30 de mayo de 2008
A medida que avanza la primavera, comienzan a llegar a nuestras costas más y más cayucos y pateras, cargados de seres humanos desesperados. Buscan en el Viejo Continente un futuro mejor, cuando no simplemente un futuro. Es ésta la forma más escandalosa -trágica, con frecuencia- de arribada de inmigrantes irregulares. Pero, en modo alguno, es la más habitual ni la numerosa. Fundamentalmente, porque la llegada de inmigrantes a países de la Unión Europea suele hacerse de la manera más normal posible. Aviones, autobuses y vehículos particulares cruzan a diario nuestras fronteras, transportando gente que no tiene el más mínimo interés en regresar a su lugar de procedencia. Italia, Francia, España, Gran Bretaña y el resto de países de la Unión Europea hace ya tiempo que empezaron a darse cuenta de la magnitud del problema, y por ello han tomado cartas en el asunto. Pretender que Europa hable con una sola voz es harto complicado, toda vez que su gran diversidad de países hace que alcanzar consensos sea misión casi imposible. No obstante, en esta materia, parece haberse llegado a una especie de punto de encuentro, cual es el de endurecer las políticas migratorias, con el fin de dotar de seguridad a la inmigración, y de evitar las prácticas irregulares al mismo tiempo.

Tal parece ser, con más o menos matices, la forma de pensar en Europa. Fiel reflejo de ello es la propuesta de “contrato de acogida” de Sarkozy. Pretende que quienes entren en suelo francés con el propósito de quedarse, se comprometan a cumplir las leyes del país, a procurar aprender su idioma y a respetar los valores de la República francesa. Cuesta encontrar algo carente de sentido común en esta propuesta, pero parece que algo sí ha debido disgustar a los socialistas españoles, quienes, en boca de su presidente, se han apresurado a desmarcarse de la medida. Aunque quizá todo el problema se resuma en que la propuesta francesa se parece demasiado a la que avanzó el PP hace pocos meses. En todo caso -y en contra de la práctica totalidad de líderes europeos- Zapatero no termina de renunciar a su “efecto llamada”, afirmando que endurecer el discurso en esta materia no le parece adecuado. Olvida el líder socialista que de lo que se trata aquí es de frenar la inmigración ilegal, entre otras cosas, para que aquellos inmigrantes que quieren hacer su vida en el marco de nuestras fronteras de manera legal -por otra parte, casi la mayoría- puedan hacerlo dentro de un marco lo más favorable posible. La inmigración legal es una oportunidad. La irregular, un problema. Un problema para todos pero, sobre todo, para los inmigrantes legales y para los irregulares también. Y un discurso falto de argumentos contundentes, lejos de disuadir, favorece la avalancha de irregulares, pues van allí donde saben que lo tendrán más fácil.

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