Opinión

El periodismo no solo hace cínicos undergrounds

TRIBUNA

David Felipe Arranz | Domingo 09 de agosto de 2015

Desde hace seis años, todos los inicios de agosto se nos hace cuesta arriba, cuando el estío es un pámpano de luz. Desde hace seis años y en nuestra cabeza, a las cuatro de la mañana, esperamos vencidos por el cansancio, acodados en la mesa del comedor, y nos despierta una llamada de la Clínica Bautista para decirnos que nuestro tío ha fallecido después de dos meses y medio de lucha por la vida. Fue un guerrero, pero no tanto como para rozar la recuperación imposible del coma. Y cada seis años algo se nos rompe por dentro porque el amigo, el hermano, el maestro, el torero del Poder y el referente ha tirado la toalla del respirar y el latir, entubado y conectado a la máquina, con la mitad del cerebro desconectado, encharcados los riñones y colapsado todo el sistema linfático. Hace unos días nos dijeron:

–Te has vuelto un cínico underground.

–Yo creo que no. Solo es dolor. Pronto pasará.

Desde hace seis años, el motorista Roque Lugo, ex policía, embiste con violencia y a toda velocidad a Julián Lago en Coronel Oviedo (Paraguay), arrojándolo a varios metros, cuando bajaba del coche por la puerta del conductor, sin mirar –como siempre–. Sus zapatos quedaron esparcidos por el suelo. Iba a comprar tablas y enseres para construir y dotar la biblioteca que estaba levantando en medio de la selva de Simón Bolívar, donde quería enseñar a leer a los niños guaraníes. Él, que lo fue todo en la profesión, sabía que el periodismo ya no podía ofrecerle nada más. Desde hace seis años un diagnóstico negligente de un facultativo ignorante –“No tiene vd. nada, don Julián, solo una contusión en la cabeza”– lo condujo a la muerte en vida casi tres meses durante los cuales solo movía los dedos, inducido ante ciertos estímulos.

Desde hace seis años se nos rompe en trozos, con lenta acumulación, el día 3 de agosto al acordarnos del niño “malo” y travieso y el hombre bueno, de su mirada azul, cristalina y su risa contagiosa que se llevaba todo el sol, y de lo valiente que fue el torero del antiguo tronío bruñido en plata invisible. Desde hace seis años miramos la última foto que le hizo nuestro amigo Aníbal Malvar en aquella mítica entrevista para El Mundo, antes de que Julián marchase a Paraguay –“Tu tío era muy grande, un gigante”–. Ese era su rostro: dulce, escarchado y ausente, tan humano y tan deseando amar, tan lleno de vida y de decepción, tan lleno de heridas y de besos, sosegado y dejándose rodar en el otoño de la vida. Tan pleno de esperanzas bajo las nubes de Larra y de Mariano de Cavia, cuyo Premio ganó con La España transitiva.

Desde hace seis años, aunque ya no esté, quiero cada vez más a este hombre hecho de magia y de sueños, tan generoso. Y lejos de ir sintiendo su ausencia, nos invade cada día su presencia con más contundencia, la del romántico revolucionario, de vida novelada, decantada y última. Desde hace seis años lo sentimos muy cerca de nosotros, acompañándonos a la presentación de la última película de Jaime Rosales, a una grabación de “El Marcapáginas”, a ver a su editor Raúl Mir o a almorzar en El Portobello porque sí, porque estamos vivos, qué caramba. Desde hace seis años nos acordamos de cómo se enamoró de aquella niña de Xátiva, tan loca y despierta, tan precoz y de belleza tan insultante, una de sus fémme fatale de entre tantas, de las que nos convierten en otro para seguir siendo después aún más uno mismo, para volver a ser lo que fuimos. Nosotros también tuvimos la nuestra y era, ángel y diablo, qué casualidad, de por allí. Amor mortal de necesidad.

Desde hace seis años hablamos de los abuelos, del abuelo Víctor, qué temple y señorío el de aquel hombre, de la abuela Cano, qué maravilloso y enorme corazón hasta su último aliento, de Valladolid y de cómo somos los vallisoletanos, hechos de una pieza, para bien o para mal, con mucho carácter y mucha nobleza. Con mucha pasión. Nos contamos desde hace seis años cada agosto los amores verdaderos y los falsos, los cánticos y los cansancios, y el arrepentimiento sentido ya como un barco lejano, como un enterramiento vikingo. Nos confesábamos el Amor enhebrado de vida, ante el que la muerte es solo una bagatela, el que se bebe en los quicios secretos de Madrid, a la vuelta de la granazón imperial de sus calles; el Amor al que nadie accede sin volar y el que muy pocos afortunados llegan a conocer.

Y se nos humedecían los ojos a los dos, contemplando el paisaje después de la batalla innecesaria, la del amor. Y no podía seguir hablando, solitariamente cósmico, el hombre que fundó Tiempo y Tribuna, que inventó “La máquina de la verdad” y que hizo radio en su estado más puro, de donde aprendimos todo lo que sabemos: aprender de los mejores y permanecer junto a ellos es un regalo de valor incalculable y eterno. Respiraba profundamente y con temblor humano el que fue libre entre los libres para decir y opinar de todo y de todos, para medirse las fuerzas con los poderosos, con políticos y banqueros, aun a costa de sus continuos cambios de medio, forzada siempre su salida por las bambalinas del poder que hay detrás de cada periódico, televisión y revista. Fue el hombre que aprendió desde niño el ballet de la escritura y veló sus primeras armas en El Norte de Castilla. Solo la escritura le salvaba del dolor de sus heridas.

Aunque agosto trae la paz quieta del olvido, desde hace seis años nos desceñimos las vendas y no podemos retener las lágrimas que caen sobre el papel, arrugándolo y extendiendo la tinta fresca como si fuese sangre. Desde hace seis años nos asiste lo vivido con él, nos sorprende su magisterio aquí y allí. Desde hace seis años nos despedimos con abrazos, besos, sabiendo que jamás volvería y que se dejaría la vida entre los indios el día en que el Paraíso se volvió tormenta. Desde hace seis años Julián Lago cruzó de un salto, desde la jungla paraguaya, la rosa del firmamento. Y un nuevo y viejísimo periodismo hecho de libertad se puso en marcha.