Históricamente el peñón de Gibraltar nos ha deleitado con entramados diplomáticos que lejos de resolver el contencioso existente lo que han hecho ha sido enrarecer aún más el divorcio entre España y Reino Unido. Nada nuevo.
A nadie se le escapa que la culpa de todo esto la tuvo Felipe V y el deficitario y polémico Tratado de Utrecht. El monarca se quedó bien a gusto cuando cedió los derechos de autor del peñón en favor de los ingleses. Lástima que en todo este tiempo no haya habido alguien que pusiera en duda los papeles firmados y su legitimidad, ni tan siquiera una revisión después de tres siglos de vigencia; pero claro, ahora de nada sirve desempolvar otros documentos que no sean los del señor Bárcenas, que miren por donde a lo mejor también andaba de tesorero real por aquél entonces.
Y claro, de aquellos barros, estos lodos. Ya no es suficiente con los juegos online y el mercadeo libre de impuestos, ni tan siquiera el blanqueo de capitales que ofrece el paraíso roqueño, nada de eso, ahora son los intocables y pulgosos 250 monos gibraltareños los que actúan de manera grotesca metiendo mano a las mujeres. Ya sé que puede resultarles un tanto erótico-festivo el comentario, pero es lo que hay cuando te cruzas con un primate de la especie Macaca sylvanus dentro de su propia colonia gibraltareña.
Es curioso, pero estos simios tienen muy desarrollado el instinto de desvestir y palpar hembras homínidas. Caso más reciente el de una turista de 23 años cuando se vio sorprendida por dos monos sátiros que se abalanzaron sobre ella quitándole la parte superior del bikini para acto seguido entregarse al manoseo de sus áreas íntimas. Y lo que son las cosas, aquella agresión sexual sirvió para que otros turistas sapiens sacaran fotos y rieran como parte de un espectáculo de los muchos que ofrece el paraíso fiscal roqueño.
La cosa no acaba ahí, medió una denuncia en comisaría y los bobbies, con su acostumbrada sorna inglesa invitaron a la agredida a demostrar su capacidad para localizar a los agresores en una rueda de reconocimiento.
“Los monos son animales salvajes y como tal no están sujetos a nada ilegal” -argumentó uno de los agentes. De manera que no sólo se quedan con el Peñón, sino que cualquier día, estos pulgosos macacos saltan la verja e invaden La Línea de la Concepción, Algeciras, Barbate o Zahara de los Atunes, se adueñan de nuestras mujeres y se las llevan a sus favelas para hacer cuantas monerías tengan a bien al amparo de su franquiciada situación. Es lo que tienen los paraísos fiscales.
Visto lo visto que me perdone la ciencia, porque discrepo de la teoría de la evolución de Charles Darwin y de todo paleontólogo o antropólogo venidos a decir que el hombre es producto de un largo proceso evolutivo y que no desciende del mono, sino que hombres y monos vienen de un antepasado común: el primate, que vivió hace 70 millones de años. Pues he aquí que no, que después de lo acontecido en el Peñón, sólo cabe una nueva teoría: el macaco gibraltareño, simio pulgoso, machista asqueroso, acosador sexual y mezquino, solo puede venir de una rama indomable del propio hombre, la idéntica rama sapiens que une a los indeseables violadores, pederastas proxenetas, traficantes de mujeres, maltratadores y demás enjambre de maleantes y seres indignos de nuestra sociedad actual.
Me he permitido establecer esta nueva teoría sobre quiénes somos y de dónde venimos, más que nada para evitar que la cosa se extienda y pueda alcanzar a otras especies limítrofes como son las caballas, los jureles o las sardinas de la bahía. Por nada del mundo quisiera ver a los espetos ante las brasas cantando el Dios salve a la Reina.
En fin, cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”, que dijera el rey Alfonso VI.