Opinión

Alejandra Pizarnik, o "la lúgubre manía de vivir" (II)

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 15 de agosto de 2015

Siempre he creído que la poesía de Pizarnik es una estancia en penumbra para los que no han conocido la angustia, la desesperación y el anhelo de morir. Los que nunca han experimentado esos sentimientos puede deambular por sus libros y poemas, pero sólo captarán la inspiración y el genio. Aunque lleguen a atisbar la piedra negra de la locura, jamás entenderán su misteriosa gravitación, que invierte las leyes de la razón y la biología, no reconociendo otro horizonte que el silencio y el no ser. Desde La tierra más ajena (1955), Pizarnik se desposa con la muerte, cuestionando el poder de la palabra para expresar un idilio que representa la extinción de su propia voz. No se puede hablar de ficción o desdoblamiento formal, pues Pizarnik utiliza el pronombre yo para expresar sus vivencias, no para fantasear con un sujeto poético imaginario. “Yo soy…”, titula un poema, que encadena preguntas: “mi vida? / vacío bien pensado / mi cuerpo? / un tajo en una silla / […] mi rostro? / un cero disimulado / mis ojos? / ah! trozos de infinito”. El yo anhela el tú: “si tus ojos pudieran venir”, pero se trata de una espera inútil, pues el ansia de amor no halla respuesta. “Entre las sombras lo negro y yo”, escribe Alejandra, que no esconde su temprana aflicción: “mi garganta es un archipiélago maldito / mi sien la tapa de un pozo inmundo”.

En La última inocencia (1956), la alegría ya es un rescoldo frío. Definitivamente, la vida discurre como una marea turbia e incontenible: “esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir / te arrastra alejandra no lo niegues”. La dicha es algo esquivo y efímero: “¡Pudiera ser tan feliz esta noche!”, exclama con dulzura. Sin embargo, la ilusión se desvanece enseguida: “¡Tanta vida Señor! / ¿Para qué tanta vida?”. Esa pregunta afecta al todo, pero no a lo humilde, marginal y menospreciado: “Este instante que no se olvida / Tan vacío devuelto por las sombras / Tan vacío rechazado por los relojes / Ese pobre instante adoptado por mi ternura” (“A la espera de la oscuridad”). Pero la ternura no es suficiente para neutralizar la pena. La “niña ciega de alma” fantasea con el adiós: “Partir / deshacerse de las miradas / piedras opresoras / que duermen en la garganta”. En Las aventuras perdidas (1958), se mantiene el mismo tono: “El cielo tiene el color de la infancia muerta”. La ansiedad crece sin tregua: “¿Por qué no huyo / y me persigo con cuchillos / y me deliro?”. Pizarnik explota la segunda persona para referirse a sí misma, estableciendo un diálogo que no alivia su desolación: “Pero tú alimentas al miedo / y a la soledad / como a dos animales pequeños / perdidos en el desierto”. Los versos se encadenan, sin permitir la intromisión de la esperanza: “Un adiós es tu vida” / […] “Tú lloras debajo de tu llanto / […] Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan” (“Hija del viento”). Pizarnik se refugia en lo periférico y secreto, lo sobrenatural e incomprensible. Invoca la noche, la soledad, las cenizas, los ángeles, las carencias, los peregrinajes. Se trata de un viaje hace ninguna parte, donde el yo se percibe como espectro: “Señor / Tengo veinte años / También mis ojos tienen veinte años / y sin embargo no dicen nada” (“El despertar”).

Aunque ya ha escrito poemas memorables, Árbol de Diana (1962) corrobora la espiral ascendente de un estilo que ha alcanzado la perfecta concordancia entre la forma y el sentimiento. Su voz se ha desprendido de vacilaciones y fluye con un timbre inconfundible. La perfección formal no implica una visión menos sombría: “He dejado mi cuerpo junto a la luz / y he cantado la tristeza de lo que nace”. Pizarnik avanza en su dolorosa fenomenología del yo: “la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”. Dicho de otro modo: el mundo es un espejo que nos devasta por dentro. El precio de la delicadeza a veces es la propia vida. Ante ese conflicto, partir sigue constituyendo la mejor opción: “alguna vez / alguna vez tal vez / mi iré sin quedarme / me iré como quien se va”. En1968, aparece Extracción de la piedra de la locura. Pizarnik combina el verso con la prosa poética y el versículo. Su mente se debate con los mismos miedos que diez años atrás, cuando escribió: “Pues esto es la vida, / este aullido, este clavarse las uñas / en el pecho, este arrancarse / la cabellera a puñados, este escupirse / a los propios ojos / sólo por decir: / […] ¿no es verdad que yo existo / y no soy la pesadilla de una bestia” (“Mucho más allá”). La agonía del yo no se ha atenuado en una década: “Palabra por palabra yo escribo la noche”. El yo escucha “las trompetas de la muerte”, escoltadas por “el cortejo de muñecas de corazones de espejo con mis ojos azul-verdes”. La poesía no sirve para conjurar la inminente destrucción, pues sólo es “una pequeña casa debajo de un sol al que le faltan algunos rayos”. En 1971, se publica El infierno musical. El suicido de Alejandra está a la vuelta de la esquina: “y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y por qué / tengo miedo” (“Cold in hand blues”). Y añade: “No puedo hablar con mi voz sino con mis voces” (“Piedra fundamental”). El yo ha estallado, se ha escindido, dispersado: “¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado”. Pocos días antes de quitarse la vida, escribe en la pizarra de su cuarto de trabajo: “no quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. El suicidio de Pizarnik no es el desenlace de su escritura, sino un naufragio minuciosamente narrado y poetizado. Palabra esencial. Palabra en el tiempo. Sólo los que han sufrido penalidades semejantes pueden apreciar la turbadora belleza de una pasión, con las incontables caídas de un viacrucis profano. El resto advertirá la conjunción del dolor psíquico y el prodigio estético, pero no pasará de ese umbral que separa la esperanza del desconsuelo. Pizarnik nos dejó su epitafio: “Soy una niña calcinada por un sueño implacable”. El sueño sigue vivo en sus textos, quemándonos como brasa obstinada, fatal.