Los Lunes de El Imparcial

V. S. Naipaul: Una zona de oscuridad

ENSAYO

Domingo 16 de agosto de 2015

Traducción de Flora Casas Vacas. Debate. Barcelona, 2015. 296 páginas. 23,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. La maestría del Premio Nobel brilla en este su primer descubrimiento de la India, tierra de sus antepasados.

Por José Pazó Espinosa



Vidiadhar S. Naipaul es ese gruñón que ganó el Nobel de Literatura en 2001. Un autor oblicuo, parte del grupo de maestros que han proliferado en la literatura inglesa última -Ishiguro es otro ilustre representante- y que han demostrado que las colonias siempre acaban invadiendo a la metrópoli. Un hombre de origen indio pero nacido en Trinidad, la colonia británica caribeña. Un hijo de la Commonwealth imperial, un habitante de los canales que conectaban Londres con Bombay, Calcuta con Hong Kong, Bahamas con Sidney. Y, por encima de todo ello, un hombre empeñado en ser escritor, un escritor a la británica, autor de ensayos, de ficción, de viajes. Un hombre de las colonias decidido a ser una mezcla de Conrad, Stevenson, Darwin y Burke. Un indio de Trinidad vestido con una chaqueta de un tweed de Cachemira hecha en Madrid (la más elegante de las ciudades, para Naipaul).

El tono vital del autor siempre queda al descubierto en sus escritos. Su voz más personal -seria, disonante, airada, crítica con los demás y siempre al final consigo mismo- asoma chirriante, tensa, mantenida. El lector la sigue, a veces receloso, pero siempre acaba encontrando alimento para el espíritu y la reflexión.

Una zona de oscuridad es tres libros en uno: un libro de viajes, un libro de ficción y un ensayo. Y quizá, por encima de todo ello, un diario personal, un cuaderno de bitácora que relata sin pausa su relación personal con la India, su tira y afloja con sus raíces.

En el año 1963, un joven Naipaul viajó a la India. Su intención era pasar un año viajando. En ese momento, Naipaul era un joven de escaso éxito literario, pero de mucha determinación. No fue capaz de pasar todo ese año de viaje, y se instaló junto al lago Dal. Allí, alternó la escritura de este libro y de otro de ficción. Y no sabemos si fue feliz o no, aunque sabemos que el proceso fue interesante.

La India es un país abrumador. Y, curiosamente, es un país de pocas miradas internas, aparte de la legendaria de Gandhi. Naipaul afirma que “es buena cosa que los indios sean incapaces de mirar directamente su país, pues el sufrimiento que verían los volvería locos”. En Una zona de oscuridad hace una reflexión, basada en El hombre rebelde de Albert Camus, sobre la alternancia entre la actitud rebelde, propia del hombre moderno, y la de estupor y pasividad ante la injusticia, propia del hombre antiguo y de su sacralización de la tradición. Estas dos posturas son las que se suelen encontrar en las visiones occidentales de la India: bien una aceptación de su caos y su miseria mediante una sacralización de su espiritualidad (hindú y budista), bien un análisis social crítico que siempre hace énfasis en la ausencia de rebeldía por parte de la población india. De la primera tendencia, hay constancia en español en los libros del yogui madrileño Ramiro Calle; de la segunda, en otros autores que en su versión más literaria se han basado en las visiones kiplinescas. Naipaul se siente más cercano a esta segunda tendencia. En su libro podemos leer frases como: “La India nunca dejará de necesitar el arbitraje de un conquistador”, o “Para mirarse a sí mismos, para medirse con los parámetros de los conquistadores, nuevos y positivos, los indios tuvieron que salir de sí mismos”. Hay siempre en su análisis social de India una incomodidad latente, una falta de comprensión última, de la que él mismo es consciente al final del libro cuando afirma: “En un año, yo no había aprendido a aceptar. Había aprendido que estaba desligado de la India, y me conformaba con ser alguien de las colonias, sin un pasado, sin ancestros”.

Pero el libro no es solo un análisis social de la India abocado a la incomprensión. Hay también descripciones brillantes y cómicas del funcionamiento de los funcionarios del país, de los dependientes y vendedores, de los trenes, de costumbres como la defecación en público y en grupo, o los hábitos chocantes relacionados con la comida. Hay un fino humor para relatar el choque entre la racionalidad occidental y la terquedad aparentemente absurda del indio. Hay inteligencia y sensibilidad en el análisis y la descripción de multitud de aspectos de la cultura, y de referencias a la Ghita, el Mahabharata o el Kamasutra.

Y hay, en definitiva, una soterrada búsqueda personal. La de un niño indio criado en el Caribe que se busca a sí mismo sin confesarlo en voz alta, casi a escondidas, porque tiene miedo de lo que puede encontrar. Alguien que culmina su aventura viajera con estas palabras: “Y así acabó todo, en desazón y esterilidad, con un acto de crueldad gratuita, remordimientos y la huida.” Y su aventura íntima con estas otras: “Hablamos de desesperación, pero la verdadera desesperación es algo demasiado profundo para expresarlo”.