Margarita Márquez | Lunes 17 de agosto de 2015
Desde que nuestros hijos inician sus estudios comenzamos a incluir en su aprendizaje los idiomas sean estos cercanos o extraños: inglés, francés, chino, árabe, alemán… y en cuanto tenemos cuatro duros ahorrados y las criaturas parecen algo independientes, las enviamos a campamentos de verano al extranjero -según vayan nuestros presupuestos y miedos- a mejorar esos aprendizajes invernales a las campiñas irlandesas o a los rincones perdidos del medio oeste norteamericano. Allá donde pensemos que no van a tener más remedio que abandonar el español durante esas semanas de exilio forzado.
Cuando entran en el instituto, estén o no en un bilingüe que sacrifique el contenido de varias asignaturas por este multilingüismo, entendemos que uno de los seis años de esa enseñanza media lo pase fuera con algún programa de intercambio que los aleje de casa un curso completo, aunque nos duela felicitarles las Navidades y el cumpleaños por Skype. Si nos han salido listos y nos llegan a la Universidad, el programa Erasmus será paso obligado por sus vidas. Al terminar su formación académica, e incluso antes, serán completamente autónomos en cuanto a lo social pero absolutamente dependientes en lo económico. Si la suerte les acompaña y encuentran un trabajo aunque sea en prácticas, la precariedad del salario y las condiciones que le ofrecerán acabarán por formar en sus mentes la idea que, con premeditación o sin ella, hemos ido fomentando a lo largo de sus primeros veinticinco años de vida: que se vive peor en España que en cualquier otro sitio del mundo.
Y se van. Buscan acomodo en otros lugares donde no van a encontrar las minas del rey Salomón; donde el salario se consigue, como en todo lugar y con suerte, con el sudor de su frente. Y en el mejor de los casos una línea aérea barata le pondrá en conexión con sus raíces una vez o dos al año. Pero como tampoco les estamos formando en el amor a la Patria y al origen, sino que en escuela y parque, en facultad y en bar se les ha entrenado a la no-pertenencia, ya llevan en la mayor parte de los casos la tragedia del desarraigo en su ADN.
Este fenómeno que últimamente está en boca de todos como “fuga de cerebros” no es sólo consecuencia, por todo lo anteriormente comentado, de un panorama laboral desolador y de continua destrucción de empleo de esta década. Tampoco es el fruto único de un panorama yermo de aguijones donde los ejemplos de triunfo son consecuencia de éxitos conseguidos a base de corrupción, manipulación y venta de almas por un puñado de prebendas. A lo largo de su formación y desde todos sus entornos le estamos gritando a nuestras jóvenes generaciones: ¡Vete! ¡Aquí no tienes sitio! Las fórmulas y los códigos de inyectarles este mensaje son múltiples y variados pero todos conducen a la misma consecuencia: convertir nuestra Nación no sólo en un desierto de cerebros sino también de almas que la alienten y de brazos y piernas que la hagan salir adelante.
No estaría de más que cuando mandemos a nuestros hijos estas consignas de aprender otros idiomas y sumergirse en otras culturas, les hagamos ver las cuestiones positivas de la nuestra que aún quedan en pie y que sin despreciar a las demás, su propia lengua y su propia historia y por tanto su presente y entorno, nada tienen que envidiar al resto. Claro que a veces esta tarea se nos hace tan difícil… por no decir imposible.