Opinión

Vacaciones pactadas

TRIBUNA

Pepa Echanove | Jueves 20 de agosto de 2015
Me fijé el otro día por casualidad en un libro que se vendía como bestseller en la estantería de novedades, titulado “Ich hasse den Sommer” (Odio el verano), de Sibylle Weischenberg. Me quedé pensando en la intolerancia estacional. Algunas personas no soportan el invierno, muchos reniegan en particular las Navidades y otros son enemigos de la nieve. ¿A qué grupo pertenezco yo? ¿Y ustedes? Argumentos en contra del verano hay muchos y dependen de las circunstancias de cada cual, aparte de lo que marque el termómetro, que este año no da tregua. Para mí resulta más estresante planificar las vacaciones que trabajar todo el año. Dirán ustedes que trabajo poco, y quizá tengan razón. Para unos es cuestión de presupuesto, otros no tienen claro el lugar ni cuándo ni con quién van a pasar las vacaciones, pero todos sentimos la presión de que ‘hay que desconectar’, cuando lo que resulta verdaderamente agotador es organizar el descanso, por muy fácil que nos lo haya puesto internet. Además, ¡si yo no estoy cansada! Lo peor es que hay que buscar acuerdos (esto que está tan de moda: los pactos, la negociación, el consenso...) con el hotelero, el arrendador, la aerolinias. Se presupone que con anterioridad habremos obtenido la autorización del jefe, el visto bueno de los compañeros de trabajo. Por no hablar del reparto custodiado “maletita por aquí, maletita por allá” de los hijos de padres separados, previa aprobación de las terceras personas de la nueva órbita del ex en cuestión. La mascota colocada, las plantas regadas, la alarma instalada, las facturas pagadas. Más arduo y emotivo, hasta psicológicamente traumático, puede resultar ponerse de acuerdo con las disponibilidades gustos y manías de quienes tenemos cerca y con quienes compatiremos voluntaria o involuntariamente el álbum vacacional. En nuestra vorágine viajera llevamos a cuestas a los hijos propios o ajenos (a veces entusiasmados, a menudo a rastras); a la familia propia o política (“¿cariño, con quién toca ir este año?”). Incluso los mejores amigos pueden transformarse en una pesadilla si la convivencia en un espacio confinado no funciona, con una habitación doble y un sofá-cama que pica, especialmente cuando la temperatura sobrepasa los treinta y cinco grados. Siempre habrá quien se queje del aire acondicionado o quien se levante en medio de la noche a matar un mosquito. Durante estas vacaciones que acabo de terminar he descubierto con bastante agrado, tanto que temo que podría convertirse en vicio, el placer de viajar sola durante unos días y de hacer lo que realmente me apetecía en cada momento sin preguntar a nadie. ¡Abajo los consensos, viva el libre albedrío! Se me está poniendo una cara rarita, entre Tsipras y Mas, versión femenina. Qué bien sienta un poco de egocentrismo y de silencio, qué capacidad regeneradora y qué poderío. Para ello tuve que sufrir durante la tediosa fase preparatoria, todo hay que decirlo, la discriminación del viajero solitario: ‘no hay habitaciones individuales’, y su versión moderada ‘sobrecargo por estancia individual’. Otros han de padecer limitaciones del mismo estilo ‘no se aceptan mascotas’ o ‘acceso prohibido a menores de 12 años’. Contra la intolerancia y el odio estival yo propongo amortizar el capital veraniego e invertir en unos cuantos días de soledad reparadora, otros en familia o con viejos amigos y, por qué no, dejarse llevar también por la ilusión de un romance de verano que dure hasta la próxima estación.

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