La Liga española descorcha este mes su solera, más espectacular que competitiva durante el presente lustro, midiendo buqué y consistencia en los planos individual, colectivo y como producto global. La tiranía del lo televisivo -en consonancia con las apetencias de UEFA y FIFA- en lo que a la confección del calendario se refiere susurra el hacinamiento de esfuerzos y la reducción del tiempo que éste exige para la debida recuperación, en este ejercicio que está por arrancar con un horizonte más taponado y plomizo que aireado y brillante por la Eurocopa y la Copa América del Centenario 2016. El factor anatómico resultará definitivo, más si cabe en el rol que le asigna la teoría, subrayando la relevancia en el diseño de las plantillas y el mimo de las pretemporadas, más allá del piso financiero de cada institución. Arrellanado todavía aguardando al engrose de la cosecha monetaria a repartir para sí, el fútbol español recupera el resuello, tras el parón estival, con más nivel e igualdad en cada pulgada de la batalla en la tabla.
La siembra veraniega pareciera haber adiestrado el desarrollo de aquellos púgiles destinados a arrancar una oquedad en los escaños con derecho a competencia continental. La amalgama de nombres sobrevenidos con lustre y futuro, y la inercia de amaine en el flujo de salida extramuros del capital propio escriben un guión de crecimiento en el que destacan el candidato que niega ceder dicho estatus -Atlético de Madrid-, los guerreros con aspiraciones en una temporada con aroma a cruce de caminos -Sevilla y Athletic- y el esbozo de una obra magna de reconstrucción física y emotiva que no ha de nublarse en objetivos todavía un tanto utópicos -Valencia-. Si bien los favoritos en las apuestas coquetean este curso con otra visualización de resbalón -por la exigencia que dicta la acumulación de fechas o la tesitura endógena- que abra la mano al aplomo colchonero en la cima del balompié patrio, Barcelona y Real Madrid siguen acomodados en la cúspide de los presagios.
El primero, coloso resacoso del triplete pretérito, ha de mostrar que su pulsión por la gloria permanece en buen balance de vatios y no ha generado empacho acomodaticio. Con el sextete esquivado del punto de mira -tras las debacles defensivas de Vizcaya y Georgia, avisos precoces- de la terna atacante con mayor virtuosismo en la lectura de juego y ejecución individual que recuerdan en Can Barça, el segundo capítulo del guión de Luis Enrique al mando de su remozado transatlántico atravesará en los meses venideros la empresa que mutó en leyenda a Pep Guardiola para condenar a aquellos que osaron reproducir el modelo: fijar la presión y compromiso táctico -tras pérdida y en repliegue estático- de cada peón del bloque, por artístico que resulte, como dogmas de necesaria complementación a aquel que define el juego combinativo como oxígeno para subsistir. La llegada del temple salpicado de clase de Arda Turan -movimiento nuclear del mercadeo nacional- y el nervio efervescente de Aleix Vidal enriquecen la profundidad de una plantilla que, definitivamente sin la puntería relegada a la categoría de extra de Pedro, no debería evocar nostalgia de Xavi por peregrina que resulte esta aseveración. Las variantes de velocidad en el mando del ritmo de juego y la riqueza de planes -que digieren el achique y salida puntiaguda sin sonrojo- sitúan a los blaugrana en el centro de la escena. Tan sólo un descenso en el rendimiento de Mascherano, una fractura en la afinación de Rakitic, Alves y Rafinha y una deficiente sincronización de Vermaelen y Mathieu relativizarían las opciones del Barça en la lucha contra su reflejo de 2015. Las lesiones y la implicación táctica -otéese el riesgo en la versión competitiva de Messi en la Supercopa española- se antojan como factores diferenciales a gestionar ante dos contendientes capitalinos hambrientos de éxito que, sin embargo, navegan en aguas de transición.
El mejor balance financiero de este deporte, que además jugará cada domingo al fútbol, el Real Madrid, va a degustar el áspero dejo de la incertidumbre. Con la salida de Casillas como marco y mal recuerdo en potencia y la renovación de Sergio Ramos como antagonista emocional volcánico, las oficinas de Chamartín se verán abocadas a demostrar la madurez gestora que se envuelve en paciencia o a generar el apocalipsis acostumbrado a las primeras de cambio. De nuevo. Rafa Benítez tiene ante sí el mayor desafío de su brillante carrera: domesticar y adoctrinar a un grupo de futbolistas, campeones de todo en la jurisdicción de los clubes, en lo idóneo de la búsqueda del bien común por la vía del sacrificio del ego. “Hay que defender un poquito mejor”, aseguraba el técnico tacticista en Australia. Para alcanzar este anhelo ha regresado Casemiro -tan verde en el control de la situación de repliegue como en su partida a Oporto-, y se presupone una adaptación más eficiente a Kroos, Lucas Silva e Illarramendi -estas dos últimas piezas con destino incierto en la Castellana-. Pero, con el fin de lograr el cambio de premisa, que es la necesidad merengue estructural, Ronaldo, Benzema, Bale, Jesé, Isco, James y la bocanada de juventud recién llegada -Lucas Vázquez, Matteo Kovacic, Borja Mayoral, Cheryshev- han de deglutir la solidaridad de esfuerzos y entrar en la dinámica de pedagogía táctica. Porque, con Benítez, la individualidad debería pasar a ejercer de decisor de partidos coyuntural. El bagaje colectivo se disfrazará de vórtice fijo y cobijo si vienen mal dadas para los cerebros ofensivos. La velocidad en la creación y transición de ataques se reclama como seña de identidad con el papel de Modric, otra vez, como protagonista. El aterrizaje de Danilo, la apuesta en la portería, el insostenible viraje de Bale al centro, la rotación de talento en la medular y el punto de cocción de la carrera de Ronaldo marcarán la altura y reconstrucción del campeón de Europa deconstruido de 2015. El postrero aterrizaje de Kovacic, perla balcánica -necesitada de calibración de su potencial en este listón- que todavía pugnaba por gozar de minutos en las ruinas del Inter, enviaría otra vez señales inconexas si Casemiro figurara como único especialista defensivo en el centro del campo merengue.
El Atlético de Madrid ha vuelto a sacar brillo a su planteamiento como club para con la arquitectura de su proyecto deportivo y, tras sellar las maletas a su genio turco, al casi goleador croata -Mario Mandzukic-, al todoterreno del centro del campo -Mario Suárez- y a dos centrales de diversa progresión y margen -Miranda y Alderweireld-, todas ellas piezas que engrasaban la hoja de ruta del Diego Pablo Simeone, han recuperado la luz grupal elevando el grosor de la afrenta a la aristocracia: Jackson Martínez, Vietto, Correa, Carrasco, Óliver y Filipe Luis han desembarcado en la ribera del Manzanares para expulsar densidad e inyectar fluidez a la idea de juego del Cholo. El técnico argentino posee esta temporada un vestuario con calidad para mover el balón por el verde sin remilgos o inseguridades de planteamiento teórico. La versatilidad de Vietto, Correa y Carrasco -todos ellos dotados, además, de finura en la posesión del cuero- la inteligencia de Óliver y Filipe -dos obreros destinados a constituir salidas claras de pelota en la elaboración estática del Atlético, un elemento clave abandonado el pasado año- y la astucia venenosa del punta cafetero en el área multiplican las opciones en el sistema rojiblanco, que parece desdeñar el juego plano y en largo que su enemigo íntimo desactivó con sencillez apática y Ramos en la medular para sacarles de la Liga de Campeones. La transición puede combinarse ahora con el control técnico del partido, no sólo físico. Adolece la idea, quizá, de un mediocentro que apoye las atribuciones de Tiago y Gabi -cortos de fuelle-, aunque la entidad haya apostado por el volante cumplidor -tómese el calibre de la apuesta contemplando lo particular del cambio de latitud- del River campeón de la Libertadores, Kranneviter. Por añadidura, la posición de Koke, la relevancia en la rotación de Saúl y la movilidad del esquema como consecuencia de los nombres que relucen en la última línea cimentan una estabilidad que asciende la consideración de este Atlético de Madrid. La construcción de un plan b con balón y calidad, sin duda, representa el desafío para recuperar trofeos domésticos o descubrir, al fin, aquel entorchado que define al patrón del viejo continente.
Por detrás sobresalen Sevilla, Valencia y Athletic. Los andaluces, que mantienen con intensidad marcial su predominio en la Europa League, afrontan desde el 22 de este mes la oportunidad -y la presión que conlleva- de subir enteros en su regularidad liguera, producto de la sistemática vuelta de tuerca patrocinada por la dirección técnica comandada por Monchi. Bacca, Mbia y Vidal, columna vertebral, siguieron el camino de partida de Rakitic. Se imponía, nuevamente, la escultura de lo imposible: relanzar la competitividad desde las limitaciones de presupuesto. Para rizar el rizo, esta temporada Unai Émery -a estas alturas indiscutido exprimidor de plantillas- disfrutará de una mezcla de exuberancia física, clase y olfato para la refrescar la ferocidad que define el proyecto. El primer apartado queda reservado para la zaga con Rami, Ferreira y Escudero; el segundo, más elitista, por el desequilibrio del vistoso extremo -de manual- Konoplianka, la tendencia natural a la descongestión de Khron Dehli, el temple de Kakuta y la elegancia de N´Zonzi; y el tercero, la responsabilidad del gol, será exigida al finalizador que ha de suplir a Bacca, el napolitano Ciro Immobile. Banega, Reyes, Krychowiak, Denis Suárez, Iborra, Vitolo, Gameiro y Carriço solidifican el aderezo estival. El técnico vasco dispone, tras otro verano, de un colectivo superior. Si la potente tensión por el combate y la asunción táctica se mantienen, los defensores del Pizjuán no vislumbrarán techo.
Esta última percepción, la que resalta la obligatoriedad del hambre en cada disputa para el buen funcionamiento en la cosecha a final de temporada, queda ajustada al segundo año del renacimiento valenciano. Con la disolución del amarre a Nicolás Otamendi -titán defensivo a la altura de los mejores en la especialidad- como rejonazo a toda índole interpretativa y trágico leitmotiv veraniego, el retoque de líneas a través de pronósticos de futuro -Santi Mina, Danilo y, sobre todo, la perla belga Zakkaria Bakkali- y la necesidad de confirmación de Rodrigo, Negredo, Joao Cancelo y el estilista André Gómes como concreción del objetivo individuak extensible a lo grupal, la sensación de punto de inflexión en el proyecto de Nuno y Peter Lim toma cuerpo. La ilusión generada en la tribuna ha de disparar el rendimiento en los intervalos clave de un bloque rocoso que tiene dependencia de la respuesta de Piatti y Javi Fuego, y el crecimiento de Alcácer, Mustafi, José Luis Gayá, Dani Parejo, De Paul y Enzo Pérez. La agresividad en la construcción de Mestalla bajo el traje de fortín volverá a resultar definitorio de las aspiraciones reales de un vestuario que, sobre el papel, parte en desventaja desde el balance comercial. Dispone el conjunto che de algunos nombres que esbozan destellos de porvenir sublime. Tanto su corto plazo como el de este tramo de historia del club tienen un ejercicio decisivo en éste que arranca con media manzana mordida a los monegascos, camino de la bolsa europea de los 20 millones.
La sonrisa de aquel que respira tras haber derretido la presión de tres décadas de oscuridad luce en Lezama. La consecución del primer título del calendario y el brindis que supuso generar la histórica fotografía del duelo de San Mamés ante el gigante arrodillado dispara la confianza de un Athletic orgulloso. Lo está por culminar, al fin, el trabajo de generaciones y técnicos más o menos revolucionarios, por bordar otra entrañable página en la leyenda de su romántica concepción de la relación club-región y, desde lo práctico del día a día, por no desprenderse de un peón central de su proyecto por primera vez en el último tiempo -tras los exilios consecutivos de Javi Martínez, Fernando Llorente y Ander Herrera-. El txingurri Valverde intentará reconstruir la cohesión, empuje y potencia de un equipo correoso, con chispazos de afinación asociativa, capaz de regresar a Europa de manera cotidiana. Con Aduriz, pichichi español del pasado curso e inexcusable nombre sujeto a convocatoria por Vicente del Bosque, la incorporación de Elustondo -llegado del enemigo íntimo-, la seriedad del frente conformado por Fran Rico, Mikel San José, Laporte, Muniáin, Iturraspe y Beñat -cerebro con galones ineludibles-, el rol por asignar a Iñaki Williams, y el agujero sentimental dejado por la semi retirada de Iraola, los leones trazarán su estrategia para completar la intención del repetir participación continental. El retorno a casa del fino talento de Eraso y el desequilibrio de Lekue y Sabin, tres exponentes del poético mimo y preferencia a los elementos jóvenes institucional, amenazan con endulzar el recorrido del Athletic.
Desde el norte de la Comunidad Valenciana asoma una de las revelaciones de particular regusto refinado. El Villarreal, que se ha visto obligado a digerir las salidas de Gio do Santos, Vietto, Aquino y Cheryshev -piezas bien dimensionadas de la verticalidad móvil amarilla-, busca presentar una apariencia similar de atracción por la estética con la incorporación del talento del Málaga a través del exquisito desborde de Samuel y Samu Castillejo. El regreso de algunos canteranos y la firme consolidación de Musacchio, Bruno, Trigueros, Jonathan dos Santos, Leo Baptistao y Jaume Costa tratarán de convertir en tangible, con puntos, las intenciones elevadas de Marcelino. Nahuel -por margen y precocidad- y Roberto Soldado -por urgencia de reivindicación en el primer nivel- acometen la asignación del olfato de gol tras la salida del diamante Gerard Moreno. La Vila-Real parece un lugar de perpetua idoneidad para lucir y astillar un hueco en escalones superiores desde el lado alegre de la interpretación de este deporte. Caso similar al que se propugna en Vallecas. Desde el distrito madrileño emigraron el segundo máximo goleador español de la pasada Liga, Alberto Bueno, Kakuta, Insúa, Abdoulaye Ba, Licá o Aquino. Por contra, el club mantuvo la figura con Manucho, incorporó la anarquía colorida de Bebé, la precisión del especialista Ebert, la frescura del canterano merengue Diego Llorente, la brega de Cisse y, en última instancia, la calidad en trato del esférico de Luis Fariña, recién rebotado del eje Coruña-Lisboa. De este modo, Paco Jémez -muy molesto porque el patrocinador le encasquetara a Zhang Chengdong como miembro de pleno derecho de su dinámica, escorzos de este fútbol de talonario exógeno y globalización- tratará de copiar el éxito que constituye alcanzar la salvación con un paisaje florido. Todo ello antes de que su sinergia con el Rayo caduque por exceso de permanencia en el cargo.
Se oscurece el panorama dirigiendo el foco a la facción pragmática del campeonato. Similar objetivo fronterizo con la Europa League se marcan Espanyol, Celta, Real Sociedad y Málaga. Éste último entrega su fe, en el estancamiento del flujo monetario arábigo que le aflige, al despliegue abrumador de Amrabat, la eficacia de Charles, la clase de Juan Carlos y la incertidumbre de la apuesta por Fabinho y Tighadouini, con el fin de tapar el impacto erosivo de las salidas de los Samus, elgoleadorJuanmi, y la calidad de Luis Alberto y Portillo; los pericos buscarán, al igual que los malacitanos, que el mercado no signifique apuros, tras la partida de Sergio García, Stuani, Kiko Casilla y Lucas Vázquez y la adquisición de Bardi -meta llamado a defender la azzurra tras el epílogo de Buffon-, Hernán Pérez, Gerard Moreno, Burgui y el último elemento de rutilancia relamida de la cantera española, Marco Asensio -locos por explotar en una división acorde a sus aptitudes-; vigueses y realistas se encuentran en tesitura similar: la diana constituye no estancarse en el crecimiento. Así, los primeros se la juegan con Wass, Guidetti y el regreso de Iago Aspas para equilibrar la salida de Krohn-Dehli, Charles, Mina, Larrivey, Álex López y Oubiña. Nolito -sobre el que pende una patina de intriga en torno a la presunta llamada azulgrana- y Berizzo habrán de multiplicar su influencia en el juego pegajoso y afilado mostrado en los meses extintos. Éste último duplicaría el empeño para conseguir regatear el vértigo que supondría que el punta andaluz recalara en la ciudad condal por el efecto rebote de su homónimo canario. Los segundos, donostiarras, se regocijan por haber retenido a Rulli y Vela, por la contratación del tanque Jonathas y la cesión de Diego Reyes y Bruma. El primer año con sello de Moyes debería aportar consistencia a los txuriurdin, que esperan afianzar conceptos, calma y puestos en la tabla en base al bagaje que rezuma la cohesión evocada por el camino del sufrimiento y el fútbol que crece de las botas de Pardo.
Por último, de los candidatos a pugnar por la salvación -sobre el libreto- y los recién retornados cabe destacar el regreso de Juan Carlos Valerón a la Primera División con el equipo de cuna, un Las Palmas que ofrecerá al aficionado la opción de disfrutar con la exuberancia anotadora del ex Boca Araujo y un Jonatan Viera tan luminoso como intermitente. Dos proyectos que redefinen los réditos de la aplicación de la artesanía al cuidado de una institución deportiva, como son Eibar y Sporting, también representarán sus distinguidos valores en los escenarios megalómanos del fútbol nacional. La vuelta de Pepe Mel, que viene para aposentar en la élite a su remozado Betis -con Portillo, Van der Vaart, Pezzela, Piccini, Petros y Kadir y el bombazo de folclore y arte, todavía onírico, que supondría volver a ver bicicletas dibujadas en la cal del Villamarín por obra y gracia de Joaquín-, la oportunidad de Medrán y Mascarell, dos diamantes merengues, para gritar atención en Getafe -transformado en manera radical, al igual que el bloque eibarrés, Levante y Granada, que perdió a un central notable en potencia y presente, el colombiano nerazzurro Jeison Murillo- y Gijón también gozarán de espacio en la élite, un ápice de respiro que anhela granjearse el maltratado Deportivo.
La Liga española abre sus puertas este fin de con desafíos irresolutos e ineludibles a estas alturas. El totum revolutum que asoma debajo de la alfombra verde -simetría en la distribución de los derechos televisivos, la imposibilidad de Pedro León para ejercer su labor como trabajador, la mano administrativa en la resolución de conflictos y descensos, la adaptación de las estructuras a la transparencia para con la sociedad civil y la fiscalización, el pegajoso fantasma de los impagos prolongados a jugadores, retorno de la jornada navideña en la pugna por plagiar el boxing day con alborozo, etc.- redundan en la salud del torneo doméstico por excelencia. Una expresión social que no consigue mejorar su producto y acceder a las cantidades que expelen los balances de las transacciones propiedad de los vecinos continentales, quizá por el carácter monolítico de una Federación de cúspide sorda, las pretensiones aperturistas de la gerencia de la Liga de Fútbol Profesional, ciertamente desviadas en fondo del “bien del fútbol” y la posición monopolística de los clubes de autoestima hiperbólica. Lo cierto es que la fuga de talento ha golpeado este verano con pendiente y penetración similar a la que ha marcado el mercurio en la respiración mundana. Sin embargo, aunque la Premier League presuma de gasto y la Bundesliga de conexión con las tribunas del territorio alemán, lo intangible sigue coronando al modelo que exhalará su fragancia en 38 jornadas comprimidas de gusto único por el paroxismo técnico y culminará su proyección, presumiblemente, con el guarismo histórico que denota contar con cinco representantes en la Liga de Campeones.