Sábado 22 de agosto de 2015
No es por desgracia la primera decapitación que lleva a cabo el Estado Islámico (EI). Pero la que ha tenido como víctima a Khaled al-Asaad resulta especialmente simbólica. En el asesinato del principal arqueólogo de Palmira, respetado erudito y estudioso de las joyas que encierra la ciudad siria, las hordas del califato sangriento revelan a la vez su repugnante catadura asesina y su pretensión de acabar con toda huella artística de belleza y civilización. Quien fue durante décadas jefe de Antigüedades de Palmira, de ochenta y un años y ya jubilado, estaba desde hacía un mes en manos del Estado Islámico que quería que les confesara el lugar donde se encuentran muchas de las piezas artísticas que se ocultaron para evitar su destrucción cuando la toma de Palmira por el EI era inminente. Palmira, una de las ciudades más antiguas del mundo y repleta de tesoros artísticos inigualables, fue declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.
Khaled al-Asaad se negó a ello y fue decapitado en una plaza pública y después su cadáver se colgó en un poste eléctrico boca abajo y con la cabeza cercenada a sus pies. Un ejemplo más de las macabras puestas en escena que tanto le gusta hacer al EI y difundir en repulsivos vídeos por internet. Y no solo de sus carnicerías, sino de sus furibundos ataques al arte y la cultura milenarias, como cuando colgó en la red la destrucción de numerosas estatuas en la ciudad iraquí de Mosul. Esta misma semana las huestes del autoproclamado califa Abu Barkr al-Baghdadi han destruido un monasterio cristiano en la provincia siria de Homs, que se había convertido en refugio tanto de cristianos como de musulmanes que huían de la ferocidad del islamismo radical.
La furia criminal de los yihadistas, que se ha cobrado ya cientos y cientos de víctimas, es el primer motivo para que la comunidad internacional redoble sus esfuerzos con el fin de acabar con el Estado Islámico, que incluso ha superado en crueldad a otros fanáticos como Al Qaeda o los talibanes. Pero no debemos olvidar su rabia iconoclasta que lleva a su extremo las premisas del Corán al respecto y está haciendo añicos siglos y siglos de arte y civilización. La doble barbarie del EI en su galopante ofensiva global exige ya una respuesta mucho más contundente.
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