Opinión

George Orwell o el arte de la política

Rafael Narbona | Sábado 22 de agosto de 2015

Hace tiempo me prometí a mí mismo no volver a escribir sobre política, pero la relectura de los artículos y ensayos de George Orwell me ha sacudido por dentro, obligándome a meditar sobre mi quimérico propósito. ¿Puede un escritor darle la espalda a su tiempo, recluyéndose en un universo puramente estético o abstractamente moral? ¿Se puede convertir el periodismo en literatura o siempre será algo efímero y condenado a no dejar huella? En España, disponemos de extraordinarios ejemplos de periodismo político. Hablo de Mariano José de Larra, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset. Nuestra historia nacional es inseparable de estos nombres, que ejercieron una notable influencia en los acontecimientos de su época. De hecho, se echan de menos plumas semejantes, capaces de debatir con elegancia, litigar con aplomo y rectificar con humildad. Ortega y Gasset se alejó de la política después de ejercer un destacado protagonismo en el advenimiento de la Segunda República, pero en 1937, horrorizado por la violencia de los sublevados y de las milicias populares, manifestó su compromiso con una España libre de sectarismos en el prólogo escrito para la versión francesa de La rebelión de las masas: “Ser de izquierdas es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un gañán: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral”. Unamuno formuló un juicio parecido al referirse en las postrimerías de 1936 a la barbarie unánime de “los hunos y los hotros”. De un modo u otro, intentaron estar a la altura de su tiempo, lo cual no significa que no cometieran trágicos errores.

Pienso que ningún escritor puede asumir la disciplina (o cultura) de partido sin renunciar a su independencia y a su saludable impertinencia, pues –como escribió George Orwell en 1945- “si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. La frase pertenece a un pequeño ensayo titulado “La libertad de prensa (Rebelión en la granja)”, que justifica su célebre sátira sobre la brutal dictadura de Stalin. Ferozmente criticada por una izquierda enamorada del mito de la Unión Soviética, Orwell mostraba en su fábula que la revolución bolchevique pisoteaba las libertades y los derechos humanos. No era el efecto perverso de un hermoso ideal, sino la inevitable consecuencia de los planteamientos totalitarios de Marx y Lenin, que exaltaban la violencia política y reclamaban un poder ilimitado para el Estado. Lenin reivindicaba el terrorismo o “lucha armada” como el ineludible preámbulo de una insurrección orientada a implantar la dictadura del proletariado. Siguiendo sus dictados, los bolcheviques no se limitaron a matar policías, militares y empresarios. Durante las elecciones a la primera Duma Estatal en 1905, atacaron los colegios electorales, destruyendo urnas y papeletas. La democracia parlamentaria les parecía un invento burgués para continuar oprimiendo a campesinos y obreros. Los nazis copiaron sus tácticas terroristas, reemplazando al proletariado por la Raza como sujeto del proceso histórico. Los frutos de estos malabarismos ideológicos son los campos de trabajo y exterminio que destruyeron millones de vidas humanas en aras de falsas utopías.

Hace poco se cumplió el aniversario del execrable asesinato de García Lorca. Se deplora –con razón- la crueldad de un crimen que evidencia el rostro más abyecto del fascismo. Me pregunto, sin embargo, por qué ha caído en el olvido el asesinato de Pedro Muñoz Seca. ¿Tal vez porque tenía menos talento? ¿O quizás porque era monárquico y católico? Detenido por milicias anarcosindicalistas en Barcelona, sería trasladado a Madrid y fusilado en Paracuellos del Jarama el 28 de noviembre de 1936. Dicen que poco antes de morir, se dirigió al pelotón, comentando: “me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”. Durante su estancia en prisión, mostró el mismo sentido del humor, con una frase tan estremecedora como ingeniosa: “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo”. No sabemos cuáles fueron las últimas palabras de García Lorca. Su carácter hipersensible, compasivo y creativo sugiere que su sufrimiento debió ser terrible. Personalmente, no advierto mucha diferencia entre los energúmenos que dispararon contra el poeta granadino o el comediógrafo gaditano. Desde el punto de vista literario, se pueden establecer diferencias, pero no desde una perspectiva moral. Ambas muertes son odiosas y hondamente reprobables.

En 1948 Orwell publicó “Los escritores y el Leviatán”, un artículo donde afirmaba que la ortodoxia de izquierdas había creado un cierto clima de intimidación. Si cometías la temeridad de desviarte del discurso dominante, de inmediato te caía el sambenito de “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. Algo similar había sucedido años atrás, cuando no podías criticar los aspectos más injustos de la economía capitalista sin ser acusado de “comunista y revolucionario”. En “Por qué escribo” (1946), Orwell reconocía que se había convertido en “una especie de panfletista”, pero señalaba que era posible transformar “la escritura política en un arte”. A fin de cuentas, “la verdad es una experiencia estética”. Orwell es uno de los grandes maestros del periodismo político y un hombre decente que se tomó muy en serio su condición de ciudadano. Cada vez que un escritor experimente la tentación de atrincherarse en una torre de marfil, debería recordar la enseñanza primordial que se desprende de su accidentada y apasionante vida: la coherencia no consiste en mantenerse fiel a una idea, sino en ser fiel a uno mismo, admitiendo que el pensamiento sólo está vivo cuando cambia, evoluciona y se reinventa.