Opinión

Cataluña y la alternancia de partidos

Martín-Miguel Rubio Esteban | Sábado 22 de agosto de 2015

Afortunadamente, los grandes partidos de ámbito nacional, incluido Podemos, muestran cada vez más su oposición a la posibilidad política de la independencia de Cataluña. Bien es verdad que sólo el PP manifiesta con contundente firmeza esta oposición, pero aun usando una fraseología política más tímida y “más correctamente política” ni el PSOE ni PODEMOS quieren saber nada de aventuras independentistas. ¿Por qué razón? La razón es evidente. Si sólo el PP, la única fuerza que realmente ha estado a la altura de los acontecimientos, defendiese la unidad nacional, desaparecería la alternativa de gobierno de los demás partidos sobre el ámbito hasta ahora llamado España. Sólo el PP podría considerarse en situación de turno (normalidad democrática) y no en situación de continuidad sine die (cambio de régimen y de Constitución) si ve que los otros compañeros de juego están a favor del actual statu quo de la geografía política española. Un fragmento de territorio nacional secluido de España para siempre supondría la aparición de un Estado y de una Nación nuevos, con partidos nuevos devenidos de un sujeto histórico nuevo, el de los antiguos españoles. Todos los grandes partidos actuales desaparecerían en cuanto que también habría desaparecido la comunidad nacional y la sociedad sobre la cual se habían fraguado. Esto es, la improbable independencia de Cataluña supondría el fracaso sin paliativos de todo el andamiaje político vigente a la sazón. En definitiva, si sólo el PP defendiese la Constitución con las armas legales que ésta le da, se terminaría la alternancia de los partidos políticos, y con ello la Democracia. Sólo por el interés de que sus empresas tengan un futuro en este país los telendos Hermanos Picapiedra se opondrán a Arturo Mas. Pero lo que necesita España con urgencia es un Gobierno que no tenga la finalidad única de salvar el régimen y los intereses de los partidos por encima de España, sino por encima del régimen y de los intereses empresariales de los partidos.

Frente al problema o cuestión catalana no podemos utilizar ya los modos de arreglo, artefactos políticos o programas nacionales que han fracasado en la Historia. Ni la vana pomposidad retórica falangista sobre el nacionalismo español y su “España como misión”, ni mucho menos la violencia y represión franquista han resuelto la cuestión catalana de forma definitiva. No se soluciona con una mística ininteligible de lo español lo que es más propio de la humildad y realismo del puro Derecho Administrativo, como derecho público motorizado que baja a la ordinariez de la calle los grandes principios constitucionales. Matar moscas a cañonazos convierte a las más feas y desagradables moscas en lindas mariposas multicolores martirizadas. El Estado francés en esto, desde las sublevaciones de La Fronda, durante la minoría de edad de Luis XIV, y los levantamientos regionales en la época de la Revolución, nos podría enseñar algo, utilizando siempre un método de combate más cercano al Ministerio de Hacienda que al Ministerio de la Guerra. La riqueza regional en Francia ha sido directamente proporcional a la lealtad de las regiones con Francia. Lo contrario que en España.

Por lo demás, pase lo que pase el 27 de Septiembre nadie va a ir a la guerra. Y España y los españoles estamos empezando a cansarnos de ir medio cojos desde hace ya demasiados años por llevar un contumaz guijarro hiriente en el zapato. Y en casos excepcionales hay familias que salen del infierno cuando algún hijo malvado y ladrón se marcha de casa. Sólo los catalanes que se sienten españoles, de casa (ya más de la mitad), hacen difícil e imposible la práctica de esta indiferencia o inedia emocional respecto a Cataluña. Los derechos de los españoles que viven a la sazón en una Cataluña española hacen efectivamente imposible la decisión frívola anteriormente señalada, pues no romperíamos sólo España, sino algo más básico que la sostiene por debajo, la solidaridad entre todos los españoles que llevamos más de cinco siglos conviviendo juntos. Porque además España no es nuestra, sino que detrás del presente hay cinco siglos de españoles que ayudaron a llegar aquí, y la hemos encontrado como nos la dejaron. Ojo, al decir que no es nuestra, estamos aquí diciendo también que es tan catalana como castellana. Tanto caatalanes como castellanos estamos condenados a hacernos responsables de España y aceptarla en toda su integridad. Para bien y para mal, en los hechos de existencia cada uno tiene los padres que tiene. Sólo en los hechos sociales somos hijos de nuestras obras. En los anteriores no. Uno nace español o francés, del mismo modo que nace como Herrero o como Smith.

En definitiva, sabedores de que de cada metro cuadrado de territorio español su sujeto de soberanía es todo el pueblo español, la izquierda, mal que le pese, se opondrá al independentismo catalán a fin de poder ser alternativa de este statu quo que llamamos España, y el PP, a fin de que su continuidad sine die no quiebre la Constitución, y la alternancia de los partidos, tendrá a la izquierda como compañera de viaje en la Jornada del 27 de septiembre. Es verdad que una Cataluña independiente es un constructo político económicamente inviable, pero nunca la razón política ha sido sólo razón, por lo que converger la izquierda y los liberales en su intención política de mantener España es, qué duda cabe, una buena noticia, aunque sea el puro cálculo partidista por parte de la izquierda, y no un sentimiento nacional entrañable, su razón política.