¿Es posible hablar de la música o, como apunta Vladimir Jankélévitch, es algo inefable, como el amor, la poesía y el deber, “una expresión infinita” que se puede sentir, pero no explicar? El brillante director de orquesta Xavier Güell (Barcelona, 1956) ha escrito un libro que refuta parcialmente esa opinión, explorando el mundo interior de los compositores más destacados del clasicismo, el romanticismo y el posromanticismo. Los siete estudios reunidos en La Música de la Memoria sugieren que Nietzsche no se equivocaba, cuando afirmaba que “la música es un lenguaje capaz de una precisión infinita”. Los conceptos trasmiten un significado, pero no pueden librarse del límite impuesto por su carácter estático. “La palabra sólo insinúa: es la superficie sólo rizada de un mar que es tempestuoso en sus profundidades”. Por el contrario, la música es algo vivo y dinámico, que capta el oscuro fondo del ser, sin otra ley o propósito que perpetuar la vida. Güell inicia su ensayo novelado con la visita de Franz Schubert a un Beethoven mortalmente enfermo, que sueña con terminar su Décima Sinfonía, puramente instrumental y con el espíritu innovador de sus últimos cuartetos de cuerda. Su mensaje será esperanzador y místico, una invitación a fundirse con el latido de mundo: “Escucha a la noche, en ella descubrirás fuerzas ocultas. Escucha a la naturaleza, en cada árbol, en cada río, en cada nube, en cada una de sus manifestaciones hallarás partes de ti”.
Beethoven admite que escribir su obra ha representado un esfuerzo titánico: “Me parecía insoportable que recayera en mí el peso de consolar al hombre en la tierra”. Sin embargo, aceptó la carga, renunciando a su propia felicidad. “La felicidad -le confiesa a Schubert- es posible para los demás, nunca para nosotros”. Beethoven no ha conocido el amor correspondido ni la paz familiar, pero se siente confortado por haber cumplido una misión: “Ser el transmisor entre la naturaleza y el hombre”. Considera injusto deplorar su sordera, pues constituyó un don divino, que le permitió escuchar la voz del Creador y transformar su música en un vínculo entre lo Infinito y lo finito. Esa comunicación no se habría establecido sin la intervención de la sinestesia, que permite “la conjunción de los sentidos” y “la asimilación de diferentes sensaciones en un mismo acto perceptivo”. La sinestesia trasciende lo puramente sensorial, fundiendo lo intuitivo y lo espiritual: “En mi interior puedo visualizar la música antes de componerla”, confiesa Beethoven.
Schubert nunca perderá su devoción por el compositor de Bonn: “Hay un antes y un después de la Novena. […] No muestra un destino sobrenatural, sino el reino de Dios establecido sobre la tierra, conquistado por el hombre a través de su sabiduría, coraje y unión fraternal”. La música de Schubert encarna, en cambio, el espíritu trágico del romanticismo. El viaje de invierno, un ciclo de lieder sobre poemas de Wilhelm Müller, es un diálogo con la muerte sin el consuelo de una hipotética eternidad. El compositor vienés no ignora que en ese pieza predomina “una muerte que consumía todo apetito de consuelo trascendente, que llevaba a la aceptación de la nada, del vacío más desesperado, pero una muerte asimismo leal, serena, que transmitía el valor de soportar la inevitable caducidad del ser, el coraje de rechazar toda esperanza”. Schubert se queja del aislamiento de los seres humanos, incapaces de comprender las alegrías y penalidades ajenas. Cada espíritu vive en una celda, sin advertir la impenetrable oscuridad de sus muros. Esa percepción se agudiza en sus últimas composiciones, llenas de “colores travestidos” que “desfiguran su función armónica habitual”. El público no se interesa por esas obras, pese a su honda expresividad. Schubert enferma de sífilis, pero no se deja dominar por la angustia: “He bailado con la muerte, ya conozco su voz. La amo. […] La espero impaciente”. Internado en el Hospital psiquiátrico de Endenich después de un intento de suicidio, Robert Schumann contempla la muerte con idéntica serenidad: “Pienso que en el momento de la muerte podré traspasar la barrera de la música; llegaré al otro lado de la música, al segundo nivel de percepción, aquel que durante esta vida no he podido conocer, que sólo he intuido. Y finalmente sabré de dónde viene la música. Aunque le haya servido mal, ésta tiene una verdad, una verdad universal, una verdad cósmica. Hacia esa verdad quiero dirigirme”.
Brahms, Liszt, Wagner, Mahler buscarán absolutos similares, intentando conciliar vida y muerte, alegría y tristeza, objetividad y subjetividad, inmediatez y trascendencia, finitud y eternidad. Tal vez nadie comprendió mejor el sentido de su búsqueda que Theodor W. Adorno, según el cual la música es “oración desmitologizada”. Diderot se preguntaba: “¿Cómo es posible que, de las tres artes imitativas de la naturaleza, la de expresión más arbitraria y menos definida sea, sin embargo, la que habla con más intensidad de nuestra alma?”. La Música de la Memoria es un libro profundo, clarividente, con una prosa de indudable belleza y un deslumbrante conocimiento de la música y sus compositores. Después de leerlo, es inevitable concluir que Nietzsche tenía razón: “Sin la música, la vida sería un error”.