TRIBUNA
Luis Asua Brunt | Lunes 24 de agosto de 2015
Parece que se acerca el referéndum sobre las corridas de toros (o contra la tauromaquia como dicen los cursis, entre ellos, los "podemitas"). La tauromaquia es otra cosa que, como explicaré más adelante, está en proceso de extinción desde hace tiempo. No hay ninguna duda de que los que queremos que la Fiesta siga perderemos la votación. Somos minoría... ¿Las razones? Muchas: las nuevas sensibilidades, la existencia de muchas más alternativas de ocio y la desastrosa gestión del espectáculo por no decir la absoluta golfería con la que tratan a la Fiesta casi todos los taurinos, más señaladamente casi todos los empresarios y algunas de las figuras del momento.
Me extenderé un poco en esto último. La fiesta de los toros está completamente devaluada e incluso desvirtuada. Para empezar, hoy los toreros se enfrentan mayoritariamente a dos castas de toros; los famosos Juan Pedro (Domecq) y algo de Atanasio (Fernández). El resto de las castas prácticamente han desaparecido por falta de demanda: Santa Coloma, Conde de la Corte/Samuel Flores, Contreras y demás variedades excelentes del toro bravo. La faena de muleta moderna es insoportable en cuanto a duración y también por las trampas con las que se torea, amén del postureo que lo confunde todo. Se lidia para torear, por llamarlo de alguna manera, modernamente y no para analizar la bravura del animal. En fin, a los toros los persiguen políticamente para apuntillarlos algunos activistas, pero el bajonazo se lo está provocando desde hace muchos años el taurinaje. Un amigo ganadero (quien, por supuesto, malvivía al no tener “juanpedros”) vaticinaba que los toros serán en el futuro como la ópera: pocas corridas, muy caras, en pocos sitios y muy descafeinadas. Vamos, que para que le tomen a uno el pelo mejor quedarse en casa.
En cuanto al fondo de la cuestión, no hay ninguna duda que las corridas de toros son una práctica cruel como es la caza, o comer pollo o atún o muchas otras actividades que hacemos y de las que nos beneficiamos a diario. Y hay pocas defensas desde el punto de vista racional. Hay que remitirse a Ortega y a sus conocidas “vacaciones de humanidad” con las que describía la caza mayor. Pues los toros son lo mismo. Y sólo por eso habría que mantenerlos. En una vida tan artificial, tan cyber, tan de aparente buen rollo y tan medida, un poco de emoción y un contacto con la vida y la muerte, elegidas libremente, tiene mucho atractivo.
Además, la eliminación de las corridas implica la extinción del toro bravo (o lo poco que queda de él, si atendemos al párrafo referido a la desaparición de las castas o procedencias que no sean las “elegidas” por el taurinaje). Habría que aclararles a los anti-taurinos y a mucha gente de buena fe que no entienden las corridas, que el toro que muere en la plaza con unos minutos finales de sufrimiento en el momento de la agonía (no creo que durante gran parte de la lidia sufra, pues hago el símil del boxeador que no siente los golpes hasta acabado el combate) es, sin duda, el animal doméstico que mejor vive de todos: cuatro largos años de vida muy placentera en las dehesas.
La opción de quitarle las ayudas públicas a las corridas no me parece mal. Quizá sea el revulsivo para que la sórdida decadencia en la que se encuentran se paralice, y las cosas se recuperen, y se haga una buena limpieza entre el taurinaje. Pero para eso hace falta mucho activismo de los aficionados, apoyo de la administración y las ideas claras sobre el tipo de Fiesta que queremos. Si no, al final no van a hacer falta ni las votaciones. Estoy seguro de que con el cine pasaría lo mismo; si hubiera menos subvenciones, o ninguna, habría más películas estrenables. Aunque cualquiera se atreve con el gremio del cine. Dicen, los que van a menudo –yo he dejado de hacerlo- que para ver una buena corrida, lo mejor es irse a Francia. Así están las cosas.
Ante esta situación y volviendo a la cuestión, creo que hay que apuntar una serie de ideas. Si se abre la espita del referéndum sobre las corridas de toros y nos volvemos suizos en cuanto a votarlo todo, puede producirse una fiebre de ciudades o regiones “libres” de, por poner un ejemplo, fiestas populares o botellones masivos (yo me apunto para algunos casos que sufro), clínicas abortistas, locales gays, perros grandes o que ladran, locales de intercambio de parejas, tiendas de astrología, mezquitas, iglesias (las evangélicas suelen tener muchos problemas), mascar chicle, besarse en público, fumar en cualquier sitio o tirar de la cisterna del retrete a partir de las nueve de la noche. Es decir, empezaremos a votar sobre todo aquello que molesta puntualmente a algunos muchos y por la razón que sea.
Hay algo profundamente contrario a la libertad cuando se prohíbe algo y no lo parecido. En el caso de los toros, hay muchos ejemplos (comer pollo o un filete, cazar y pescar, los zoológicos, la investigación con animales...) Además, nuestra democracia es representativa y no asamblearia. Protege a las minorías de las opiniones y moralidades de las mayorías. Es decir, elegimos para que nos gobiernen y cada cuatro años decidimos si el gobernante en cuestión debe seguir o no y tenemos resortes legales para que las minorías puedan vivir en paz. Es lo que se denomina el marco constitucional.
No voy a entrar en cuestiones culturales pues la vinculación entre toros y cultura es abrumadora. A estos efectos suelo recordar un encuentro con un activista ateo –los hay- que me espetó que el catolicismo equivalía a incultura… El pobre chaval (desde el punto de vista intelectual) debería acercarse, por ser breve, al museo del Prado (por ejemplo) para comprobar la vinculación entre cultura e iglesia. Lo mismo digo de los toros.