Miércoles 26 de agosto de 2015
Arabia Saudí buscaba hace bien poco ocho nuevos verdugos. El puesto no exigía ningún requisito especial, aunque los aspirantes debían estar dispuestos no solo a ejecutar a los condenados, sino a realizar otras tareas. Así, propinar latigazos o amputar algún miembro a los acusados de algunos delitos, como a los ladrones cortarles una mano. La macabra oferta de trabajo guarda estrecha relación con algo que no sale demasiado a la luz, horrorizados como estamos con lo que sucede en los territorios donde el Estado Islámico ha establecido su brutal acomodo. A Arabia Saudí no ha llegado el califato del terror, pero el país que nada en petróleo no le hace ascos a la barbarie, sino todo lo contrario. Amnistía Internacional acaba de hacer público un demoledor informe en el que advierte del aumento y la proliferación de las ejecuciones en Arabia Saudí, donde cada dos días hay una ejecución. Ejecuciones en las que lo más habitual es recurrir a la decapitación, en muchos casos pública, y exhibir después los cuerpos y las cabezas cortadas.
Pero por si esto fuera poco, Amnistía Internacional denuncia el sistema jurídico de Arabia Saudí plagado de deficiencias y sin las más mínimas garantías, que facilita y promueve la pena capital de forma masiva. En numerosos casos, se niega un abogado a los acusados, a quienes se tortura para obtener una confesión que es utilizada como base para ejecutarlos. En suma, la Justicia en Arabia Saudí tiene mucho de burla al derecho internacional. Algo que, naturalmente, no le importa lo más mínimo a la autoridad del país, anclado en una teocracia y en una férrea interpretación de la Sharia, la ley islámica que blanden países como Arabia Saudí, junto al más feroz yihadismo.
Semejante situación nos escandaliza y provoca, como en el informe de Amnistía Internacional, la más absoluta condena. Al terrorismo yihadista hay que combatirlo sin tregua, máxime cuando ha lanzado un desafío a escala global, pero para que la Sharia y sus bárbaras interpretaciones dejasen de operar deberían ser los propios musulmanes quienes se enfrentaran decidida y frontalmente a la barbarie. Máxime cuando, en definitiva, son sus mayores víctimas. Sería necesario hacer una pedagogía en este sentido, aunque, desgraciadamente, no es tarea fácil. Las voces más moderadas son silenciadas y aplastadas por el radicalismo y la intolerancia más sangrientos.
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