TRIBUNA
Juan José Vijuesca | Miércoles 26 de agosto de 2015
Ahora Corea del Norte y el señor Kim Jong Un –a saber que mosca le habrá picado a este iluminado para tocarnos la peana al resto de los mortales-, parece tener voluntad de cumplir el sueño de crear un mundo nuevo a imagen y semejanza de su régimen totalitario, dicho sea, paraíso anclado en el tiempo del comunismo más rancio a cuyo pueblo enardece rodeado de alambre de espino. Pues eso, que el referido mariscal amenaza de nuevo con pulsar la tecla F5 y mandar al limbo a Corea del Sur, y a cuantos ojos rasgados y sin rasgar pille el cohete nuclear.
De este singular individuo, amante de beligerancias a lo vasto, no sólo cabe esperar alguna desventurada locura, sino la de llevar a cabo cualquier guerra de las de ahora, en donde las víctimas mueren sin sentir nostalgia de la vida y los que sobreviven se vuelven cómplices de enfermedades irreversibles. De manera que, o bien estamos ante un bravucón sin remilgos, o hay que ir más lejos en todo esto, me explico, algunos poderes terrenales deben cumplir con el antojo de cada ciclo.
Del susodicho Kim Jong Un, queda más o menos claro; ahora bien, respecto de la industria de la guerra cabe pensar que cuando asoman amenazas un tanto creíbles de conflicto belicoso, casi nunca hay que descartar a la factoría que lo genera. Las multinacionales practican el juego sucio de matar cuando las cifras de sus balances y los ratios de ganancias determinan hacer inventario de armas para con ello incentivar el mercado de esta industria pesada. La maniobra es sencilla, solo hay que fabricar una marioneta explosiva encargada de ir preparando ambiente hostil, alterar el orden pacífico y amenazar con emprender sofisticadas batallas y cruentas alteraciones del genoma humano mediante guerras bacteriológicas de largo alcance. El espectáculo está servido.
No existen más conjeturas que las ya conocidas a lo largo y ancho de la historia reciente; la guerra es un negocio de intereses bien repartidos, lo que viene a justificar la puesta en marcha de todo el arsenal almacenado antes de que éste se quede obsoleto. Después, vuelta a empezar y así sucesivamente mientras las víctimas sigan comportándose como fervorosos mártires en un mundo de interesadas confabulaciones e insaciable afán de lucro. No es de extrañar pues, que una vez más, y aprovechando en estos momentos la deserción social y económica actual, así como la enorme y más que preocupante movida migratoria, nada de raro tiene, insisto, que la cultura del miedo se extienda para tener a la raza humana bajo el yugo de la catástrofe inminente. Sin duda un buen caldo de cultivo para la sórdida costumbre de enfrentar a unos contra otros sin saber muy bien por qué y para qué.
Si en todo esto resultara que Kim Jong Un fuera la única amenaza, sería interesante convencerle de que estar loco no es más grave que estar cuerdo y no saberlo, pues nada hay peor que una mente lúcida creyendo ser el rey del mambo. La guerra es tan peligrosa en manos de un frenético perturbado como estar bajo el mando de un juicioso sin escrúpulos y ávido de poder. Dicho sea para estos casos que el poder como tal no existe, son los pueblos apacentados de sumisión los que fortalecen el ego de unos cuantos administradores.
Así pues, nada hay que descartar en estos momentos, es más, todo indica –tal como apuntaba antes- que la crisis mundial reinante pudiera garantizar una avalancha de hostilidades, donde las facciones más virulentas, como viene sucediendo, emergen por doquier con ataques indiscriminados aprovechando la afanosa y estúpida costumbre de jugar a las hazañas bélicas como negocio rentable; de manera, que a nadie debe extrañar la estupefacción de quienes escapan de la barbarie en sus países y encuentran en este otro lado del mundo una sórdida y decepcionante cara oscura de una tierra prometida lejos de la realidad.
En fin, ojalá que en este nuevo capítulo de nuestra historia tengamos la guerra en paz.