Opinión

El vómito de Trump

POCO A POCO

Borja M. Herraiz | Jueves 27 de agosto de 2015
El pasado martes, Donald Trump, esa caricatura de político y maquinador del show business estadounidense más casposo, protagonizó la última y repugnante salida de tono de una lista de despropósitos que, para vergüenza propia y ajena de los auténticos republicanos, se hace demasiado larga.

En un arranque de intolerancia y prepotencia, señas de identidad del susodicho, Trump expulsaba al periodista Jorge Ramos, toda una institución entre la comunidad latina de Estados Unidos, por hacer simple y llanamente su trabajo.

Ramos interpelaba al candidato republicano sobre cómo pretende llevar a cabo alguna de sus promesas electorales, como la de expulsar a once millones de indocumentados, negar la ciudadanía a los nacidos en el país pero hijos de ilegales o levantar un muro de 3.145 kilómetros de largo entre México y EEUU que además costearía el país azteca. Todo esto, teniendo en cuenta que muchas de las mismas sólo se llevarían a cabo si el magnate se pasara por ahí la Constitución.

A Trump, pura pose sin chicha detrás, se le notó nervioso, acorralado. Pillado ante unas cámaras que son sus grandes y, probablemente, únicos amores. Sudando la gota gorda, decidió expulsar a Ramos de la rueda de prensa para luego, presionado por el resto de colegas periodistas presentes, reintegrarle en la misma de mala gana.

Pero, ¿cómo este personaje, que no ha ocultado nunca su limitada cultura, es a día de hoy el candidato más respaldado del GOP? Sencillo, el Partido Republicano, fundado en 1854, un cuarto de siglo antes que el PSOE, lleva tiempo en una deriva que le ha acabado enfangando en las posturas más retrógradas, chuscas y populistas.

Con la perspectiva que da el tiempo, quizás en una década se analice en toda su extensión el daño mortal que le ha hecho el denominado Tea Party, con sus Palin o Bachmann, a una formación que, aunque muchos no lo recuerden o no lo sepan, es responsable de algunos de los mayores logros de la primera potencia mundial y que ahora vive abducida por los "talibanes americanos", en palabras del ácido Will McAvoy.

Hoy en día, la impresión general es la de que el Partido Republicano representa al sector más radical e intransigente del país, que es la bandera de los autoproclamados pobladores primigenios (olvidando que sus antecesores llegaron en masa a un territorio ya habitado en busca de una vida mejor) y regio defensor de las libertades individuales, aunque no hayan perdido ni una sola de éstas tras más de seis años de mandato de Obama, ese demonio.

No hace mucho, detrás de estas mismas siglas, como bien recordaba hace poco el periodista Pablo Pardo, se escondía la lucha por los derechos de los esclavos o contra la discriminación de Lincoln, de la protección del medio ambiente de Roosevelt o Nixon, de las buenas artes en materia de política exterior. Ahora se esconde Trump.

El magnate y su retórica histriónica y absurda son sólo la punta del iceberg de un sector minoritario pero poderoso de la derecha norteamericana que ha secuestrado y adulterado de manera vomitiva los principios de un gran partido, de una derecha norteamericana con grandes figuras que se han visto obligadas a escorarse hacia el radicalismo para poder plantar cara al apabullante poder mediático de Trump.

La mediocridad en la que vive sumida el GOP desde hace años, negando la inmensa mayoría de propuestas demócratas simplemente porque sí, porque en la foto saldrá un presidente afroamericano, es insultante. El votante estadounidense, para más inri, parece no reaccionar, anestesiado con propuestas populistas embadurnadas de edulcorante televisivo.

Es muy triste pensar en la mera posibilidad de que un personaje como Trump acabe siendo el representante de la mitad conservadora de EEUU en las presidenciales de 2016. Albergo esperanzas de que no sea así, porque el daño sería mortal de necesidad, no sólo a los principios fundacionales del Partido Republicano, sino también a la primera democracia mundial y adalid de las libertades. Veremos.

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