CRÓNICA RELIGIOSA
Rafael Ortega | Domingo 30 de agosto de 2015
El pasado jueves se cumplieron 37 años de la elección de Juan Pablo I como Papa. Aproximadamente a las cinco y media de la tarde de aquel 26 de agosto de 1978, el cardenal Felici, Secretario del Cónclave, anunció a todo el mundo, desde la Logia de la Basílica de San Pedro, la elección de Albino Luciani, hasta entonces Patriarca de Venecia, como nuevo Pontífice. Un hombre que solo estuvo 33 días al frente de la Iglesia Católica y cuyos restos reposan en una tumba custodiada por cuatro ángeles en el subsuelo de la Basílica.
Fueron 33 días de intenso pontificado pero que no sirvieron para que muchos hayan olvidado a aquel hombre, “el Papa sonrisa”, que sufrió y vivió momentos muy delicados en la Santa Sede, que había perdido a un Pontífice clave para la Iglesia, como fue Pablo VI, y que tuvo que enfrentarse a una Curia “todopoderosa”, con el francés cardenal Villot, Secretario de Estado, a la cabeza.
Luciani llegó al papado tras un Cónclave en el que no hubo acuerdos entre las dos “sensibilidades”, la conservadora encabezada por el cardenal Siri, Arzobispo de Génova, y la progresista del cardenal Benelli, arzobispo de Florencia y hombre de la máxima confianza del beato Pablo VI. En las diversas votaciones no hubo mayorías y los purpurados decidieron en la cuarta votación colocar en el sillón de San Pedro a un hombre bueno, Albino Luciani, que pudiera aunar las diferentes sensibilidades, y al que muchos esperaban dominar. Pero no fue así, Juan Pablo I tomó decididamente las riendas y, como hemos dicho, sufrió mucho, pues era “un gran párroco” que no sabía de los juegos vaticanos.
Luciani se encontró, entre cosas, con un Estado casi quebrado financieramente, y tuvo que rodearse de hombres de confianza, unos pocos, que le aconsejaran en difíciles decisiones. “El Papa sonrisa”, como le calificamos entonces los periodistas que estábamos acreditados en el Vaticano, era en realidad un hombre enfermo. Recuerdo perfectamente la primera audiencia que nos concedió a los periodistas y como se le veían unos tobillos muy hinchados, ya que todavía llevaba la primera sotana blanca, la del día de su elección, que le estaba corta. El fallecido José María Javierre, maestro de tantos periodistas y amigo personal que me acompañaba en aquella audiencia, me advirtió del hinchazón de los tobillos y me dijo textualmente: “este hombre nos va a durar poco”. Y así fue, la sonrisa de Luciani era una mueca derivada de su enfermedad del corazón.
Pocas horas antes de su muerte, durante la cena que compartió con sus dos secretarios, predijo su cercana muerte y contó que su sucesor sería el que estuvo sentado enfrente a él en la Capilla Sixtina durante su elección. Ese hombre era San Juan Pablo II y esto lo relató uno de sus secretarios, Monseñor Magee, que poco después fue nombrado obispo de Cloyne, en su Irlanda natal.
Albino Luciani fue un excelente Papa que comenzó a abrir muchas puertas. En el Colegio Pío Latino, situado en la Vía Aurelia, cerca del Vaticano, lugar tradicional de encuentro de cardenales en los precónclaves, el entonces Patriarca de Venecia presentó su obra Ilustrissimi con una exposición conmovedora de las razones que le indujeron a escribirla, entre ellas la labor de “pastor” de un hombre de la Iglesia.
A mí, como periodista, Juan Pablo I me merece un gran respeto y un emocionado recuerdo. Su sonrisa seguramente era debida a su enfermedad, pero creo que era la de hombre bueno, que supo y quiso llevar tranquilidad en momentos complicados. No debemos olvidar a ese Papa bueno.
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