William Chislett | Sábado 31 de mayo de 2008
Lo único sorprendente de la guerra poco civil en el Partido Popular es que se haya demorado tanto en estallar, y no lo hizo antes porque los bandos decidieron esperar los resultados de las elecciones. A mi modo de ver, la lucha no tiene nada que ver las ideas y mucho que ver con poder.
Las razones de María San Gil para marcharse (argumenta que Mariano Rajoy está cambiando los principios del PP) son poco creíbles. Rajoy no esta cambiando dichos principios, solo intentando liberarse, por fin, de la sombra de Aznar quien lo designó con el dedazo (como los presidentes mexicanos hasta el año 2000) y mover el partido más hacia el centro, que es donde se ganan las elecciones, y darse la posibilidad entenderse con el PNV y con CiU (como Aznar en 1996). San Gil cosechó unos malos resultados en el País Vasco para el PP en marzo y se niega aceptar la responsabilidad para su política de confrontación que ha fallado. Así que, en vez de aceptar su propia responsabilidad, le es mucho fácil (y deshonesto) acusar a Rajoy de cambiar los principios del partido y aparecer como una heroína.
Lo que esta pasando en el PP es el resultado lógico de cuatro años de crispación y falta de ideas que Rajoy sabe que no puede continuar si el PP quiere ganar las elecciones en 2012. Dicho esto, la postura de los populares en la ultima legislatura rindió buenos resultados – consiguió mas votos y mas escaños en las Cortes, pero no ganó, y esto es lo que cuenta por encima de todo.
Como dijo Alberto Ruíz-Gallardón, “el centro no puede ser un paréntesis en la historia del PP. Si eso ocurre, será muy difícil volver al Gobierno. El PP ha de ser optimista, tolerante y aconfesional.” O en palabras de Jorge Moragas, Secretario de Exteriores del PP, “estamos ante un nuevo tiempo y tiene que haber un nuevo PP, abierto y moderno.” El PP de 2004-2008 no fue un partido tolerante y aconfesional. Rajoy tiene que librarse no solo de Aznar y de su entorno (algo ha logrado con la marcha de Ángel Acebes y Eduardo Zaplana) sino también de la jerarquía de la Iglesia.
El partido conservador británico ha necesitado ocho años y tres efímeros líderes para volver con una fuerte posibilidad de ganar las próximas elecciones, y si el PP no resuelve su batalla pronto le pasara algo similar.
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