Los Lunes de El Imparcial

Paul Theroux: El último tren a la zona verde

VIAJES

Domingo 30 de agosto de 2015
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Alfaguara. Barcelona, 2015. 360 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por José Pazó Espinosa


Paul Theroux siempre viaja solo, huyendo de algo que rara vez confiesa. También escribe así. En su mapa intelectual, la motivación expresa de sus viajes es la misma que expresó Goethe en su Viaje a Italia cuando dijo que su propósito no era engañarse a sí mismo sino descubrirse en los objetos que veía. Theroux, además, confiesa en El último tren a la zona verde que eso de lo que huye es la trivialidad. Recoge otra cita de Thoreau, el ermitaño de Walden, en este sentido: “Creo que la mente puede acabar profanada de forma permanente por la costumbre de ocuparse de cosas triviales, hasta el punto de que todos nuestros pensamientos se ven teñidos de trivialidad.” Y en esa huida busca sitios a los que no va nadie, o va poca gente, a escribir sobre ello: la periferia de ciudades como Nueva York, los trenes que recorren Estados Unidos, las ciudades vacacionales del litoral mediterráneo en invierno… Y la África negra, su gran amor, su primer amor.

En este libro, el último de viajes que ha escrito, se presenta como un Theroux mayor (de edad), calmado, tibio en sus juicios, pero siempre buscador del envés, de lo que hay detrás. Cuenta que cuando le volvió la comezón del viaje, en plena crisis financiera de Europa, decidió ir a África a buscar a “la gente real”. Esta expresión no es una metáfora buenista sobre los africanos sino el nombre de una tribu de Namibia, los ju/’hoansi, a los que llama los verdaderos aristócratas del planeta, una de los tribus más antiguas del continente. Gente calmada, suave y casi invisible, que le permite a Theroux salir de la trivialidad metafórica occidental del dinero y sumergirse en el ensueño de la pureza de lo verdadero. Un sueño caduco que se tornará en pesadilla.

Theroux parte de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, y atraviesa Namibia para acabar en Angola. En ese trayecto, pasa de la pornografía de la pobreza (Sudáfrica y las visitas guiadas a las townships, los barrios marginales herederos de los ghettos), a la pornografía de la ayuda a los países africanos. Sus críticas apuntan a las reservas de animales salvajes para disfrute de ricos, a los dineros que Occidente trasvasa a África para engordar las cuentas de unas minorías, al famoseo maloliente de Bono y Brad Pitt. Es un Theroux amargo en lo social, débil en lo personal, consciente del horror del África urbana y moderna, decidido a huir de él. Al principio, ve en la Zona Verde -la sabana y los bosques- el santuario que le salvará, simultáneamente, de la trivialidad y del horror africano urbano. Al final, tampoco en la Zona Verde encuentra la salvación y decide volver a casa, a la seguridad de su hogar estadounidense.

A pesar de la atracción universal hacia los viajes en el siglo XXI, es razonable pensar que el afán por viajar no esconde más que el temor a la muerte. En el siglo XIX comienza el turismo, y es entonces cuando aparecen los grandes mitos de la literatura mortuoria occidental. Frankenstein se escribió en una gira de jóvenes británicos ociosos por los Alpes. Theroux, es un representante soft de ese temor, ligeramente postmoderno. Cuando, con más de setenta años e intentando escapar de la trivialidad norteamericana, ve los cuernos al toro en Angola, decide volver a casa. El último tren a la zona verde es un último tren que ya no llegará a ninguna zona verde.

Goethe quería verse reflejado en Italia. El Theroux que se busca y se refleja en África es un hombre repetitivo, acomodaticio, cansado, e íntimamente asustado por la visión del caos y de la muerte. Un hombre bastante convencional, pero sincero. Y esa sinceridad le redime seguramente de todo lo demás. Y le aboca a un final amargo: el del barco varado en la marisma al que solo le queda soñar con sus pasadas y memorables singladuras.