Ariel. Barcelona, 2015. 168 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. Al hilo del atentado a "Charlie Hebdo", el autor de "Ética para Amador" recupera el espíritu volteriano para analizar los fanatismos del siglo XXI.
Por Rafael Fuentes
El presente ensayo de Fernando Savater está lejos de ser un sesudo estudio erudito sobre la obra de Voltaire. Se trata más bien de una higiénica recuperación del espíritu volteriano -acompañado de una sabrosa selección de textos del filósofo ilustrado-, con el propósito de aplicarlo saludablemente no ya a los pasados males y las ignorancias del siglo XVIII, sino a las enfermedades oscurantistas y fanáticas que padecemos aquí y ahora en los albores del siglo XXI.
Desenvainar esa arma de combate intelectual que sigue siendo Voltaire exige, sin embargo, a Savater realizar la tarea previa de desembarazarlo de prejuicios e interesadas manipulaciones de su personalidad que tienden a distorsionar su obra. Ante todo reclama corregir la extendida arbitrariedad de considerarlo solo una cínica piqueta demoledora de principios que no ofrece nada a cambio de esa caústica capacidad de derribo, conforme a la tergiversadora estampa elaborada inicialmente por Antoine de Rivarol -y de gran fortuna histórica-, que no vio en él otra cosa que un talante burlón, disolvente, apto solo para destruir y sin ningún fundamento que lo sostenga y lo sistematice. Igualmente falsa resulta la figura de un Voltaire activista revolucionario que soñara con impulsar un movimiento de masas contra la reacción. El autor de Ética para Amador remarca, por el contrario, que el gran enciclopedista sí posee un soporte sistemático. En Voltaire encontramos una sólida convicción en esa ley natural que se expresa a través de la razón y el corazón de los seres humanos. Cada persona porta dentro de sí una idea de lo justo y de lo injusto y por ello una auténtica introspección racional le permite al hombre honrado descubrir leyes morales eternas en su interior. Del mismo modo, a partir de estos principios, el creador de Cándido desconfía de los movimientos de masas. “Voltaire, poco o nada igualitarista -nos puntualiza Savater-, escribió para una amplia minoría selecta, no para una mayoría revolucionaria: él mismo fue rebelde y reformador radical, pero detestó (y temió) la idea de una insurrección violenta generalizada.”
Ni cínico, ni relativista, ni revolucionario, con un sistema filosófico que no está a la altura de los más grandes pensadores, la obra maestra de Voltaire consistió en transformar la actitud del estudioso frente al mundo. Un lugar común apoyado por no pocas investigaciones, sitúa el nacimiento del intelectual moderno en Èmile Zola tras lanzar su opúsculo “¡Yo acuso!” en torno al escándalo Dreyfus, un modo de enfrentarse a los dilemas colectivos secundado por personalidades como Romain Rolland, Bertrand Russell o Jean-Paul Sartre. Sin embargo, Savater discrepa de esta genealogía y coloca el verdadero origen de la figura moderna del intelectual precisamente en Voltaire.
Esta es la genialidad de Voltaire. No quedarse solo en la comprensión del mundo, sino hacer que el pensador intervenga contra la irracionalidad, los abusos y los crímenes sustentados en la superchería y en las creencias más disparatadas. La inteligencia del pensador debe ser beligerante con ellas y entrar a combatirlas. Es lo que Fernando Savater denomina como “su vocación intelectual de intervención.” Mucho antes que el affaire Dreyfus denunciado por Zola, el filósofo ilustrado escribió y luchó a favor de Jean Calas, injustamente acusado por su fe protestante de haber asesinado a su propio hijo. Un contundente ejemplo a pequeña escala de los propósitos del autor del Tratado sobre la tolerancia, que exige al intelectual intervenir con energía contra los hipnotizadores de masas, contra nigromantes políticos y religiosos, contra oscurantistas, contra manipuladores de pasiones irracionales para suscitar el odio, la intransigencia y el fanatismo. Por primera vez en la historia moderna, un meditador se propone hostilizar desde la racionalidad esa avalancha maligna que resurge una y otra vez en los momentos más insospechados del transcurso de la Historia, ayudándose siempre de la ignorancia y de las bajas pasiones.
Están claros los enemigos concretos que este primer intelectual moderno combate en su tiempo. ¿Pero cuáles son los nuevos nigromantes, los contemporáneos embaucadores que predican hoy un renovado fanatismo, a los que hace frente Savater? Podemos espigar algunos de los más destacados no solo en Voltaire contra los fanáticos, sino también en los ensayos recientemente recopilados en ¡No te prives!. Defensa de la ciudadanía (Ariel). En este último volumen, hallamos una reflexión: “Indignación a la española”, sobre el maniqueísmo sectario de quienes lanzaron los lemas de “No nos representan” y la exigencia de una “Democracia real”. Sin negar que hay mucho que reformar en nuestra democracia -la esclerosis dogmática de los partidos, el descontrol de los mercados y la avidez de la especulación mercantil, la muy deficiente Justicia…-, Savater denuncia la oscurantista creación maniquea de buenos absolutamente buenos frente a malos absolutamente malos, los inmaculados de abajo contra los infames de arriba, el pueblo virtuoso alzado contra los políticos villanos. Una concatenación de sofismas que impide la autocrítica de los errores colectivos y la sustituye por una cerril instigación al odio masivo que quizá se proponga espolear una insurrección ciega y demoledora. Savater no acepta esta vía irracional fomentada por supuestos redentores que pretenden gestionar la indignación en su provecho. Muy al contrario propugna que la censura a los políticos esté acompañada de una autocrítica de los ciudadanos, lo que nos proporcionaría una comprensión racional tanto de lo sucedido como de las soluciones: “La indignación no basta -esgrime Savater-. Como señaló Spinoza, lo importante no es detestar o aplaudir, reír a llorar, sino entender. Más Spinoza y menos Hessel, por favor.”
En ¡No te prives!, Fernando Savater eleva el tono volteriano contra las supercherías nacionalistas, campo abonado para difundir un fanatismo patriótico alimentado por embaucadoras identidades nacionales, donde se remueven bajas pasiones con el fin de movilizar, con furiosa inquina, a masas adoctrinadas para pisotear a sus conciudadanos. La crítica volteriana se dirige aquí contra la argucia de las identidades nacionales. De hecho, contra cualquier identidad colectiva, oscurantista fraude, destinado a justificar la supremacía de un grupo sobre otro, y, llegado el caso, su opresión. La democracia no se sustenta en ninguna identidad cultural, étnica, ideológica, religiosa o social, sino en el concepto de ciudadanía. Sean cuales sean las identidades a las que alguien se adhiere, el ciudadano es el que posee unos derechos y obligaciones iguales para todos con arreglo a unas leyes democráticas. Las identidades nacionales o étnicas son el ámbito de los nigromantes antidemocráticos tendentes a anular la racionalidad del concepto de ciudadano.
Pero la parte del león de la beligerancia volteriana de Savater se enfrenta de la forma más rotunda a los fanatismos terroristas que más recientemente nos han herido. En buena medida contra el terrorismo nacionalista vasco encarnado por ETA y los movimientos sociales que la ayudan y justifican. Pero mucho más, si cabe, Voltaire contra los fanáticos es un lúcido e implacable desenmascaramiento de quienes buscan coartadas al terror fundamentalista desencadenado por Al Qaeda o el Estado Islámico. Su penetrante análisis, realizado al hilo de la conmoción causada por el atentado a la revista francesa Charlie Hebdo, no se enfoca solo contra los autores de esa brutalidad y los venerables clérigos que les incitan a semejante delirio homicida, sino que Fernando Savater utiliza también la sabiduría de Voltaire para desenmascarar a los que en Occidente culpan precisamente a Occidente de ser el supuesto responsable último de ese fanatismo asesino. Savater no retrocede frente a ese vocablo grotesco: “islamofobia”, creado para adormecer un auténtico espíritu crítico contra esa barbarie.
Ya con motivo de la fatwa mortífera del ayatolá Jomeini contra Salman Rushdie, Fernando Savater recuerda una manifestación en Trafalgar Square donde localizó una pancarta que reclamaba: “¡Avisad a Voltaire!”. Y Voltaire, el espíritu de Voltaire, es el que regresa en la pluma de Savater cuando desentraña el entresijo del terror utilizado para imponer sus dogmas bajo aquella fórmula denunciada por el parisino autor del Diccionario filosófico: “¡Piensa como yo o muere!”
El volterianismo de Savater no se limita, por cierto, al contenido intelectual, sino que se extiende a la expresión, al estilo. Lamartine apuntó con perspicacia: “Voltaire dio al francés el instrumento de la polémica, creo la lengua improvisada, rápida, concisa.” Y el autor de La infancia recuperada hace honor a este estilo de escritura evitando los circunloquios, con una prosa vivaz, dotada de brevedad y claridad, altamente expresiva, amena, incisiva, y enemiga siempre de lo tedioso. Sin duda, aquí, como en el resto de su obra, Savater se atiene a aquella célebre sentencia volteriana: “He dicho que todos los géneros me parecen buenos, menos el género aburrido.”