Estalla el escándalo del portal para adúlteros de Ashley Madison, ahora hackeado por piratas informáticos: 30 millones de maridos y mujeres que se citan con otros maridos y mujeres para echarse un parchís extraconyugal. Pero hay una intrahistoria al margen, la del amor en los tiempos de la razón cínica, que quisiéramos escribir porque nadie se atreve casi nunca a hacerlo, y quisiésemos que fuese también con arrebato y lucidez porque es la crónica de la libertad, acaso de su último reducto, el que hace posible lo imposible. Sin hacer sentimentalismo pequeñoburgués y contra el circo posmoderno de merendar “cristianos” catacumbales que ha montado el paganismo online de la infidélité,reivindicamos el Amor posromántico para purificarnos de tanto postcapitalismo mental y cosificación del otro.
Quien lea las palabras de este periodista acaso toque al hombre y el artículo se nos escriba solo. Ayer una escritora y filóloga hispánica, Rocío, con una serena madurez que expresaba el refulgir de su belleza, nos dijo en el Varsovia, entre sus cervezas y mis gin-tonics con fever tree, que sus padres se habían separado con 77 años él y 76 ella, sin remisión. “Tenemos que respetar su decisión”. Para Rocío, civilizada y culta, viviendo su intimidad de provincias tras múltiples tropiezos –un abogado camello, un italiano huidizo–, el amor ya no es lo más importante en la vida, sino la vida misma; en cambio, para nosotros aún lo es. “Creía que eras un hombre casado, con ese horrible bañador azul estampado de piñas tropicales”. De nuevo la amenaza de la infidelidad, que todo lo intoxica. Nos habló con profundidad de Beethoven, las vanguardias, Juan Eduardo Cirlot, Onetti, Cesare Pavese, Picasso, Puccini –La bohème–, Gonzalo Suárez y Stieg Larsson.
Dice el fundador de Ashley Madison, el canadiense Noel Biderman, gachó que ha hecho de la tauromaquia conyugal un lucrativo tenderete, que en la pareja hace agua cuando no se habla del amor. Algunos creemos que el amor nos habla a nosotros, nos elige en un momento dado, pero que nos abandona cuando le apetece porque es caprichoso. Tampoco, quizá, vivamos el amor, sino que el amor acaso nos viva a nosotros, con su acarreo de felicidad e infelicidad que hemos de aceptar humanamente, estéticamente, periodísticamente, elegantemente. Son las reglas del juego. Los millones de clientes de Biderman no entienden de eso, ni de los cafés de versos nocturnos y viejos novios que se miran improvisando con su rincón un santuario urbano.
Escarbamos en nuestra memoria y encontramos el punto de vista de ella. Fue en el Madrid de los Austrias, cuando la niña poeta llegó a sentir loca la cabeza de fuego y poesía… Cuando las noches lucían, enteras, como leves vilanos a la luz opaca y amarillenta de los fanales que alumbraban los muros de los palacios episcopales y las casas nobiliarias. Para ella, él, un periodista aún muy joven y fuerte pero maduro, traía aires de galán de cine. Y cuando éste la tomaba entre sus brazos y la besaba las cosas cambiaban en uno de esos giros mágicos que la vida tiene. Y sentía elevarse. Pasaba de reducirse a la mayor indefensión a ser la muchacha de oro y verde oliva, y al día siguiente el mundo entero presentaba otro aspecto de color azul, más lírico, de libertad infinita, en el que todos sus sueños y amores imposibles se podían realizar. Las grandes sorpresas la alejaban de la vida sonámbula y desamparada, invitándola a desembocar en el valle prometido. Atrás dejaba tan solo la divagación pálida y húmeda de sus fracasos sentimentales y una primitiva dicha, perdida en todos los cuentos y versos cernudianos que escribía, le incendiaba ahora el corazón.
Ya no era igual al resto de muchachas, porque en aquel punto terminaba, por fin, un mundo de relojes parados, de cuchillos que penetran la carne nada más traspasar la puerta de la habitación azul. Y cada vez que él la besaba y hacía el amor, todo aparecía reconstruido con sus tonalidades alegres, de la paciente felicidad que la había aguardado todo este tiempo, con su débil latido intermitente. Un gozo que siempre había estado ahí, donde los espejos y las canciones del pop-rock adquirían una especial claridad.
Sus ojos, que habían volado por todos los rincones, alrededor de muchachos insensibles, al fin descansaban en otros iguales, que le hablaban de idéntico lenguaje. Aparentemente no había nada de notable, pero era en realidad un milagro, su epifanía del amor verdadero. El verano y sus gentes, sus expresiones de indiferencia, su desapego, aparecían ahora suavizados en sus contornos por los besos que soñó viendo Cinema Paradiso y que él posó dulces en sus labios, uno tras otro. Era una juventud creadora la que se juntaba en la dignidad novecentista de los teatros, entre Toulouse-Lautrec y don Benito Pérez Galdós, en el cafetín, haciéndoles a ambos enfermar plácidamente de trascendencia y de conversación.
Los padres de Rocío han roto tras medio centenario de amor y se asoman, septuagenarios, desabrigados y sin rubor, a una segunda juventud; sin infidelidades de usuario de portal subcultural y kitsch. El riesgo de amar es espontáneo y anárquico, y organiza la vida de modo silvestre, con la marcha montaraz de las cosas y el ir tirando, sin planificación ni tomar conciencia de los problemas que, pasado el tiempo, uno se da cuenta –a veces demasiado tarde– de que ya no lo son. Ya da como pudor hablar de amor, una conversación que, salvo algunos románticos impenitentes, nadie glosa ya. El Amor, que también es un humanismo, pertenece a otro tiempo, cuando no nos abochornaba el apuro de que nos sorprendiesen robándonos los besos en los portales de las casonas del Madrid de los Austrias. Bécquer no se hubiese dado de alta en Ashley Madison: él prefería el riesgo de amar.