En agosto apetece escribir sobre mi tierra, Galicia, y sus magníficas playas, el buen yantar, sobre esa lengua culta, melosa y chispeante que más parece hecha para cantar que para hablar. También de esa lluvia fina que para algunos sólo es humedad y que ya la quisiera para mi querida Extremadura. La tentación es grande para seguir recordando a los amigos o al campeonato de mus en el Real Club de Regatas Galicia, que busca resurgir con más de cien años a sus espaldas. Para anunciar el primer pez pescado por el hijo pequeño, lo bien que sientan las cenas regadas con un buen albariño o, alborozarse por la llegada del vástago del primo Fernando, bebé que hace el 110 de la familia Rubio. Es tiempo de reflexión y de encuentro con el viento norte, las puestas de sol y las estrellas que guían una navegación nocturna. Algo así me hizo escribir el pasado año “el paréntesis vacacional”.
En el verano sentimos que lo importante, ya no lo es. Asuntos como la dimisión del Presidente del Gobierno griego parecen ocurrir mucho más lejos. El sol ha curtido nuestra piel y, todo aquello que nos preocupa el resto de año, nos resbala. Incluso quienes seguimos trabajando en nuestros “períodos no lectivos”, ya hemos corregido un par de tesis doctorales, contestado a demasiados correos electrónicos…, pensamos que nuestra preocupación principal debe ser vivir la ociosidad.
Sin embargo, las vacaciones no son eternas y la vuelta a la cotidianidad nos espera a la vuelta de la esquina y, todo aquello que hemos aparcado volverá a nuestra preocupación, incluyendo esos grandes temas que aunque los ciudadanos sientan lejanos, les afectan en mucho más de lo que creen. Desde el proceso independentista catalán a la crisis europea-griega, pasando por la modernización de la Justicia, las próximas e inevitables elecciones generales o la reforma constitucional. Quizás ahora con el sosiego de la montaña y la playa podamos pensar en voz alta lo que queremos para nuestra España, para nuestra tierra y para nuestros hijos.
Sobre las elecciones catalanas de noviembre, otros autores más cualificados han señalado que se trata de un plebiscito fraudulento. Por mi parte ya he defendido desde estas mismas páginas mi opinión sobre los independentistas catalanes y que la posible solución pasa porque los catalanes que quieran, se vayan de España y de Europa, pero sin llevarse a Cataluña.
De la crisis griega extraigo dos reflexiones que son aplicables a nuestro país. La primera que la golfería y corrupción crea no solo injusticias, también algo parecido a un estado fallido. La segunda es que con demagogia no se arreglan los problemas.
Sigo pensando que la Justicia española necesita no solo una modernización, también una reestructuración en profundidad para conseguir que sea eficiente y eficaz, independiente y responsable. Ello exige que se aclare la función del Tribunal Supremo, que las estructuras judiciales dejen de depender de las Comunidades Autónomas y del Gobierno y sean gestionadas por el Consejo General del Poder Judicial y algunas otras cuestiones que exigirían todo un seminario. En todo caso se trata de una asignatura pendiente en la que todos tendríamos que decir algo.
Todavía no sé a quién votaré en las próximas elecciones generales. Difícil me lo ponen los de “Podemos capitalizar el cabreo” y “PSOE cara bonita”. Busco una opción política seria, responsable, con visión de futuro, en donde las propuestas sociales y populares estén equilibradas con una organización política sostenible y en donde lo público no sea una carga para los ciudadanos. Un Estado coordinado con una Comunidades Autónomas embridadas al servicio de los ciudadanos y no al revés. Ya he defendido que si importante es la economía, también es esencial la cercanía de las personas y la humildad de los políticos que vienen a pedir nuestro voto.
A lo largo de treinta y siete años de Constitución, nuestra carta magna ha sido retocada por la jurisprudencia constitucional y por imperativo europeo se han reformado los artículos 13 y 135. Parece que ya es el momento de afrontar una reforma constitucional más meditada, pero seguramente no en la dirección que nuestros políticos están apuntando. Ya en su momento dije que “debemos tener claro que el objetivo debe ser solucionar los problemas de los españoles, no las aspiraciones de la casta política autonómica, sea nacionalista o no. El Estado de las autonomías ha funcionado bien en algunos aspectos. En otros es necesario embridar esos reinos de taifas que hacen de nuestro sistema político algo costoso e ineficiente” (La Tercera Vía, una parada hacia la independencia)
Cualquier tipo de reforma constitucional debería mejorar la democracia, en el sentido que ya hemos defendido en esta misma publicación. Desde luego no puede ser una maniobra para satisfacer a los independentistas, para ajustar cuentas procedentes de una parcial memoria histórica o para introducir en nuestra Constitución cuestiones fútiles y puramente cosméticas. Pero todo ello exige otro artículo o, quizás toda una serie entera.