Martes 01 de septiembre de 2015
Las oleadas de inmigrantes que intentan entrar en Europa -extensibles no sólo a la UE, sino al resto de países del continente- desde el inicio del verano han puesto en evidencia la incapacidad de sus gobernantes para resolver este problema. Nadie se pone de acuerdo en nada, y todos parecen querer evitar una cuestión que ha pasado de incómoda a dramática.
En el marco comunitario, las discrepancias van desde el cupo de inmigrantes que cada estado miembro debería acoger hasta la solidaridad de quienes sufren menos este problema -en especial, los países más al norte, al menos, hasta la crisis de Calais-. A ello hay se sumar otra nueva variante, surgida de los últimos sucesos en Hungría y Austria con los sirios que huyen de la guerra: la propuesta de diferenciar a refugiados políticos de inmigrantes por razones económicas.
Se trata de una nueva perversión semántica. La situación de un refugiado sirio no es menos penosa que la de un inmigrante eritreo que busca salir de la pobreza absoluta en la que vive su país de origen. El primer ministro italiano, Mateo Renzi, vaticinaba recientemente que la actual crisis obligará a los estados a actuar de manera conjunta cuando la situación se haga insostenible. Y no parece que falte mucho para eso.
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