Opinión

En la cuna del catalanismo actual (IV)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 04 de septiembre de 2015
El escenario quizá más conocido y, desde luego, el de mayor repercusión social fue el de la historiografía, dentro de gran movimiento editorial registrado en la Barcelona del tardofranquismo. Viejos y acendrados hábitos, junto con causas y motivos de la mayor actualidad y vigencia, hacían de él la palestra predilecta para una comunidad que aspiraba y presentía la llegada inmediata de horas graves para la definición de su cercano porvenir. La Historia, aún considerada, esencial y masivamente, al modo ciceroniano y cervantino, magister vitae, concitaba el máximo interés de un público todavía con standares medios de lectura acentuadamente bajos mas en expansión muy esperanzadora. En sintonía con dicha atmósfera, los seminarios y cátedras barceloneses –bien se entiende, empero, que en manera alguna circunscritos a su ámbito, sino como ola extendida por toda la geografía nacional, aunque siempre con epicentro catalán en las temáticas de mayor impacto--- fueron los principales receptores de la revolución historiográfica encarnada por la escuela de los Annales y la New History a comedios de la centuria anterior.

Con precocidad y, sobre todo, con exclusividad menos absorbentemente catalana de lo predicado por neófitos de celo ardiente y ardidos conversos, es lo cierto, sin embargo, que en dicha región descansaron el mayor esfuerzo y asimismo el trabajo más acabado en la incorporación a estos innovadores enfoques historiográficos, que mantienen todavía su dominio aplastante en el despuntar del siglo XXI.

El prestigio que nimbase la figura y gran obra de Jaume Vicens Vives (1910-60), así como la de algunos de sus discípulos más directos como Jordi Nadal y Josep Fontana Lázaro, llevó incluso a la formación de toda una Escuela catalana de Historia, singularmente, en su trayectoria moderna y contemporánea, edificada y difundida en los años del tardofranquismo, tras la muerte, en una clínica lionesa, de su patriarca, en junio de 1960. La influencia de la obra del autor de Ferrán II i la ciutat de Barcelona, 1479-1516 (Barcelona, 1936-7, 3 vols., 426,418 y 508 pp) impregnó por entero la cosmovisión de las jóvenes generaciones de historiadores catalanes, como asimismo del conjunto de su población más comprometido con la forja de la identidad de su solar telúrico una vez desaparecido el régimen dictatorial. Poco después del fallecimiento del historiador acaso de mayor irradiación de todo el periodo de la postguerra y decenios subsiguientes, se produciría otro acontecimiento que acabó de rematar la construcción historiográfica que albergara el despertar y ulterior ahondamiento de una conciencia colectiva catalana, reclamante de un status político-administrativo nacional con ligazón muy estrecha de las reivindicaciones altamente autonómicas y, en muchas ocasiones, independentistas de las épocas de preguerra.