Opinión

No se mata por amor

TRIBUNA

Pepa Echanove | Sábado 05 de septiembre de 2015
Es una canción de los años sesenta, de esas que todos hemos tarareado y que se presta a unos pasos de baile. Pero escuchando bien la letra se me quitaron de pronto las ganas de bailar y apagué la radio: el estribillo se me atragantó. “Hey Joe, where you going with that gun in your hand? / I'm going down to shoot my old lady, you know I caught her messing round with another man”. En lo que va de año la violencia de género se ha cobrado 26 víctimas mortales, además de haber dejado huérfanos a una decena de niños. Solamente 4 de las mujeres asesinadas habían denunciado previamente a su agresor. Estos terribles crímenes nos interpelan sobre la naturaleza de las relaciones humanas, sobre el amor sentimental en particular. Para enfrentarse a este mal que avergüenza a la sociedad española, se evocan a repetición propuestas jurídico-legales como la necesaria mejora de la ley contra la violencia de género y las medidas de protección en favor de las víctimas. La educación a la no-violencia, la igualdad salarial y laboral, las acciones de prevención entre los adolescentes y otras soluciones salen a relucir, teniendo cada una de ellas su importancia. No obstante el problema es mucho más complejo, y todo lo mencionado anteriormente, aun siendo necesario, no será nunca suficiente. Vivimos en una sociedad que desde la mitología clásica hasta los comic manga, pasando por el western hollywoodiano y por la copla andaluza, ha tergiversado el sentido del amor. Hemos mamado desde pequeños esos conceptos y estribillos tendenciosos, altamente tóxicos, que proclaman que ‘no puedo vivir sin ella/él’, que ‘lucharé por tu amor hasta el final’, que ‘sin ti no soy nada’, que ‘si tu me dices ven... lo dejo todo’, que ‘me muero por ti’, que ‘te iré a buscar hasta la eternidad’. Se nos ha condicionado a pensar que el máximo ideal es encontrar una supuestamente encantadora y redentora ‘media naranja’. Pero si leemos con atención, nos damos cuenta de que por detrás de este romanticismo de color rosa se esconde una violencia palpable. Y en una lectura más profunda observamos que no se predica otra cosa que la sumisión, la dependencia o el chantaje, los tres ingredientes que aparecen intramuros de la violencia doméstica, ya sea física o psicológica. No, nadie es feliz en su matrimonio cuando tu marido es el mismo demonio. Me pregunto si no sería hora ya de redefinir la esencia verdadera del amor en lo que contiene de libertad, de respeto mutuo a la integridad y a la identidad del otro. ¿No habría que desmitificar e incluso desacralizar algunos valores o instituciones como el matrimonio, con su no menos estremecedora máxima ‘hasta que la muerte nos separe’? Indudablemente la iglesia tendrá tarde o temprano algo que decir al respecto. El mundo laboral también, puesto que la discriminación que sufren, por ejemplo, las mujeres trabajadoras que acaban de ser madres es también un caldo de cultivo para que se instaure la violencia machista, puesto que las situa en una escala de inferioridad y de vulnerabilidad. Educar sentimentalmente en la no-dependencia, valorar la autonomía y recuperar un cierto individualismo ‘auto-protector’, me parecen tres orientaciones muy sanas que la sociedad debería promover para que en las futuras generaciones no se reproduzcan actos de maltrato. Es misión de todos, hombres y mujeres, cambiar las letras de las canciones, de los versos, y decir alto y claro, que yo no deseo una media naranja, porque yo misma soy una naranja entera y no voy a conformarme con menos; que yo puedo vivir perfectamente sin ti y no te necesito tampoco para pagar mis facturas; que no lucharé por retenerte, simplemente porque no te considero mi pertenencia; que no espero a que me digas ven y que no dejo nada por ti, sino que lo comparto contigo. Ni me muero por tu amor, porque precisamente he aprendido perfectamente a vivir y a respirar fuera de él; como tampoco te buscaré hasta la eternidad, porque la vida es demasiado corta y preciosa y está llena de oportunidades. Por amor no se mata. Ni se pega. Ni se insulta. En el amor simplemente nos conocemos, compartimos, vivimos y, si los dos queremos, bailamos.