POR LIBRE
Joaquín Vila | Domingo 06 de septiembre de 2015
El artículo de Felipe González en “El País”, aunque no aporta argumentos originales al debate sobre el desafío secesionista catalán, ha tenido una gran repercusión por la claridad, la valentía y la oportunidad. La carta “está dirigida a los ciudadanos de Cataluña para que no se dejen arrastrar a una aventura ilegal e irresponsable”. Y advierte de las consecuencias:” fracturar dramáticamente la sociedad catalana, desconectar del resto de España así como de Europa e Iberoamérica”. Nada que no supiera todo el mundo, catalanes incluidos.
El ex presidente del Gobierno se ha limitado a describir con acierto la “vía muerta” en la que entraría Cataluña en caso de independizarse, pero el artículo, además de la colleja que le ha propinado al despistado Pedro Sánchez, ha tenido consecuencias devastadoras entre los pintorescos miembros de “La lista del sí”. Y, enrabietados, han redactado, con la ayuda de Luis Llach y otros conocidos independentistas, otro artículo, publicado este domingo también por “El País”, para insultar a Felipe González, tachándole de haber escrito un “libelo
incendiario”.
Los argumentos esgrimidos por los indignados catalanes tampoco resultan novedosos. Se aferran al eterno victimismo y repiten una docena de veces lo de la democracia de los catalanes y su derecho a decidir. Lo de siempre. Pero hay un párrafo que debería enrojecer hasta al más mentiroso de los redactores del texto. Dice así: “En este nuevo país (se refieren, claro, a la Cataluña independiente) se podrá vivir como español sin ningún problema, mientras que ahora es casi imposible ser catalán en el Estado español”.
Se conoce que ni Artur Mas, ni Junqueras, ni el tal Romeva, ni Luis Llach ni un solo integrante de “La lista del sí” pisan la calle. Ni en Cataluña, ni en el resto de España. Un ejemplo bien sencillo: si a un individuo se le ocurre pasear por Las Ramblas ondeando una bandera española difícilmente llegará de la plaza de Cataluña a la Barceloneta sin ser insultado o agredido. Pero un catalán puede recorrer de punta a punta la Gran Vía madrileña con la senyera al aire sin que nadie le importune. A lo más, alguien podría mirarle burlonamente.
Un ciudadano catalán no puede hablar en español so pena de ser tachado de anticatalán; un comerciante no puede rotular su tienda en español (pero sí en inglés o en chino), porque será duramente multado; los niños, aunque sus padres lo quieran, no tienen derecho a estudiar en español, por lo que su analfabetismo lingüístico e histórico resulta alarmante; los medios de comunicación, casi unánimemente, propagan la doctrina soberanista con más ímpetu que lo hacían los franquistas con su régimen… En Cataluña, declararse español resulta una temeridad. En el resto de España, se puede ser catalán, soberanista incluso, sin que nadie se altere. Lo más, una mueca burlona.
Los pintorescos soberanistas mienten al negar que una Cataluña independiente se arruinaría, saldría del euro, quedaría aislada económica y políticamente. Pero la nueva y cínica mentira del articulito de marras consiste en decir que en Cataluña (“el nuevo país”) “se podrá vivir como español sin ningún problema”. Esa sería la gran sorpresa del “nuevo país”, la gran novedad: la tolerancia de Artur Mas y compañía, que como dicen en su artículo “han amado a España y la siguen amando”. No se han atrevido a añadir lo del “amor imposible”.