Opinión

Niños sirios

MACGUFFIN

Laura Crespo | Domingo 06 de septiembre de 2015

Una imagen vale más que mil palabras. Y más que mil cifras. Por eso, decir que el pequeño Aylan Kurdi es uno de más de 10.000 no es políticamente correcto apenas tres días después de que su foto, yaciendo inerte en la arena de una playa turca, se convirtiera en portada de buena parte de la prensa del Mundo. Pero esa es la realidad. Según datos de Unicef, 10.000 es el número aproximado –imposible ser certero en una situación de guerra, opacidad informativa y caos poblacional- de niños que han muerto en Siria desde el comienzo del conflicto hace cuatro años y medio. La bomba que dinamita una escuela siria –al menos 68 ataques a colegios en 2014 se cobraron la vida de 160 niños, según la ONG- y el naufragio de una barca hinchable frente a la costa de un país distinto, seguro, normal, tienen su origen en el mismo horror, inimaginable para quienes tenemos la suerte de no haberlo tenido cerca, de la guerra. Pero esta vez, el mar ha querido escupir ese horror a las puertas de Europa. Imposible seguir mirando hacia otro lado. ¿O no?

A escala nacional, la instantánea del niño marfileño Adou encogido en el interior de una maleta para cruzar a territorio español apareció en la primera de todos los periódicos en el mes de mayo. La opinión pública se movilizó, la clase política se conmovió y la burocracia funcionó mejor que nunca para –aquí, por suerte, se pudo- llegar a un final feliz. Y desde entonces, otros Adous han tratado de llegar a España en dobles fondos de maleteros, en los recovecos del motor de un coche, hacinados en una barcaza o encaramándose a las concertinas.

La guerra de Siria ha dejado otras, muchas, imágenes horribles, dolorosas, vergonzosas, y la indignación general ha sido tan sonora y enérgica como efímera, rasgo definitorio de la era de la inmediatez y la globalización. La foto de Aylan parece haber imprimido una premura necesaria en los despachos de los líderes europeos. Aún con las otras 9.999 razones para sentir cierta repugnancia por una solución tardía, parece que algo empieza a moverse. Y, sin embargo, mientras se hablaba de cuotas, capacidad de acogida e integración, un tren pasó 24 horas parado en Hungría con cientos de refugiados a bordo, a quienes se ha dado y quitado la esperanza de alcanzar su objetivo en cuestión de horas, siendo precisamente la esperanza lo poco que llevaban encima. Un tren en el que, por cierto, también había niños.