Opinión

Repartir no es producir

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Miércoles 09 de septiembre de 2015

Tras el final de la II Guerra Mundial, la vieja y postrada Europa parecía un asilo de indigentes. En el lado Occidental y gracias al aluvión de millones de dólares del Plan Marshall, se pudieron satisfacer necesidades y erradicar privaciones. Al comenzar la década de los cincuenta, la sensación era alentadora y se palpaban reparaciones y mejoras en escenarios que no hacía mucho fueron dantescos. Fue entonces cuando empezaron a configurarse dos modelos económicos, si no abiertamente contrapuestos, sí claramente diferentes: el laborismo inglés, con una política de fuerte presión fiscal, intervencionista y planificada, en la que se fijan de antemano los limitados recursos y los posibles gastos del ciudadano y con una distribución del producto social entre las clases proletarias; y la economía social de mercado alemana, de reducción de tributos, abstencionista, de creación rápida de riqueza acudiendo a los recursos clásicos: incentivos para el productor, clima de ganancias, ambiente favorable al ahorro y a la capitalización y diferencias sociales. Y lo más curioso es que ambos modelos triunfaban en su propósito: Inglaterra repartía y Alemania producía.

Más de treinta años después aquella contraposición persistía en Europa. Y así, el socialismo español, excesivamente intervencionista y con enorme gasto público ejecutado con finalidad más política que económica, no logró crear aquellos ochocientos mil puestos de trabajo que tanto prometía Felipe González, mientras que la conservadora Margaret Thatcher, como primera Ministra, lograba sacar a Reino Unido de una aguda crisis nacional. También por entonces, el presidente Ronald Reagan consiguió, desde el ideal conservador, rehacer la economía de EE.UU. y convertirla en la locomotora de Occidente. Otra vez un modelo se limitaba a repartir y el otro a producir. De aquellos años es la pregunta ¿quién hace más y mejor política social? ¿Thatcher y Ronald Reagan o Felipe González?

El Gobierno de Rajoy pretende poner en marcha un “proyecto social e inclusivo” de gran envergadura a base de aumentar la inversión pública, extender los servicios públicos y estar al lado de quienes más dificultades tienen, especialmente, los desempleados. Lo social es a la vez un campo muy complejo pero muy humano. Bien está en promover un plan social fecundo en realizaciones, algunas de ellas apremiantes como exigen los tiempos, que ensanche el Estado del bienestar y alcance una mayor igualdad de oportunidades. Pero el Partido Popular no debe olvidar que repartir no es producir. Y que la mejor política social es dotarse de un eficaz programa económico que fomentando la iniciativa privada, alentando el emprendimiento y apoyando el talento, aumente la productividad, fortalezca el tejido empresarial, genere más empleo y cree iguales pero más y mejores oportunidades para todos.

La mejoría económica no es sólo consecuencia de la acción gubernamental. También se debe a aquellas virtudes cívicas de muchos españoles que parecen sencillas y modestas porque son calladas, anónimas, pero que son también heroicas, épicas al guiar la persistencia del esfuerzo cotidiano con esa conciencia inalterable del deber y la responsabilidad. El Gobierno ha de ser sensible al reconocimiento y estímulo de estas virtudes ciudadanas. Y es que un conservador sin sensibilidad social no es un buen conservador y acaba convirtiéndose en un progresista de los que reparten igualdad en abundancia y con gran derroche del erario público.