Resulta curioso, pero mientras unos cuantos ya tienen billete para marchar a Marte en un viaje sin retorno, cientos de miles de personas hacen algo parecido cruzando el viejo continente en un desplazamiento sin garantías de llegar ni de regresar a ninguna parte, o sea, huyen de sus países en un ejercicio de rotación sobre sí mismos a través de este planeta llamado Tierra, que dicho sea debería ser de todos y para todos. Una ligera diferencia, los que huyen al planeta rojo lo hacen conscientes de haber agotado su cota de ideales, salvo la de morir con total ingravidez. Sin embargo, para los estigmatizados por la crueldad de un conflicto como el de Siria o Irak, la cosa ya apunta a mayores, sencillamente son huidos de la guerra y ahora no tienen donde caerse muertos.
Si aquí abajo quedamos los que estamos, nadie me negará que el éxodo de seres humanos, tan mortales como ustedes o como yo, errantes, confundidos, hartos de estar hartos, se hayan decidido a conquistar la parte de mecenazgo que a cada cual corresponde en este único lugar del espacio terrenal. Esta diáspora parece no tener cabida en ninguna ley sobre extranjería ni en el cierre de fronteras, ahora mismo las trompetas de Jericó acaban de echar abajo las murallas de la indiferencia y permiten el libre paso a miles y miles de seres humanos que pronto serán millones, estos últimos vendrán alentados por aquellos que han abierto el camino demostrando poder sobrevivir sin ahogarse en el salitre de la deriva.
Habrá quien diga que se trata de un fenómeno pasajero, otros que una vez acomodados, distribuidos o realojados será un asunto resuelto; permitan que les diga no a todos ellos, que esta vez no va a ser así y que este es el principio de una nueva hegemonía colonial. Aquí la voluntad del apátrida ha impuesto su particular manera de huir y su empeño en seguir viviendo lejos de una de esas perversas, infieles, consentidas e incluso hasta financiadas y desastrosas guerras.
Ahora bien, algo subyace en toda esta homérica aventura cuando todos los que huyen de Siria o Irak, lo hacen en la misma dirección, o sea, Europa. Y créanme, este destino no es el camino más corto para llegar a una tierra de pan y cobijo. Resulta cuanto menos curioso y bastante chocante que ningún país limítrofe o en proximidad del entorno musulmán, digamos Qatar, Emiratos Árabes, Arabia Saudí, Kuwait, Bahrain o Baréin, incluso el propio Irán de los nuevos tiempos, no hayan movido músculo alguno de acogida.
Mientras tanto, y en lo políticamente correcto, un fiasco, pues una sola Unión Europea, pero con 28 diferentes modos de amparar a los refugiados. Quizás porque no se tenga una clara idea política de resolver el problema o porque les asusta que esta eclosión humana venga a romper las preeminencias que cada país guarda para sí como señas de propia identidad, lo cierto es que algunos estados miembros tratan de ser más rigurosos o selectivos a la hora de la acogida. Todo ello es fiel reflejo de esta Europa de los contrastes a pesar de la moneda única y otras falsas deidades, ya saben, somos una unión, pero con dos velocidades e incluso con marcha atrás y sin frenos en algunos casos. De tal manera que en esta enorme hecatombe miles de seres humanos hambrientos, sedientos y desfallecidos han tenido ocasión de contemplar atónitos como Hungría los recibía con barreras de alambre de espino levantadas con la urgencia del miedo escénico, mientras que Austria les abría sus puertas de acogida con un talante de digno proceder humanitario y como antesala de una Alemania convertida en la tierra prometida del conflicto.
Ahora bien, si la infinita crueldad en contemplar la imagen de un niño sirio muerto en la orilla turca ha sido detonante, de vergüenza ajena nos debemos por la tardía y escasa reacción solidaria al olvidarnos de los otros 12.000 niños víctimas que hasta el momento se ha cobrado este genocidio sistemático que se libra desde hace cuatro largos años en Siria. A lo mejor lo que hay que hacer es acabar con esta asquerosa guerra de exterminio y que cada cual viva en el origen de sus propios anhelos.
En fin, en toda esta zozobra humana lo peor es acostumbrarse a la cifras, a las guerras, a las muertes y a dar por hecho que siempre es cosa de otros, pero les advierto que cada vez tenemos más cerca el Oriente Próximo, el Medio e incluso hasta el Lejano. La cosa está cambiando mucho y a gran velocidad, por eso hay que tener cuidado, mucho cuidado, pues una cosa es la solidaria manera de ayudar al necesitado (no olvidemos que el asilo es un derecho internacional) y otra muy diferente es hacer tabla rasa en beneficio de quienes puedan aprovechar este agujero negro para colarse y convertir a Europa en un perfecto estado de la perfidia.