“Dolor: Estado de ánimo ingrato, que puede tener una base física, o ser puramente mental y causado por la felicidad ajena.” (Ambrose Bierce, El diccionario del diablo)
Les propongo hoy el siguiente experimento mental (thought experiment). De estos pares de -hipotéticas- personas, ¿quién sufre más?:
Una persona con sobrepeso o una persona con un cuerpo ‘precioso’.
Una persona con poco dinero o una con más que suficiente.
Una persona que apenas puede comprar cosas o una que puede comprar muchas.
Una persona que lo tiene ‘todo’ o una que no tiene ‘casi nada’.
Una persona triunfadora o una persona que no ha tenido éxito.
La mayoría de las personas comprendemos el sufrimiento derivado de la escasez, de la enfermedad o de la tragedia pero no terminamos de asimilar el que surge de todo lo contrario: de la dicha, de la abundancia o de la salud aunque, ¿quién no lo sufre en sus carnes?
Cuando uno conoce de cerca a alguien que está pasando por una desgracia, rápidamente se solidariza e intenta consolarla. Casi todos nos permitimos compartir o llorar el dolor de una pérdida y entendemos porqué intentamos evitar que la adversidad pase por nuestras vidas: porque es evidente que nos hace daño pero, ¿cómo es posible que una persona que lo tiene ‘todo’ pueda experimentar angustia, agonía o malestar?
Los seres humanos, por suerte o por desgracia, estamos todos en el mismo barco y mientras tengamos un cuerpo y una mente excitables, seguiremos sufriendo por los siglos de los siglos. Los budistas dicen que tanto la aversión (a lo malo) como el apego (a lo bueno) nos hacen sufrir. Por una parte queremos que lo malo desaparezca lo antes posible porque tiene consecuencias biológicas desagradables (esto es comprensible), pero también queremos que lo bueno dure para siempre sin comprender que la avidez y el anhelo también originan sufrimiento. Por miedo a perder lo que tenemos, por codicia, por inconformismo, por temor a ser inferiores, a ser rechazados, a vivir en la escasez, a ser expulsados o a lo desconocido, estoy seguro de que hay millones de motivos por los que deseamos que lo bueno permanezca con nosotros el mayor tiempo posible, aunque mi intención en este caso no es tanto juzgar o cuantificar el sufrimiento como reconocer su origen para así poder comprenderlo y minimizarlo.
El sufrimiento derivado de la abundancia también explica el crecimiento exponencial de uno de nuestros peores enemigos: la depresión. Se diría que una persona que vive en la prosperidad no tiene derecho a quejarse, ni a llorar, ni a sufrir. La sociedad no termina de entender cómo es posible que alguien ‘sufra’ por no ser tan atractivo como cuando tenía 20 años, o por no haber ganado más millones el último año. El abatimiento provocado porque sus hijos no hayan sacado matrícula de honor o porque sus clientes le hagan cada vez menos caso parece irracional y frívolo, “¿cómo le voy a decir a mis amigos que estoy fastidiado porque no me han lacado bien el mueble del baño o porque no me han subido el sueldo de 50 a 75 mil euros? ¿Acaso tengo derecho a quejarme?” El sufrimiento es universal y no existe una escala que pueda cuantificarlo ni compararlo de manera objetiva. Seguro que es políticamente incorrecto decir que sufre igual una persona recién desahuciada que un rico a quien acaban de estafar 10 millones de euros. Resulta extraño llegar a pensar que una persona en silla de ruedas pueda sufrir igual que una ‘celebrity’ que se lamenta porque le han salido arrugas. Decir que un pobre mendigo puede pasar por sensaciones biológicas parecidas a las que experimenta un político procesado por corrupción parece obsceno, pero los dos sufren por igual. Y cuando digo que “sufren por igual” quiero decir que las dos sufren y punto; el dolor es dolor, personal, intransferible y no se puede comparar, ya que hacerlo sería como intentar cuantificar la felicidad o la alegría, que, mucha o poca, siempre es relativa y subjetiva, aunque también valorada públicamente.
Estoy convencido de que los refugiados sufren mucho, sin embargo también lo estoy de que una persona hastiada en su trabajo también sufre, y mucho. Los papás con un hijo con problemas de corazón sufren, pero también los que ven cómo su hijo no llega al Real Madrid de fútbol o al Conservatorio Nacional de Música. Mi padre sufre mucho con sus problemas pulmonares, pero también yo sufro por la erosión de mis rodillas. ¿Se puede comparar y juzgar?, públicamente sí, pero personalmente…no lo creo. Todos sufrimos, pobres y ricos, sanos y enfermos, guapos y feos, y si existe alguna diferencia es que a unos se les permite sufrir y a otros no, unos entienden lo que les pasa y otros no entienden nada en absoluto, unos son desgraciados públicos y otros incomprendidos anónimos.
“Es preferible una verdadera tristeza que una falsa alegría. Es preferible un amor entristecido que un odio alegre”. André Comte-Sponville
NOTA. El principio de la solución es la identificación y aceptación del problema, el siguiente paso es trabajar y practicar una técnica que les ayude a salir del bucle de excitación en el que se encuentra atrapada su mente. Yo les recomiendo la meditación pero estoy seguro de que cada uno encontrará su propia solución, si quiere.