Los Lunes de El Imparcial

Jean-Paul Didierlaurent: El lector del tren de las 6.27

NOVELA

Domingo 13 de septiembre de 2015
Traducción de Adolfo García Ortega. Seix Barral, 2015. 196 páginas. 17,50 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Pepa Echanove


La primera novela del autor francés Jean-Paul Didierlaurent (Les Vosges, 1962) ha supuesto todo un éxito editorial al otro lado de los Pirineos. Y no es de extrañar, puesto que El lector del tren de las 6.27, recientemente traducida al castellano por Adolfo García Ortega, trata precisamente de libros, de lectura y de escritura, siendo uno de los géneros preferidos por la crítica y quizá también el que más empatía despierta entre los lectores.Todo queda en casa, y no tiraremos piedras contra nuestro propio tejado. ¿A quién no le gusta leer sobre lo que otro está leyendo, o leer accidentalmente lo que otra persona ha escrito, y sumergirse en una especie de voyeurismo literario apasionante, contagioso y cotilla?

Segundo ingrediente que asegura la adhesión del lector desde las primeras páginas del libro: los personajes de esta historia poseen una simplicidad y una humanidad que los hace especialmente admirables en su fragilidad y envidiables en su irrelevancia. Su heroicidad no es otra que la pasión por la lectura, representada por el protagonista Guibrando Viñol, y por la escritura, representada por su álter ego femenino, Julie. A ellos se suman otros personajes secundarios que van dando forma a la historia. Todos tienen en común el hecho de que han trascendido y subliminado su existencia gracias a, por o para la lectura. No ser ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Solo una vaga silueta entrevista en el borde del campo de visión. Fundirse con el paisaje hasta negarse a sí mismo y limitarse a ser un lugar ajeno nunca visitado”, con estas palabras se define el propio Guibrando. Antihéroe por excelencia, este hombre arrastra una vida gris, solitaria y monótona, empleado en una trituradora de libros bautizada como la Cosa, y se confiesa un poco en el límite inferior de la curva, por así decirlo, en todos los terrenos”, con una lucidez y una humildad poco habituales.

Sin embargo consigue cautivar a los viajeros del tren en el que se improvisa lector de un día, y más tarde a los huéspedes de la residencia de ancianos donde acude los sábados por la mañana con sus folios y sus libros rescatados de la máquina devoradora que, valga la redundancia, le da de comer. Julie, por su parte, representa la escritura y, como Guibrando, es también hija del “mundo inferior”. Digamos que Julie es una cenicienta moderna sin pelos en la lengua: “Se supone que los que trabajamos en cualquier váter público no vamos a estar aporreando el teclado de un portátil para escribir un diario... De una señora de los lavabos se espera que limpie, no que escriba”. Y será justamente su diario, manuscrito olvidado y después encontrado en el tren bajo la forma de pendrive, el que suscitará el interés desaforado de Guibrando y terminará uniéndoles al final de esta historia, porque la lectura no puede existir sin la escritura y viceversa.