Anagrama. Barcelona, 2015. 632 páginas. 24,90 €. Libro electrónico: 14,90 €. Sin demagogia pero con contundencia, el escritor argentino denuncia que millones y millones de seres humanos mueren hoy de hambre. Un ensayo incómodo y necesario.
Por Rafael Narbona
¿Cuál es la causa del hambre? Según los grandes expertos, las sequías, el cambio climático, la deforestación, la erosión, la salinización, la desertificación, las guerras, las crisis migratorias, las deficientes infraestructuras agrarias, la corrupción política. Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) estima que estas explicaciones son insuficientes y deliberadamente falsas, pues encubren una inaceptable realidad: “El fracaso de una civilización, el fracaso insistente, brutal, desvergonzado de una civilización” que rebaja a millones de seres humanos a la condición de “desechables”. Para una economía globalizada, sin otra motivación que el beneficio, los hambrientos son simples “desperdicios”. Las causas del hambre no son de carácter climático, sino de naturaleza escandalosamente política. Caparrós rescata las implacables palabras de Jean Ziegler, exrelator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación: “La destrucción, cada año, de decenas de millones de hombres, de mujeres y de niños por el hambre constituye el escándalo de nuestro siglo. Cada cinco segundos un niño de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un niño que se muere de hambre es un niño asesinado”. Caparrós apunta que a diario mueren 25.000 personas por causas relacionadas con el hambre. Si el lector emplea ocho horas en leer su minucioso y fluido ensayo, durante ese tiempo habrán perdido la vida 8.000 personas. Si alguien tarda en leer esta reseña dos minutos, en ese lapso habrán muerto 40 personas. Son cifras hirientes, vergonzosas, inadmisibles.
Si el cuerpo no consigue las 2.200 calorías diarias que necesita, comienza a consumir sus propias reservas de grasa y azúcar, lo cual provoca pérdida de peso, deterioro del sistema inmunitario, infecciones de todo tipo, destrucción de la masa muscular, aletargamiento, dolor insoportable, confusión, alucinaciones y, finalmente, la muerte. Cerca de 2.000 millones de seres humanos sufren lo que se llama “inseguridad alimentaria”, lo cual significa que están malnutridos. Una dieta pobre en vitaminas y minerales afecta al desarrollo físico y mental, recortando dramáticamente la esperanza de vida. Uno de cada siete niños nigerinos muere antes de cumplir los cinco años. En los países ricos solo uno de cada 150. La alternativa no es comer carne. Una persona que come carne se apropia de recursos -calorías vegetales, agua, suelo- con los que se podría alimentar a cinco o diez.
Caparrós airea los datos de la desigualdad. Según Oxfam, el 46% de la riqueza del mundo está en manos de un 1%. 70 millones de personas acumulan los mismos recursos que los 7.000 millones que componen la población mundial. Investigaciones del FMI apuntan que la desigualdad retarda el crecimiento económico, propicia las crisis financieras y debilita seriamente la demanda. Sin embargo, se recortan los subsidios y las ayudas al Tercer Mundo, mientras se bajan los impuestos a los más ricos. Entre 1992 y 2014, la presión fiscal norteamericana ha bajado del 29% al 21%, beneficiando especialmente a las rentas más altas. En 2008, la FAO calculó que con 180.000 millones de dólares se resolvería el problema del hambre. La crisis hizo que las partidas presupuestarias de carácter humanitario se desplomaran, pero los países ricos no escatimaron 3 billones de dólares para rescatar a los bancos. Al mismo, tiempo se destruyen toneladas de alimentos. Las naciones y los particulares. Solo en Buenos Aires se arrojan a la basura 250 toneladas de alimentos por día, el equivalente a 550.000 raciones de comida.
El norteamericano Robert McNamara, expresidente del Banco Mundial, declaró que “la pobreza extrema es una condición de vida tan limitada que impide la realización del potencial de los genes con los que uno nació; es una condición de vida tan degradante que insulta a la dignidad humana -y aún así una condición de vida tan común que constituye la suerte del 40% de los pueblos de los países en desarrollo. ¿Y no somos nosotros los que toleramos esta pobreza, aunque está en nuestro poder reducir el número de los afectados, negándonos a cumplir con las obligaciones fundamentales aceptadas por los hombres civilizados desde el principio de los tiempos?”.
No son las declaraciones de un radical, sino de un político que conoce la realidad y sabe que su país dedica 1.760 millones diarios al presupuesto de Defensa. Esa cantidad supera lo que se necesitaría para proporcionar dos dólares a los 800 millones de hambrientos, cuyas vidas bordean la muerte. Al mismo tiempo, Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Arabia Saudí y otros países compran las tierras más fértiles de los países más pobres. Su objetivo es garantizar la alimentación de sus poblaciones o especular con el precio de los alimentos. Cuatro millones de hectáreas sudanesas ya están en manos de naciones extranjeras o bancos de Wall Street. Caparrós no cree en las revoluciones políticas, pues no ignora que la estrategia de la violencia desemboca en tiranías corruptas.
La alternativa es la creación de un nuevo paradigma cultural, de un proyecto que trascienda las exigencias de seguridad, sexualidad y longevidad, alumbrando una transformación donde la solidaridad, la justicia y la libertad se conviertan en los valores dominantes. Vivimos una época difícil, huérfana de proyectos, pero no debemos ser pesimistas. Es posible otro mundo. Eso sí, nunca se materializará sin una inquietud universal, sin una revolución moral. En definitiva, hay que darle la vuelta a la historia.
El ensayo de Caparrós es incisivo, descarnado, a ratos rabioso, siempre riguroso. Nunca cae en la demagogia, pero libera su indignación cuando evoca los estragos del hambre y el subdesarrollo. No se limita al análisis teórico. Caparrós ha viajado por India y África. Ha hablado con niños que trabajan en basureros o mueren lentamente, mientras los señores de la guerra o las grandes corporaciones juegan con sus vidas, sin otra preocupación que ampliar su parcela de poder. Se ha entrevistado con mujeres, ancianos, moribundos. La mayoría se expresan con fatalidad y pesimismo. Algunos hablan de la voluntad de Dios, otros escatiman las palabras. No se aprecia ira, pero la inesperada aparición de ISIS es un trágico ejemplo de los giros que puede experimentar la historia, cuando a los seres humanos no se les ofrece la oportunidad de vivir dignamente. El Hambre es un ensayo lúcido, fresco, incómodo, necesario. No debería dejar de leerlo nadie con el deseo de comprender un mundo que necesita grandes cambios. No hay seres humanos desechables, sino modelos sociales fallidos, injustos y peligrosamente desestabilizadores.