TRIBUNA
Juan José Vijuesca | Miércoles 16 de septiembre de 2015
La vaca lechera autóctona, como animal de compañía, está en un sinvivir. En realidad lleva años que está hasta las ubres. Desde que entró en Bruselas lo cierto es que no levanta cabeza y no es para menos. Nada nuevo al día de hoy, salvo que los ganaderos han organizado una tractorada de cuneta y carretera que ya quisieran muchos salones internacionales una exposición con tanta categoría.
El cabreo viene por lo que viene y desde que Bruselas decidiera acabar con el sistema de cuotas lácteas, los precios son de risa, por eso y por otras cosas que más adelante sacaré a relucir, pues eso, que nada de extraño tiene que la vaca pase más tiempo viendo el Club de la Comedia que en los prados, por ejemplo en los de Galicia, una de las comunidades peor paradas donde apañar un litro de leche cuesta 0,30 céntimos y venderlo supone cobrar entre 0,18 y 0,22 céntimos de euro según la calidad del producto, y claro, los ganaderos están que trinan porque reciben “leches” por todas partes (valga el eufemismo). De manera que todo el empeño es poco para solventar una crisis que cada vez se ve más agraviada por los enormes excedentes y la guerra de precios del mercado. Para rematar la faena, las industrias lácteas se dedican a traer la leche de países del norte de Europa porque les sale más barata; de manera que vayan ustedes a saber a quienes nos estaremos bebiendo con tanta vaca foránea. Pero una cosa está clara, el gran beneficio no está reservado para los productores, sino para la industria y la distribución de tantas variedades y derivados de una misma leche como podamos imaginar.
Pues bien, como todo son alegrías para el sector, ahora resulta que la vaca, según un estudio del doctor Eric A. Davidson, de Massachusetts, contamina más que los transportes y de ahí que una de las soluciones al cambio climático sea el de comer la mitad de carne y hacer desaparecer el ganado vacuno. Y claro, yo no es que dude de la capacidad investigadora de un profesional en la materia, pero imaginen que después del destete ya no existiera nada. Miedo y desgracia acecha a la humanidad, entonces. Pero volviendo a las teorías científicas, éstas redundan en que el estiércol produce tal cantidad de una sustancia llamada gregomalina que, junto a los efluvios de los propios gases despachados por estos animales, serían sin duda los causantes de nuestros males atmosféricos.
No digo que en cuanto al olor que se desprende de tanta molicie intestinal que dicha raza animal se gasta, sea un recreo nasal, pero de ahí a echarle la culpa del asunto me parece una solemne estupidez. Hombre, puestos a teorizar, doctor Davidson, entonces suprimamos la fabada asturiana como alimento impulsor del gas metano en un tercio de la población; pero eso sí, atrévase usted a sugerirlo o llevarlo a la práctica. Le advierto que el intestino delgado de cada cual es algo muy personal, incluido el de la población bovina. Y no siendo suficiente esta primera exposición del estudio, como antes señalé, el referido investigador advierte que de aquí al año 2050 el consumo de carne tendrá que disminuir en un 50 por ciento si queremos mantener expectativas de vida superior en un planeta que cada día se hace más insostenible por culpa del medio ambiente.
Ahora bien, supongo que alguien le habrá advertido a esta obra de laboratorio, que en el planeta existen millones de personas que se ven privadas del consumo de carne y de leche, y no tanto por el efecto invernadero, sino por el índice de pobreza que guardan sus bolsillos o la carencias propias de los lugares en que habitan; luego se hace difícil de entender las expectativas que la ciencia establece para este mundo en desarrollo cuando otra gran parte terrenal ignora lo que es un filete de ternera o un tazón de leche. Y para colmo de desgracias, algunos economistas especializados en agricultura consideran que el precio de la carne se va a incrementar de manera considerable; luego el consumo caerá y con ello la desaparición de la raza vacuna.
En fin, no queda otra, yo animaría a los ganaderos a dejar los tractores y desplazar a Bruselas a toda la cabaña de vacas lecheras de España, según el censo unas 868.000 aproximadamente, y una vez allí que todas ellas hicieran un depósito de su mejor bosta a modo de credenciales; de lo contrario, y a no tardar en demasía, será tan difícil ver un ejemplar de esta especie bovina como lo es ahora el divisar a un lince ibérico. Mientras tanto no queda otra que llorar por la leche derramada.
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