Suárez y Florenzi cerraron las tablas en un duelo de estilos imponente. Por Diego García
El vigente campeón del viejo continente volvía a escena quizá en una tesitura de especial regusto. El Olímpico de Roma, coliseo que asistió a uno de los picos icónicos de la carrera de Leo Messi -el impecable testarazo que decidió la tercera Liga de Campeones
blaugrana-, acogía este miércoles el partido centenario del genio
argento en la competición de clubes más ilustre de este deporte. Influido por dicha efeméride y por el gusto por el buen trato del cuero que identifica a ambos contendientes, se desplegaba un evento digno de degustación sosegada. Sin nubes ni trabas en el horizonte para el buen desarrollo del balompié estético en el estreno del Barça.
Rudi García, entrenador francés empeñado en alzar de sus cenizas a la maltrecha
squadra romana, sufría en el diseño de la hoja de ruta la baja de su creador principal, Mladen Pjanic, aquejado de una lesión en el gemelo. Concibió el técnico francés la necesidad de usar el
pliegue táctico -que olvida la posesión y se dispara al frenesí en transición- para trabar las líneas de pase centrales catalanas y dispuso una medular de brega con De Rossi, Nainggolan y Keita, secundados por la frenética velocidad de Salah y Falqué en los extremos y la referencia incómoda de Dzeko. La altura de los laterales Florenzi y Digne, dotados de capacidad ofensiva, marcaría la ambición de los italianos. De nuevo quedaría supeditado el porvenir de los
giallorossi a la consistencia de sus zagueros y del orden táctico para volar en transición. La leyenda
Totti y los venenosos extremos Iturbe y Gervinho, básicos en la temporada pretérita, quedaban esperando acontecimientos en el banquillo.
Luis Enrique, que regresaba al club que le vio nacer a altura internacional, no hubo de efectuar reconstrucción alguna. Tan sólo incluyó a
Mathieu en el centro de la retaguardia, junto a Piqué, y repitió con Sergi Roberto en el carril derecho –por el lesionado Dani Alves-. Así, el centro del campo conformado por
Rakitic, Iniesta y Busquets habría de
imponer el estilo combinativo y afanarse en realizar una vigilancia efectiva de las contras rivales. El tridente se alineaba impoluto en pos de la conquista de otro territorio inexplorado. Los niveles de presión, intensidad y la velocidad azulgranas marcarían el devenir del choque, claramente decantando en el apartado del favoritismo para los españoles. Aún así, la exigencia de compromiso en las labores menos luminosas permanecía vigente.
No tardó el enfrentamiento en exponen su esencia:
dos ideas antagónicas pugnarían por prevalecer. La primera, de achique abnegado y espera al momento oportuno para pinchar en velocidad, fue adoptada por el púgil transalpino y la segunda, de dominio del tempo y la propuesta a través de la posesión, recayó en la atribución visitante. De hecho, en los primeros diez minutos se delinearon los planteamientos con contragolpes susurrados con
Salah como referente y combinaciones en cancha ajena de un Barça vertical que confluían en llegadas.
Messi abrió fuego con un lanzamiento que lamió la cruceta en el 3,
Suárez prolongaba el argumento en el 10 al rematar sin consecuencias un saque de esquina y la
Pulga enviaba arriba una fluida combinación en el 11.
La Roma, apostada en el repliegue, tragaba de no conceder espacios a un Barça que buscaba la asociación milimétrica para entrar bien por el centro, bien por la banda. Se desarrollaba una
contienda de ayudas por la superioridad en el centro del campo. Alba y Sergi Roberto estaban incluidos en la fórmula con Messi y Neymar escalonados en el carril central. De Rossi se multiplicaba en el apoyo al cierre del último pase y las interrupciones salpicaban el dominio catalán.
Recogería cosecha a la aceleración el bloque de Luis Enrique, eficaz en la recuperación y vigilancia de Dzeko –con Busquets en continuo apoyo a los centrales-, a través del desmarque y desborde de
Rakitic. Recibió el croata en el lateral derecho, apuró su conducción hasta la línea de fondo y puso un fino envío al segundo poste para encontrar la cabeza de
Suárez, que permanecía guarecida en el segundo poste, para
abrir el marcador en el minuto 20. El campeón español había mostrado su jerarquía.
Los de Rudy García no mutaron el rictus ni su papel en la conversación. Mantenían el pentagrama de repliegue y salida sin descomponer la figura mientras que el Barça se tornaba horizontal, siempre en cancha ajena, con el fin de respirar y anestesiar el ritmo. No resultó inconexo el envío a la espalda de la zaga romana que Suárez cazó para ser derribado por Sczesny, en un
penalti fronterizo no señalado. Se relamía el Barça en su monopolio del guión, controlando todas las facetas del juego -que incluían el ahogamiento de la salida de la Roma, que no conseguía trazar contras debido a la subida de la zaga
blaugrana y la presión tras pérdida que abortaba el primer pase de la transición-. Pero el fresco icono de la grada romanista,
Florenzi, reconvertido en lateral y chico de la casa, ideó un salto de línea que descolocó a propios y extraños. Condujo, rodeado de contrarios, atravesando el ecuador del campo para dibujar un lanzamiento a puerta que desnudó a un Ter Stegen muy adelantado y completó una bella pintura. Pagaba de nuevo el meta alemán y, por extensión, el Barça, en un
golpe de talento descontextualizado que empataba el partido en el 30.
Reaccionó al contratiempo el Barcelona con un juego más deslavazado.
Messi asumió la responsabilidad obviando el sentido colectivo del juego. Culminó una acción individual abriendo la orientación de su enfoque y chutando arriba desde 25 metros; envió a las nubes una falta desde larga distancia en el 36; y apuró un escorzó que explotó a Digne para ganar línea de fondo y tirar, sin ángulo, un envío que tapó
Sczesny en el primer poste -minuto 38-. Y hasta esta altura llegó la producción de un Barça contrariado. Hasta el entretiempo la Roma ganó metros y confianza para sellar un tramo final más ambicioso, que confluyó en el chut de
Nainggolan que
sacó Ter Stegen con una soberbia reacción y la exuberante carrera de
Salah -que ganó a Alba y Mathieu en vuelo- para cazar el pelotazo y chutar a las nubes. Falló la vigilancia del centro del campo y la presión tras pérdida, y la coyuntura dio alas a la contra romana, infeliz por llegar al descanso ante el
shock rival.
La estadística mostraba el dominio de la situación catalana (
75 a 24% en posesión, 8 a 3 en intentos y un balance de ocho faltas sufridas por una cometida). Por el contrario, el duelo arrancaba empatado en la reanudación en pleno descenso de decibelios del colectivo español.
Sin cambio de nombres, sí se modificó la actitud barcelonesa. Volvía a reclamar y cosechar el monopolio del tempo un Barça de voluntad renovada que
Messi no culminó en el segundo gol porque su disparo, precedido de una circulación sobresaliente, salió al centro. Pero el avance de líneas y convencimiento visitante quedó cortado de manera abrupta por dos interrupciones que modificaron el tono del envite. La primera sacó del campo a
Sczesny por lesión en el 48 y la segunda, de mayor gravedad, inhabilitó la modificación ideada por Luis Enrique.
Rafinha, que entró por Rakitic para devolver a Lionel a la cal y abrir el campo en pos de pasillos que dañaran la comodidad del repliegue
romanista, sufrió un infortunio –tras la escaramuza de Nainggolan- que le dañó la rodilla y envió a la enfermería. Mascherano entró en la receta para reforzar la medular y soltar a los artistas en el 65.
Se desplegó, entonces, un
inérvalo de incertidumbre que encontró al Barça tratando de recuperar la posesión en cancha rival y a la Roma cobijada y trazando contragolpes que, esta vez sí, conducían a remates que buscaban portería. De este modo se abrieron los espacios al tiempo que el Barcelona ganaba peso y valentía en busca de los tres puntos y se desataba la tormenta de ocasiones:
Florenzi probó suerte en conducción y remate muy desviado; respondió
Neymar con desequilibrio individual y chut despejado a saque de esquina en el 76;
Messi elevó su figura para subrayar una volea -que embelleció una jugada trompicada- y encontrar el larguero con De Sanctis inmóvil (minuto 77);
Falqué dio la réplica el chutar muy desviada una contra clara; e
Iniesta cerraba la apoteosis ofensiva realizando un número de baile sobre la línea de fondo que zanjó con un remate, sin ángulo, que tapó el meta italiano.
El partido y la confrontación de estilos quedaban abiertos en canal en el epílogo del debut continental. La pelota era
blaugrana y la impronta posicional se extendía encajonando a la Roma. Buscó Rudy García el aire y la amenaza incluyendo a
Iturbe (por un Falqué vacío) y apuntaló la zaga sentando al lesionado Florenzi (más eficaz de lo esperado en labores de cierre) por el músculo de
Torosidis. Y consiguió matizar el paisaje con salidas romanas que contemporizaban el esfuerzo y la capacidad agonística. No en vano, Dzeko aprovechó una de esas contras postreras para rematar a las manos de Ter Stegen en el 87 y el movimiento surtió efecto: el
Barça se desdibujó en su elaboración y el subcampeón del
calcio conseguía arañar segundos al desgaste con esbozos de estiramiento colectivo.
El asedio final sólo contó con dos opciones claras:
Alba ganó la espalda a la arrinconada zaga -previo pase excelso de Messi- y superó la salida de De Sanctis, pero la defensa sacó bajo palos el intento y
Sergi Roberto efectuó el último chut, desde larga distancia, para la cómoda parada del ex guardameta del Sevilla.
La Roma nadó y consiguió llegar a la orilla exigiendo precisión y sublimación del paradigma al Barça. Los de Luis Enrique quedaron sin trofeo en base al descenso de eficacia en los intentos, la anulación posicional de Luis Suárez y Neymar y la desconexión que provocó el respingo
romanista, que ganó en tranquilidad y convicción gracias a las salidas que fructificaron en llegadas. No consiguió el bloque catalán ahogar las soluciones locales, hincar el diente a laterales de perfil atacante y rematar una ofensiva obcecada en el rol generador de Messi (en arista individualista en la definición) y adoleciendo de circulaciones fluidas. Gran partido de fútbol, que no contó con la estela de Totti, que reparte los primeros puntos del torneo y deja un sabor agridulce a los campeones. La potencia física admitió parangón a la exquisitez técnica (75% de posesión y 8 a 16 en disparos al final de la batalla).
Ficha técnica:
Roma: Sczesny (De Sanctis, min. 50); Rudiger, Florenzi (Torosidis, min. 85), Manolas, Digne; De Rossi, Nainggolan, Keita; Salah, Dzeko y Iago Falque (Iturbe, min. 81)
Barcelona: Ter Stegen; Piqué, Mathieu, Jordi Alba, Sergi Roberto; Busquets, Rakitic (Rafinha, min.61)(Mascherano, min. 65) Iniesta; Messi, Suárez y Neymar
Goles: 0-1, minuto 20: Suárez; 1-1, minuto 30: Florenzi.
Árbitro: Björn Kuipers (NED). Amonestó a Nainggolan y Piqué.
Incidencias: 66.389 espectadores en el partido de la primera jornada del grupo E de la Liga de Campeones disputado en el estadio Olímpico.