Opinión

La política como profesión

TRIBUNA

Enrique Arnaldo | Jueves 17 de septiembre de 2015
El ejercicio de la política como profesión, como si fueran titulados en dicha ciencia igual que los médicos o abogados en las suyas, ha sido sometido a un constante vitupendio. Y no solamente en épocas recientes a través de los opinadores o tertulianos, que se han autoerigido en los intelectuales contemporáneos (también, por cierto, sin título alguno).

Max Weber escribió en 1919 una obra a la que dio precisamente el título de “La política como profesión”, en la que dice más o menos que quien se mete en política “ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produce el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario”. Aunque no se refiere a los políticos profesionales sino a los docs de Oxford, parece ciertamente inspirado en el (este sí) intelectual germano nuestro preclaro Javier Marías cuando escribe en “Todas las almas” que “quien no sea maldiciente o por lo menos malicioso lleva allí una existencia tan marginal y desacreditada…” que mejor dedicarse a otra actividad.

Mario Vargas Llosa, que salió escaldado de su candidatura a la presidencia del Perú en 1990 que se la ganó por goleada el “chino Fujimori, tuvo que liberar su conciencia y escribir unas espléndidas memorias con el título de “El pez en el agua” (aunque no lleva el subtítulo de “el escritor a sus libros” o “el zapatero a sus zapatos”) en donde expresa brillantemente su deprimente descubrimiento: “La política real tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación: Está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho calculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional, sea de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad, es el poder, llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes”.

Claro está que lo escribe tras aprender la lección de las mezquindades políticas y de las partidistas. Quizás las podía vislumbrar, él que tiene esa genial inspiración y esa desbordante imaginación y que habría tenido sus veleidades juveniles-universitarias en grupúsculos de la izquierda peruana.

El descrédito de la política, de la clase política y de los políticos ha alcanzado una magnitud insoportable para la propia subsistencia de la democracia en la forma ideal en que la interpretamos. La profesionalización de la política ha acentuado los males y desviaciones que a la misma se achacan, de forma que se ha organizado una casta exclusiva y excluyente que vive y se reproduce endogámicamente al pairo de sus propias preocupaciones y dislates, conforme a su propio ritmo de baile.

La primera pregunta es si cabe concebir la actividad política o la dedicación política de otra manera o en régimen de dedicación parcial o temporal, lo que creo que sí es probable al menos para el ámbito local y regional. Y la segunda pregunta es si cabe establecer unos mínimos requisitos para asumir cargos políticos, más allá de tener 18 años (que es lo único que se requiere). Y la respuesta es también afirmativa, si bien deberían ser los propios partidos los que los fijaran a fin de acreditar méritos y capacidades suficientes (además de leer y escribir y de saber aplaudir).

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