Germán Ubillos | Sábado 19 de septiembre de 2015
Durante estos últimos días estamos asistiendo desde la prensa y sobre todo desde la televisión a reportajes sobrecogedores acerca de esa masa humana de desarrapados que circula zigzagueante por Europa central hacia su destino soñado que es Alemania y zonas limítrofes.
Son hombres, mujeres y niños que huyen despavoridos de sus países de origen habiendo abandonado sus casas y enseres fundamentales, para que no les cortaran las cabezas delante de sus familiares más íntimos, más pequeños.
Huyen por problemas políticos, de raza, de religión, de nacionalidad o por pertenecer a un grupo social. Los que perdidos no enferman o mueren por los caminos, son encarcelados en unos pequeños campos de concentración, construidos a gran velocidad por los países opulentos por donde transitan, muchos hambrientos, otros a través de líneas férreas abandonadas en un intento de no encontrarse con la policía ni de terminar en esos guetos que tanto recuerdan a los nazis, a los rusos o a los chilenos de Pinochet.
Hungría rechaza a los refugiados que llegan a Serbia desde Siria, es impresionante ver la estación de Budapest atestada de gentes variopintas tiradas por los suelos, durmiendo, mascando, llorando o gritando. Gritan la palabra “Guantánamo” y ven con estupor que Europa tampoco les quiere. Son en realidad “Los Miserables” de Víctor Hugo, los “Miserables del siglo XXI”.
Austria envía al ejército para detenerlos, para después repatriarlos o confinarlos, en los pequeños guetos rodeados de alambradas llenas de cuchillas puntiagudas, cristales o vidrios rotos para que no lleguen y si alguno llega, llega casi descuartizado. Posiblemente uno en estado de calma no lo hubiera hecho, pero los políticos encaramados en el poder sospechan que podrían se cesados o dimitidos. Vienen en masas y oleadas desde Siria, Ghana, Haití, Armenia, Nigeria y Paquistán.
Europa no puede ser “El Pupas” y no quiere ser “La Madre Teresa”. Por eso los Estados han sido incapaces hasta el momento de alcanzar un acuerdo sobre los refugiados que vienen a ser del orden de 160.000.
El Papa dice que cada monasterio debe de albergar a una familia. La verdad es que la llegada fue entre vítores y aplausos pero esto ya viene a sonar Evangelio, la llegada del Domingo de Ramos donde la multitud recibe al Mesías entre cánticos, aplausos y con ramos de olivo, y al poco tiempo esa misma persona montada en el borriquillo pasa a ser juzgada injustamente, flagelada y ejecutada colgándola clavada en una cruz.
No sé por qué siempre pasa lo mismo, es como si la humanidad fuese un niño pequeño incapaz de aprender y que siempre, torpemente de forma inevitable tropieza con la misma piedra y cae a plomo, de bruces. Es también curioso que la mayoría de este éxodo fueran hombres, aunque también van niños, pero hemos de pensar que en el mundo árabe es así.
Los gobiernos europeos quieren proteger a sus ciudadanos de la avalancha humana, del tsunami, y el problema es complicado y mucho más teniendo en cuenta que es un problema humano, el tráfico de seres humanos que por una razón u otra ahora les toca sufrir.
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