Nacho López | Sábado 19 de septiembre de 2015
“Un joven aspirante a suicida se lanzó al Danubio con la clara intención de ahogarse, mientras la gente empezaba a gritar. Corriendo, llegó un gendarme ataviado con botas y un gran cinturón lleno de munición que no pudo tirarse al agua ya que se hubiera ahogado; con un semblante de genio venido de quién sabe dónde, apuntando su fusil contra el aspirante a suicida le intimó: . El aspirante a suicida salió del río” (Giorgio Nardone y Elisa Balbi. “Surcar el mar sin que el cielo lo sepa”)
¿Quién no ha leído alguna vez un libro de auto-ayuda o visto unos cuantos vídeos sobre motivación? Alguno habrá, desde luego. Aquellos que se encuentran bien, son felices y comen perdices. A estos no va dedicado este artículo.
“La necesidad es la mayor motivación”. Frase aplastante donde las haya aunque, puestos a sacarle punta, se podrían encontrar matices y ejemplos cotidianos que relativizan el significado de tal afirmación; de lo contrario uno no explica cómo es posible que personas de una clase social muy baja no estén motivadas para trabajar de cualquier cosa o, como decíamos la semana pasada, cómo puede sufrir alguien que lo tiene todo. Quizás tengan alternativas más ‘cómodas’, quizás crean que es mejor ser una víctima pasiva o quizás no puedan escapar de sus propios hábitos negativos. Nunca se sabe lo que la mente puede ocasionar o esconder, ni la realidad que puede llegar a crear a través de los hábitos de comportamiento.
Recuerdo a un amigo que repetía una y otra vez: ‘todo lo malo siempre me pasa a mí’. Y era cierto: accidentes, situaciones límite, broncas, incluso problemas de salud de todo tipo. Muchas veces le preguntaba: “¿crees que tú tienes algo que ver con lo que te pasa o es que ‘estás gafado’?” Creo que tenía claro que lo suyo era mala suerte y punto, no era de los que creía en que uno recoge aquello que siembra, ya que si lo hiciera estaría aceptando cierta culpabilidad. De la misma forma que tengo varios amigos que andan con esa “nube gris” encima sus cabezas, también hay otros que tienen ‘buena suerte’: ¿Cómo es posible que a unos les vaya tan bien y a otros tan mal?, y mejor aún: ¿cómo es posible que dicha ‘suerte’ les venga acompañando desde hace mucho tiempo? Cuando hablo de ‘bien’, ‘mal’, ‘suerte’ o ‘no suerte’, es una valoración general. Hay personas a las que les va muy bien monetaria o profesionalmente pero les va muy mal con sus relaciones personales o con su salud física o mental, sin embargo todos sabemos a quién le va bien, y mal, en general.
Una vez escuché de un gran ‘motivador’, Emilio Duró, que no es tanto una cuestión de ser bueno haciendo algo sino de copiar a los mejores. ¿Qué tienen las personas a las que les va bien que a otros les falta? ¿Suerte, motivación? Puede que al no tener mala suerte estén más motivados y contentos; también puede que se sientan a gusto consigo mismos y que duerman bien por este mismo motivo, ya que se van tranquilos a la cama. Quizás ellos sonrían a otras personas desde bien temprano porque están descansados cada mañana, y puede que trabajen muy bien porque los compañeros y los clientes también les sonríen de vuelta. Como trabajan mejor, tienen mejores resultados, ganan más dinero y están más contentos cuando llegan a casa, donde contagian esa actitud a su pareja, a sus hijos y a sus amigos. Como han tenido un buen día, vuelven a dormir bien y de otro buen sueño nace otro nuevo día con buena energía y las pilas cargadas. En fin, ya se hacen ustedes una idea de por dónde van los tiros. Tanto la desidia y el desánimo como el dinamismo y el optimismo se retroalimentan. Por supuesto después de conocer a alguien así tenemos dos opciones: o vamos al baño a vomitar, les criticamos y nos venimos abajo, o admitimos que mejor nos iría si se nos pegara algo de esa persona y lo copiamos, o al menos intentamos cambiar algo en vez de autocompadecernos.
Cada uno entra en su propia cadena de procesos mentales -y físicos- que o bien nos hunden hacia los infiernos o bien nos motivan. Muchas veces nos sentimos a la deriva sin saber dónde ni cómo coger el timón de nuestro comportamiento, y menos aún de nuestras emociones. Si queremos perder peso, si buscamos tener mejor relación con nuestra pareja o con nuestros amigos, si deseamos ser más atractivos, más competitivos o incluso más saludables y dichosos, siempre hay algo que podemos hacer al respecto, ¿no creen? Cambiarlo todo de golpe parece tarea imposible y las metas que uno se propone en la mayoría de las ocasiones parecen inalcanzables pero, ¿y si hay algo que yo pudiera hacer HOY de forma diferente que me llevara un poco más cerca de la meta o más lejos del problema? ¿Y si la suma de muchos días como ‘HOY’ me acercaran, más pronto de lo que creo, al estado que tanto anhelo? ¿Cómo podría yo controlar mi peso, mi atractivo físico y personal, mi salud o mi éxito profesional?
Les voy a sugerir, de nuevo, otro pequeño experimento: 1) Me gustaría que pensaran en su problema, su dificultad o su objetivo. Cualquier cosa que sientan que no va bien en sus vidas o que les gustaría mejorar (la que sea prioritaria) 2) Una vez que lo tengan identificado, les pido por un momento que imaginen que este problema ya está superado o que ya han alcanzado su objetivo. Por ejemplo: ya se encuentran bien de salud; están contentos y motivados; tienen unas excelentes relaciones sociales y caen bien a casi todo el mundo; tienen éxito profesional y les gusta lo que hacen; han encontrado una pareja; están contentos con la vida que llevan, etc. 3) Ahora les pido que imaginen qué estarían haciendo, pensando o sintiendo una vez que se han situado “más allá” de su problema o de la consecución de su objetivo, es decir, más allá de la meta ¿Qué estarían haciendo de forma diferente?, ¿cómo se comportarían si su problema hubiese desaparecido o su objetivo se hubiera cumplido? Y 4) Entre las cosas que aparezcan en su mente, escojan la más pequeña y pónganla en práctica. Cada día pueden hacerse esta misma pregunta y todos los días pongan en práctica la menor de las respuestas que hayan imaginado, como si el problema ya no existiera. De esta manera, cada día se producirá un cambio que producirá a su vez una reacción en cadena de cambios posteriores, hasta llegar a darle la vuelta a su antigua forma de enfrentarse al problema, y por lo tanto, de percibirlo y sentirlo.
Por ejemplo, una persona que “ya no tiene sobrepeso” podría preguntarse cada día: ¿qué cosas haría si estuviera en mi peso adecuado? ¿Cómo me comportaría?: ¿estaría controlando lo que ingiero o seguiría con los excesos; andaría más o cogería el coche para todo? O quizás una persona a la que de repente, “le motiva su trabajo” se preguntaría: ¿tendría una actitud colaborativa con mis compañeros de trabajo?, ¿me interesaría por lo que hago, investigaría, preguntaría e intentaría aprender o por el contrario me aislaría y sería seco o insulso con mis compañeros y clientes?
Puede que tan sólo sea cuestión de sonreír más, ponerse guapo por las mañanas, comer un poco menos en la cena, beber más agua, no presionar, o decir más a menudo ‘por favor’, ‘gracias’, ‘en qué te puedo ayudar’ o ‘te quiero’, ¿quién sabe?. Comportarse como si una cosa fuera verdadera, aunque no esté demostrado que lo sea, hace que al cabo de poco tiempo lo consideremos como tal. Si no, siempre nos quedará la necesidad como último recurso para encontrar la motivación, ya que cuando nos despidan, cuando el médico nos comunique un grave problema o cuando nuestra pareja o amigos nos abandonen por imposibles, no tendremos más remedio que ponernos las pilas.
“Recuerda: sólo existe un momento importante: ¡Ahora! es el momento más importante porque es el único sobre el que tenemos algún poder”. Leon Tolstoi
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