LA SELECCIÓN ESPAÑOLA ARROLLÓ A LITUANIA (80-63) EN LA FINAL DEL EUROBASKET 2015
Diego García | Domingo 20 de septiembre de 2015
La selección liderada por Pau Gasol ha conseguido su tercer oro en los últimos cuatro europeos, subrayando el estatus monopolizador de España en el baloncesto continental. Con el claro triunfo ante Lituania en la final, los pupilos de Scariolo cierran un torneo que ha puesto en valor la capacidad de transformación y renacimiento de un grupo de jugadores que no se cansan de ganar.
Estirar la capacidad de reinvención para sobrevivir en la cima. Éste pareciera el diagnóstico que ha iluminado la senda hacia el oro español de este Europeo. Confesaba Pau Gasol, al tiempo que se lamía las heridas en la resaca de la bacanal triplista de Belinelli, que debían "ser conscientes de que este grupo no tiene el mismo talento de baloncesto que en años anteriores”. "Nos pasó en Polonia (Europeo de 2009) y en los Juegos de Londres (2012), en los que perdimos dos partidos en el grupo y fuimos capaces de acabar muy bien el campeonato”, avisaba el máximo anotador del torneo continental para, en segundo término, subrayar la “necesidad de darlo todo y de jugar con una intensidad, una concentración, una disciplina y una conjunción de equipo enorme para sobreponernos a estos momentos, que son difíciles". Y, cual automatismo elitista, España mutó su condición para refrescar el sabor de la gloria.
Como Rafa Nadal, que a pesar de seguir inmerso en un intervalo de introspección provocada por las lesiones y sus incertezas mentales anunciaba su condición de púgil “peligroso”, la presente edición de la generación de oro del baloncesto patrio ha mostrado la habilidad e inteligencia para sobreponerse a las ausencias capitales que nombran a Juan Carlos Navarro -víctima del paso inexorable del tiempo-, Álex Abrines –infortunado- José Calderón, Ricky Rubio, Marc Gasol (mejor defensor de la NBA) y Serge Ibaka –todos ellos apartados por prescripción de las franquicias norteamericanas-. Scariolo, que manejó una rotación corta, supo enfoscar el juego interior en repliegue elevando la exigencia exterior y el equilibrio sobrevino en el mejor momento imaginable, toda vez que amainó la rocambolesca fase grupal en su epílogo ante la Alemania de Nowitzki y Schröder. El tiro libre marrado por el base de los Atlanta Hawks en el O2 berlinés autografió la disolución de la presión de un vestuario salpicado por obreros experimentados e inexpertos a esta altura de jerarquía. Y el nivel competitivo suplió a la profundidad y calidad técnica de las piezas en disposición, decretando la cohesión y el compromiso en la solidaridad de esfuerzos como hoja de ruta y la demostración de galones como obsesión.
Con Rudy Fernández -maltrecho por pinzamientos en la espalda que le maniataban en la fase ofensiva, arriesgando el tipo sin contemplar la temporada en su club- como tesitura simbólica del estadio épico colectivo y el mayor de los Gasol destapando la esencia del doble ganador del anillo en la atmósfera californiana, la selección española creció en su confianza y disposición para adecuarse al rol de tapado impaciente por indigestar el favoritismo a los presuntos colosos. La fluidez en la anotación y la producción de tesituras atacantes de los ilustres oponentes quedó contaminada por la actividad de Llull, Fernández, Rodríguez, Reyes, Mirotic y la aparición como complementos de relevancia de Pau Ribas y Víctor Claver. Con el tablero propio cada vez mejor protegido y la red de ayudas ideada con maestría y ejecutada con eficacia, la invicta Grecia no consiguió entrar en dinámica y los 27.000 espectadores asistentes a la semifinal se vieron obligados a tragar la vendetta del pretérito mundial y maldecir su fortuna por haber degustado un hito deportivo como sujeto pasivo.
Los 40 puntos de Pau (que ha firmado más del 30% de los puntos españoles) y la anestesia implementada a la exuberancia gala –un movimiento de achique que llevó a Toni Parker a preguntarle a Dios en voz alta qué había “hecho mal”- diseñaron un rendimiento memorable que, camino de la consecución de la adquisición de la plaza para Rio 2016, escribieron otra página más de la leyenda que arrancó en el Mundial de Japón en 2006 y que reconquista el espacio de este deporte en el imaginario colectivo de la sociedad cuyo Jefe de Estado cumplió su promesa -en el peor momento del torneo acordó con los jugadores una potencial cita en la final- y acompañó al combinado en su éxtasis ante Lituania. Nadal y la bomba Navarro tampoco se lo quisieron perder.
Y es que en pleno proceso de humilde reconversión, el núcleo que llegaba de levantar la Euroliga con el Real Madrid fijaba la ambición en el acceso a la pugna por las medallas y a la plaza olímpica. Nunca apuntaron hacia lo alto del podio. Al galope de la solidez y el desequilibrio por la vía del frenesí en vuelo y la clase de los ejecutores ofensivos, España extremó sus límites para reproducir el dominio continental de la Yugoslavia icónica. Con Felipe Reyes y Pau como elementos imperecederos, el proyecto nacional ha registrado su carácter dominador con tres oros en los últimos cuatro Europeos y seis finales y ocho medallas en las últimas ediciones del torneo continental. La relación de jugadores y las variantes en los perfiles que han acompañado el transcruso de los torneos y los años ha visto culminado su recorrido en este acto de fe que confluyó en la exhibición ante los lituanos.
El nivel de auto exigencia y esfuerzo en pos del bien común español pilló descontextualizada a Lituania y el pregonado duelo de pívots NBA Gasol-Valanciunas quedó desacreditado en importancia por el fragor de la competitividad patria. Desde el primer cuarto España impuso su línea argumental en la conversación y la crudeza de su defensa cortocircuitó la engrasada ofensiva lituana. Gasol, Llull, Rudy -que se retiró lesionado en el tercer cuarto- y actores secundarios como Mirotic, Claver y Ribas mantuvieron y alimentaron la distancia alcanzada de manera precoz. Siempre con más de 10 puntos de colchón hasta disparar el pico de divergencia de rendimiento hacia los 18 puntos cosechados tras el descanso. Los robos propiciados por la incomodidad, la protección del aro propio y los tapones (tres en el primer periodo) sentenciaron el techo de anotación oponente para aclarar el horizonte dorado que vengaba la afrenta de 2003.
Se despidió el conjunto español del Eurobasket 2015 en lo alto del podio después de haber caído, recompuesto la figura y afrontado el trayecto mejor minado de los factibles. Como si de una alegoría de la situación global a la que obliga la sentencia temporal que retira estilistas irrepetibles, el desarrollo endógeno del torneo ilustró a propios y extraños en la vigencia ganadora de este proyecto. La deliciosa metamorfosis que amortiguó el peso de las bajas y el descenso de un estilo de juego casi supeditado al músculo en la pintura, renovó la consideración internacional hacia el baloncesto español y aclaró conceptos a los críticos empedernidos. Valga este último punto para aquellos que subestimaron el corazón, la jerarquía y la calidad de Pau Gasol, mejor jugador del torneo con 25,6 puntos y 8, 4 rebotes de promedio. Sentenciado para la élite durante su prolongado despegue de Los Ángeles, del mismo modo que el sinsabor como anfitrión afectó a la selección española, Gasol y el vestuario que lidera en su estancia desde el viejo continente han reclamado la justa atención y respeto al cariz de su pelaje. La versión de Pau, irrepetible, le coloca como el segundo jugador en la historia que ha conseguido el MVP de un europeo dos veces (junto al yugoslavo Kresimir Cosic).
Las sensaciones y el trofeo ensalzan la capacidad para trascender de este equipo que, a pesar de adolecer el vacío de las ausencias, cerró su participación con 85 puntos por partido (segundo clasificado). Y no figuraría en más top tres de ninguna otra estadística (ni puntos permitidos, ni rebotes capturados, ni porcentajes de dos o de tres), lo que recalca el valor de lo intangible, de la preparación y ejecución de momentos concretos y partidos concretos. Como una guerra de guerrillas. Como un esfuerzo de agonía estirada. España, si se quiere una España diferente, “menos dotada”, ha vuelto a salir a flote en la cúspide para rememorar el sabor del paroxismo.
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