Miércoles 23 de septiembre de 2015
La detención de la cúpula de ETA ayer en Francia supone, en palabras del ministro del Interior, “el final de ETA”. Ninguno de sus antecesores en el cargo habría podido sostener semejante afirmación con la rotundidad empleada por Jorge Fernández Díaz aunque, en esta ocasión, parece que bien puede ser así. Desde que en 2011 se anunciase “el cese definitivo de la lucha armada”, la organización terrorista vivía en una suerte de limbo consistente en mantener una estructura básica y custodiar los zulos de armas que aún mantiene.
Sin embargo, y pese a su inactivad, ETA aún no se ha disuelto. Tampoco ha entregado las armas y menos aún ha pedido perdón por el enorme daño que ha causado. No lo ha hecho ETA, ni tampoco ninguna de sus “marcas blancas políticas”, llámense Bildu, Sortu o Amaiur. De hecho, la mayor parte de sus cargos electos han tenido relación -en mayor o menor grado- con el entorno de la banda; cuestión ésta de la que, lejos de avergonzarse, siguen alardeando.
Afortunadamente, ETA ya no es hoy una amenaza gracias a la incansable labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de la administración de justicia. Sus representantes han sido los valedores del estado de derecho en un frente que no hace mucho aún estaba activo en forma de atentados y kale borroka. Ojalá esté en lo cierto el ministro del Interior, pero, en todo caso, el verdadero final de ETA exige una escenificación social de su derrota por parte de la democracia española.
TEMAS RELACIONADOS: