Opinión

Volkswagen también vive en pecado

TRIBUNA

Nacho López | Sábado 26 de septiembre de 2015

“El esfuerzo que hace falta para mantener a raya el aburrimiento y otras sensaciones desagradables tiene que ser ininterrumpido, nunca podemos bajar la guardia”. Sam Harris. “Despertar”.

Esta semana los mercados financieros se despertaban con la noticia de que la empresa alemana Volkswagen, que significa “automóvil del pueblo” en alemán, estaba haciendo trampas: habían instalado un software en ciertos modelos de coches para engañar a la agencia de medio ambiente en relación a su nivel contaminante. La empresa alemana ha sufrido un gran golpe en el precio de sus acciones y su CEO finalmente se ha decidido a dimitir sin renunciar, por supuesto, al gran paquete de compensaciones económicas preparado para su salida, un plan de pensiones de 28 millones de euros entre ellas.

Más de lo mismo. Ya conocen mi opinión sobre el despliegue global del gran teatro político, financiero y empresarial. Sería demasiado superficial decir que ‘todo es una gran mentira’, porque no lo es, aunque afirmar que ‘todo es un gran juego’ no me hace sentir menos sesudo. Parece que las normas de este juego están bastante claras para unos pocos pero, ¿no estaremos todos jugando a lo mismo, en realidad?

Ahora dicen que mi Golf diésel emite 40 veces más óxido nitroso que el resto de los coches, es decir que mi coche contamina un 4.000% más que el Ford Focus de mi hermano. Por supuesto el resto de las compañías de automóviles se llevan las manos a la cabeza, sólo Volkswagen ha hecho trampas. También la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) dijo la semana pasada que no subía los tipos de interés (señal de bonanza económica) porque todavía había incertidumbres en cuanto a la salud de la economía mundial se refiere, sin embargo cuando los mercados empezaron a reaccionar con fuertes caídas a raíz de sus comentarios, la señora Yellen, presidenta de la FED, se retractó: “todo va bien, los subiremos muy pronto”. No sé muy bien si se refería a los tipos de interés o a empujar los mercados como llevan haciendo desde hace mucho tiempo en EEUU y desde hace un año en Europa. El juego de los banqueros centrales, de las multinacionales y de los políticos es el mismo que el de la industria del tabaco, la financiera, la automovilística, la farmacéutica, la armamentística, la alimenticia, la tecnológica, la del cine, TV y publicidad o incluso el mismo que el de la ‘industria del deporte’ y de la religión, todas y todos en el mismo saco, aunque no todas las personas del saco juegan igual. Gracias a dios quedan “algunos hombres buenos”. Engañar, mentir y manipular hasta ser cazados; reposar, arrepentirse y pedir perdón hasta ser olvidados y vuelta a empezar. Pocos aprenden del ‘supuesto tropiezo’ y pocos cambian. Está en su naturaleza, en nuestra naturaleza, convivimos con el pecado.

De lo más global a lo más particular todos cohabitamos con el engaño, con la mentira y con el pecado. Pecar según los griegos era fallar, no acertar en el blanco o vivir al margen de un código moral. Para algunas religiones pecar significa la trasgresión voluntaria o involuntaria de normas o preceptos religiosos. Y para muchos ciudadanos de a pie pecar está relacionado sobre todo con sexo, comida, drogas y dinero. La cuestión es si sería, o no, pecado trasgredir unas normas morales establecidas por una industria, una sociedad o una unidad familiar: pecado industrial, pecado capital o pecado banal. En el caso de Volkswagen y las emisiones permitidas por la agencia del medio ambiente la cosa está clara: ¡Volkswagen ha pecado!, ya que para empezar en su acción veo tres pecados a simple vista: la codicia, el orgullo y la envidia; y otros tres si profundizo en las vidas de sus directivos: la gula, la ira y la lujuria. En total 6 de los 7 pecados capitales. Pero sigamos avanzando: ¿Sería pecado salir en TV defendiendo el juego limpio (fair play) para después engañar en vivo y en directo, ser sucio y ostentoso, grosero y desconsiderado? ¿Y qué me dicen de vender productos que perjudican claramente a la salud y omitir sus efectos nocivos, como por ejemplo el caso del tabaco, muchos fármacos, algunos alimentos, los móviles, o los productos de belleza? ¿Es eso pecado? Los que prohíben, coartan, limitan o predican la abstinencia sensorial y luego la practican con devoción: ¿están pecando ellos? Quien esté libre de culpa (pecado) que tire la primera piedra.

Se suele decir que tenemos los políticos y la televisión que nos merecemos, pero me gustaría añadir que también tenemos los mercados financieros (inflados) que deseamos, por codicia; que consumimos la medicina (anestesiante) que queremos, por pereza; que compramos los productos tecnológicos (estimulantes) que nos atraen, por gula; que compramos muchísimas cosas (innecesarias) por envidia y orgullo y que consumimos drogas y sexo (adictivos) por lujuria. La ira, sin embargo, se produce cuando nos retiran todo “lo bueno” a lo que estamos acostumbrados, o por los efectos colaterales de cualquier actividad practicada en exceso, ya que todo pecado tiene su cara y su cruz. Por una parte estarían aquellos que reprimen ciertas necesidades biológicas (que casi siempre tiene que ver con el sexo y las sustancias intoxicantes) pero acaban potenciando otras, innecesarias en su mayoría, que casi siempre tienen que ver con la comida, el dinero y las posesiones materiales (mucho mejor consideradas socialmente). En el otro lado andan los que, lejos de reprimirse, se entregan a los ‘pecados’ más vetados y sin quererlo se ven atrapados por el bucle adictivo que estos les proporcionan. No sólo hablo de sexo, alcohol o drogas sino también de ‘ir de compras’, de acumular riqueza y propiedades o multiplicar su dinero, actividades que nos pueden satisfacer en el muy corto plazo (horas, días o, como mucho, meses) pero que nos mantienen agitados y enganchados de por vida, creando tensión, intranquilidad y sufrimiento.

Entonces si el pecado es inevitable y todos estamos expuestos, ¿qué podemos hacer al respecto?

Puede que para un caribeño el ‘amor libre’ sea lo más natural, que para un congoleño andar con la espalda estirada y con la barbilla levantada sea lo más adecuado o que para un ruso la agresividad sea señal de gran poder. Un estadounidense puede desear ser muy competitivo y un japonés estar orondo como símbolo de bienestar y estatus social. También un monje budista trabaja el arte de no hacer nada para desarrollar su conocimiento espiritual y para los alemanes de hoy en día engañar a sus clientes parece que es una gran deshonra. Según en qué parte del mundo hayamos nacido, según cómo nos hayan educado o según como sean nuestros familiares y amigos, así serán nuestras tentaciones, pecados y engaños, o mejor dicho, autoengaños ya que, ¿por qué no podríamos establecer nuestras propias normas, para juzgar nuestras acciones, antes de dar por buenas las reglas ajenas? Abstinencia, exceso o moderación, elijan sus propios pecados, su intensidad o su ausencia.