ESCRITO AL RASO
David Felipe Arranz | Lunes 28 de septiembre de 2015
Junts pel Sí nos orientó ayer en la cosa catalana del secesionismo. Al final, nos ha salido una Cataluña con el corazón partío. Con los 72 escaños de Tocata y fuga de España en “Mas” menor, los secesionistas Antonio Baños y Artur Mas, izquierda y derecha del mito de esta boîte de ideología travestida, andan tirándose de los cabellos a ver quién gobierna este hijo espiritual del antiespañolismo. La ley electoral, esa misma que llevamos años pidiendo que se reforme y que sus señorías prefieren no tocar, prima las provincias menos pobladas en el reparto: los partidos ganan por escaños y no por votos. Así, nos han salido a todos unas elecciones del revés, de armatoste y suburbiales, con un triunfo que es a la vez paradójica ganancia en escaños y no en votos. Los diputados por Tarragona, Gerona y Lérida necesitan menos votos para gobernar: vivan los concejales pedáneos. Es la trampa del sistema D’Hont.
El catalanismo audaz, exaltado y de hilado gordo quiere convocar dentro de un año y medio un plebiscito; mientras, la lucha por el poder del homo catalanicus en ese hipotético nuevo escenario dentro de la región: ¿el macho alfa Mas? ¿El barroco Oriol Junqueras? ¿El hippy Baños? ¿El hincha Raül Romeva? Si el hábito no hace al monje, sí al independentista. En Lo imaginario, Sartre dice que la imitación es una posesión donde el imitador queda siempre poseído por el imitado: después de Cataluña vendrá todo lo demás.
El último desfile que el presidente Rajoy ha ofrecido en los medios –en Girona TV llegó a fundamentar sus razones de Estado con “un vaso es un vaso y un plato es un plato”, menaje del hogar style–, es revelador de que don Mariano ha descansado mucho tiempo en el sorayismo: igual, a lo que parece, Rajoy se ha equivocado de sí mismo. Sus ojos son como un revoloteo quieto a través del cristal, un constipado socrático. Después, el presidente le canta al mismo periodista las bondades del clima, la gastronomía y nuestros caldos.
Si remozásemos nuestra artrítica Carta Magna, sería más fácil que en España empezásemos a entendernos; que andar con debates de última hora –en plan García Margallo/Junqueras por la teleparvenu, con esas prisas de hablar cuando vamos a romper, amor mío–… a buenas horas, mangas verdes. España no es única, sino plural: la salida normal a esta crisis y a corto plazo es una Federación, pues como ya hemos explicado aquí, la Constitución lleva el germen federal, frenado en su día cuando se aprobó la Carta Magna, en 1978. La derecha catalana había pactado con Franco y el “café para todos” del difunto Suárez no fue sino una solución transitoria, un desfile solemne por las alfombras de la Carrera de San Jerónimo hacia abajo. Se crearon así las inútiles diputaciones y se duplicó la cámara, creándose ese retiro dorado, el Boccaccio de la plaza de Oriente, en que se ha convertido el Senado. Qué duda cabe de que, a la vista del desastre de estos desposorios mal avenidos del 78, se conviviría mejor con la plena autonomía de Cataluña, casi cuarenta años chuleando al Ejecutivo, hecha máquina tragaperras por ubú president.
Todos los ejecutivos desde el de Felipe González hasta el de Rajoy han mirado durante décadas hacia otro lado mientras la Banca Catalana de los Pujol, siempre que los gobiernos no fuesen independentistas, hinchaba sus arcas de forma ilegal desviando sus fondos a paraísos fiscales. De hecho, Felipe González –metido ahora a filósofo político y desmayante, como un Gandalf sin barba– y su artículo de El País despertó días atrás la cólera de multitud de independentistas, conmoción que llegó a tal extremo que hubo de aclarar algunos puntos de su discurso en La Vanguardia, al día siguiente entonando la palinodia. Y Mas, que está al plato y a la tajada, se ha ido alimentando con las andanadas que le lanzan los galeones desde Madrid.
El catalanismo viene de lejos. El tema y “la tema” de los de Barcelona, como escribía Quevedo ante la sublevación de Cataluña o Guerra de los segadores y que comenzó con el Corpus de Sangre el 7 de junio de 1640, no es por el “güevo” ni por el fuero. Ocurrió que los campesinos mataron al virrey, el conde de Santa Colona, ante los abusos del Ejército real –compuesto en su mayor parte por más de 40.000 mercenarios–, en el marco de la Guerra de os Treinta Años, cuando la Unión de Armas que iba luchar contra Luis XIII llegaron a las puertas de los catalanes y la soldadesca empezó a cometer abusos contra los vecinos. Después, en el siglo XIX, vendrían más revueltas y una nueva vuelta de tuerca con la Segunda República, cuando Lluís Companys proclamó el Estado Catalán en octubre de 1934.
La heterodoxa Junts pel Sí, esquizofrénica plataforma que aglutina en la misma cama a derechas e izquierdas, les promete a los catalanes hacer del plomo, oro. La CUP, en cuyas listas, paradójicamente, no hay ni un solo apellido catalán, va más allá, pues plantea no solo romper con España, sino la salida de la Unión Europea. De momento, la sensatez catalana de la que hablaba Cervantes, el viejo seny, se ha quedado solo en Unió Democrática de Catalunya, en las gafas azules o rojo chillón de Josep Antoni Duran i Lleida, que dice con su cabeza corporal que tras el batacazo en las urnas se va atravesado por el desamor. De lo que estamos seguros es de que lo de Artur Mas, a la vista de la corrupción de su partido, “aborto monstruoso de la política” –con las mordidas realizadas por Convergència Democràtica de Catalunya (CDC)–, será por el “güevo” y no por el fuero: habrá convertido el resultado de las urnas en un vacío kafkiano de gloria fallida, la cortina de humo perfecta a los pagos con sobres verdes provenientes de obra pública.
Muy lejos queda la Cataluña de Salvador Espriu: la independencia de esta Cataluña de sedas flotantes imaginada por los separatistas tendrá lugar, si se produce, más por obcecación y falta de diálogo con el Gobierno central que por razonable legitimidad. Imagínense la escena estas Navidades: el mapa de España a escala y en relieve y, al fondo, al pie del musgo de los Pirineos, aliviándose el vientre sobre el 52,22% de los vecinos que se sienten tan catalanes como españoles… un reconocible y prognato caganer.