Opinión

Reunificación

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 30 de septiembre de 2015

Escribir un artículo estos días sin hacer referencia a las elecciones en Cataluña o a la imputación de Mas, se presenta como arduo desafío. Cuesta centrarse en un tema diferente, que no sea el de las ratas que campan impunes por algunos barrios de Madrid o el referente al juicio que acaba de empezar en Santiago por el presunto filicidio de Asunta Basterra. Y, sin embargo, nada más poner un pie fuera de aquí, uno se da cuenta de que las habas siguen cociéndose en cualquier parte. En Alemania, por ejemplo, han visto aguarse su fiesta del 25 aniversario de la reunificación a causa del escándalo provocado por los motores trucados de Volkswagen. Y esto, en lo que se refiere al eco internacional porque, con anterioridad, la celebración del próximo 3 de octubre ya había perdido fuelle en propio campo. El motivo: la llegada de miles de refugiados a los que Angela Merkel había abierto las puertas y los brazos ante la preocupación de muchos ciudadanos que no acababan de ver con buenos ojos tanta “generosidad”, cuando todavía existen importantes diferencias entre “ossis” y “wessis”, alemanes del este y del oeste, un cuarto de siglo después de la reunificación.

Los alemanes no esperaban que Merkel asegurara públicamente que su país tenía las puertas abiertas a los refugiados. “¿Sabe la canciller lo que está haciendo?”, se preguntaba en portada el periódico Die Zeit junto al informe de Acnur reconociendo que Alemania es el país de la UE que más refugiados asila. Der Spiegel, por su parte, “disfrazaba” a Merkel de Teresa de Calcuta y titulaba con “Madre Angela” su información sobre los miles de sirios e iraquíes que portaban retratos de Merkel mientras subían aliviados a los autocares fletados por los países de tránsito obligado, como Hungría o Croacia, donde lo único que querían era en quitárselos de encima lo antes posible.

Quizás, Merkel, nacida en la República Federal Alemana pero criada en la Democrática, es decir, en el bloque soviético, recuerda cuando los “ossis” pudieron por fin cruzar al Oeste y comprobar en persona que la otra mitad de su dividido país, aquella que había quedado bajo la tutela de los aliados, parecía no sólo un país distinto, sino un planeta por completo diferente. No ha olvidado tampoco el inmenso esfuerzo, no solo económico, que aquella reunificación modélica exigió al país que aún trabaja para equiparar por completo a las dos Alemanias. De acuerdo con el último informe anual del Gobierno sobre el estado de la reunificación, la renta per cápita sigue siendo sensiblemente inferior en el este, que tiene, además, una tasa de desempleo superior en casi cinco puntos a la del oeste. Solo el flujo migratorio parece haberse estabilizado después de un largo periodo en el que se llegó a temer por la despoblación del este: todos querían salir de allí a pesar de que el territorio ya no estuviera vallado ni bajo la amenaza de los tanques soviéticos.

La reunificación fue posible, en todo caso, gracias no solo a la coyuntura del momento ni al simple devenir de los hechos que cambian a medida que pasan las décadas. Buena prueba de ello es Corea del Norte, donde la reunificación con sus hermanos del Sur parece altamente improbable a corto o medio plazo. En realidad, como tantas cosas que marcan la Historia de nuestra civilización, la suerte de las generaciones y las vidas de cada persona, aquel acontecimiento fue fruto de la capacidad, visión y compromiso de los políticos que gobernaban en aquella época. Una altura – y anchura - de miras, que hoy se echa de menos en buena parte de los mandatarios y líderes políticos, más preocupados en lo pequeño de su propio territorio que en grandes y encomiables proyectos. La reunificación de Alemania después de casi cuatro décadas separada, ocurrió gracias a gobernantes como Gorbachov, que en su discurso ante las Naciones Unidas anunció que dejaba atrás la doctrina Breznev – los países miembros del bloque soviético debían intervenir en defensa del comunismo – y a los líderes que, a su vez, supieron recoger el guante, Helmut Kohl y Francoise Miterrand. Fue un proceso complicado y las transformaciones de comienzos de los 90 exigieron de los alemanes – unos y otros - un esfuerzo extraordinario que poco rédito electoral dejaría a los políticos. “Tras 40 años de República Federal Alemana no se debe mentir sobre las oportunidades que pueden surgir de una reunificación. No las hay”, con esta frase Gerhard Schöeder, sucesor de Kohl años más tarde, resumía en 1989 la idea de que hay que mirar por encima de los más inmediatos y propios intereses para llevar a cabo una empresa que merezca ser celebrada 25 años después y, sobre todo, aprender de ella.