Opinión

La sonrisa de Arturo Mas

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 30 de septiembre de 2015
Es curioso, la Gioconda y Arturo Mas tienen una sonrisa muy similar. En ambos resulta enigmática. Ahora bien, interpretar lo que esconde cada una de ellas no debe crearnos preocupación existencial. La Mona Lisa fue una afortunada de la época. Servir de modelo ante Leonardo da Vinci no es moco de pavo, es más, lo insondable de su rictus bien merece contemplarlo con el éxtasis del arte y el misterio de los sentidos. No así la otra, la que atesora Don Arturo es más obscena, mucho más arcana, diría que se trata de una sonrisa con taimados propósitos burlescos. Otra diferencia a destacar, la sonrisa de él tiene lenguaje universal y por tanto, todo hijo de vecino sabe lo que esconde, mientras que la Gioconda lleva quinientos años de expresión renacentista con el sello de la duda.

La diferencia trae consecuencia y como no puede ser de otra manera las urnas dejaron claro que un 39,54% quieren ser catalanes diferentes y un 8,20% (los de la CUP) más diferentes todavía. O sea, que juntos vienen a representar el 47,74% o lo que es igual, son los que no congenian con el otro 50,62% de catalanes que quieren seguir siendo los mismos de siempre; es decir, ciudadanos libres de litigios e iguales al resto de los españoles. ¿Y ahora qué? –se preguntarán; pues la hoguera de las vanidades para el señor Mas. Y es que ni transcurridas veinticuatro horas del día después los de la CUP han asentado sus reales descartando por ahora una declaración de independencia y han vetado al sonriente Mas para que éste no presida la Generalidad. A buen seguro una decisión para armar el taco y obligar a muchos a un cambio de mímica.

De cualquier manera, raro, raro, raro, que diría aquél. Aquí se cuece el órdago por simple querencia de quienes aspiran a conseguir su objetivo. Se gesta una independencia sin clara de huevo, o sea, por yemas y a las bravas. Los de la CUP tienen la llave de la caja de los truenos y por extraño que esto parezca, después de los resultados habidos, cabe deducir que la escalada hacia la cima separatista ha comenzado, lo que sucede es que muchos de los que brindaban con cava la noche del 27 les va a tocar ir de sherpas si quieren formar parte de la conquista.

A esto nos exponemos a pesar de ese 51% contrario a convertirse en catalanes erráticos, dicho sea, ciudadanos que han preferido continuar apostando por la unión y la regeneración de tanta molicie. Quizás de eso trate la reflexión que nos debamos hacer con vistas a las próximas generales. Este país no es Cataluña por un lado y el resto por otro. El dilema catalán va a seguir dando por saco por una simple ecuación: la descapitalización de los valores políticos y esta igualdad matemática hoy en día es común para toda la geografía. La pérdida de la riqueza histórica y cultural que venimos sufriendo desde hace muchos años nos obliga a buscar encuentros con una tercera fase, ni la de antes ni la de ahora, por eso una formación de nuevo cuño como la de Ciudadanos se esté abriendo camino entre la multitud enseñando que el cambio generacional es posible sin necesidad de derechas e izquierdas tan arcaicas y rancias como el codillo del toro Islero (el mismo que mató a Manolete, por cierto)

Cuando el menguante señor Rajoy deje su retórico mensaje del cumplimiento de la ley y cante las cuarenta en bastos, quizás pueda frenar el desmán de quienes se han lucrado de manera impúdica en Cataluña en clara sintonía con “me lo llevo que aquí no pasa nada”. Al final pasa lo que pasa y estamos donde estamos. O sea, sentido de estado en quiebra si no se reconduce la situación y no lo digo yo, lo dice hasta el mismísimo Aznar.

En resumen, Cataluña dividida en dos clases de ciudadanía sin saber muy bien cuál va a ser el peaje del sufragio, porque ahora viene la camaleónica sonrisa de quienes ven en todo este guirigay una peana a la que auparse para llegar antes a la cima del desorden y al enfrentamiento entre unos y otros; entonces el problema no será de banderas, será de órdago para Rajoy y para un Partido Popular amarrado en Génova con pasmosa quietud e incapaces de tomar medidas antes de las generales. En fin, mucho me temo que a estas alturas del curso el único cambio que nos espera será el de ajustar la hora de invierno. Es lo que tiene dejar los deberes para el final.