Opinión

Madrid-Barcelona

Rafael Narbona | Sábado 03 de octubre de 2015

Nunca me han conmovido las banderas. Me interesan más las personas y los paisajes. Hace unos días, viajé a Barcelona en tren. El moderno AVE no me pareció tan moderno. De hecho, me recordó al antiguo Talgo, con su pasillo central, sus asientos perfectamente alineados y sus enormes ventanillas, verdaderos miradores ambulantes. Los coches blancos del AVE son más afilados que los coches rojos del Talgo III, una versión que circuló entre 1964 y 2010. Ambas fechas casi coinciden con el perímetro de mi existencia. El propósito de incrementar la velocidad ha impuesto formas más aerodinámicas. Los viejos vagones del Talgo III se confunden con mi infancia, alimentando mi incurable nostalgia, pero los del AVE, lejos de producir mi rechazo, rescatan otro aspecto de mi niñez: la pasión –me temo que poco original- por Julio Verne. Su aspecto de flecha o pez vela evoca el Nautilus, el submarino del capitán Nemo que descendía hasta las profundidades abisales, con un potente reflector, arrojando claridad sobre zonas sometidas a una penumbra permanente.

La tecnología no sólo ha transformado el tren. La estación de Atocha también ha cambiado de aspecto. Se conservan las paredes de ladrillo, pero las antiguas vías han desaparecido para alojar comercios y un jardín tropical. Las palmeras que se inclinan bajo la estructura de vidrio y metal acentúan la sensación de ligereza de un espacio reinventado. El embarcadero ahora es un vestíbulo ultrajado por el plástico de las tiendas. Es difícil sentir aprecio por un material que afea y contamina, oponiendo una tenaz resistencia al tiempo. La antigua estación poseía el encanto de un apeadero de provincias. De joven, no podía acercarme a ella sin fantasear con la pequeña estación que aparecía al comienzo de El hombre tranquilo (John Ford, 1952), con sus vagones de un verde irreal, casi de cuadro fovista. Sé que es una asociación con escaso fundamento, pero yo apreciaba una atmósfera similar: una adorable negligencia, una sensata despreocupación por los horarios, unos viajeros que paseaban sin mostrar prisa por llegar a su destino, un sentido estético de la vida. En nuestros días, todo eso se ha esfumado.

Subí al tren al mediodía, con la emoción de contemplar el paisaje. No tardaron en aparecer los primeros pueblecitos. A veces, sólo eran un conjunto de casas agrupadas alrededor de una iglesia, con un campanario apuntando al firmamento como un gigantesco ciprés. Era imposible no sentir simpatía por ese apunte de vida y espiritualidad en mitad del vacío de la estepa. Intentaba imaginarme cómo sería la vida en esos lugares. En las ciudades, existir cada vez se parece más a un soplo efímero. La promiscuidad no favorece la comunicación. Por el contrario, propicia el aislamiento, la soledad, la aspereza. Las grandes aglomeraciones urbanas crepitan como colmenas, pero en su interior miles de vidas ruedan como una hoja solitaria y sin rumbo. Mis ojos, acostumbrados a las hileras ininterrumpidas de viviendas, se complacían al observar el tamaño de esos pueblos, donde aún se puede caminar sin miedo a ser arrollado por un vehículo. Las espadañas de las iglesias pueden ser el espectáculo más notable de poblaciones que apenas rozan los cien habitantes. Algunas no tienen comercios, farmacia, escuela o dispensario médico, pero todas disponen de un pequeño cementerio, con una reja negra y unas tapias blancas que tiemblan como velas en mitad del océano. Leí en las pantallas digitales que viajábamos a casi trescientos kilómetros por hora y lamenté la brevedad de mis avistamientos, preguntándome qué huella dejarían en mi memoria.

Me adormecí un rato y cuando desperté el paisaje había cambiado. Seguían apareciendo pueblecitos, pero ahora lo hacían entre pendientes arboladas. Las planicies despobladas habían sido reemplazadas por zonas de monte bajo. Se había oscurecido el cielo y se intuía la proximidad del mar. Quizás sólo era un presentimiento alumbrado por el deseo de posar la mirada en el Mediterráneo, largamente añorado. En los pueblecitos de la estepa, había visto en ocasiones una bandera roja y gualda, con los colores apagados por la lluvia y el sol. Ahora tremolaba –de forma igualmente ocasional- la estelada blava. La intemperie no se había mostrado menos considerada con sus colores. Mi formación filosófica se disparó automáticamente. Acudió a mi mente la famosa frase de Demócrito de Abdera: “La patria del sabio es el mundo entero”. Heráclito ha pasado a la historia como “el filósofo que llora”. En cambio, Demócrito es recordado como “el filósofo que ríe”, tal vez porque nunca se dejó seducir por dogmas. Demócrito creía que el alma, “morada de nuestro destino”, es una llama universal que vibra idéntica en el interior de cada ser humano. Su nota diferencial no está determinada por un color, sino por la capacidad de ser feliz o infortunado, lo cual depende de la virtud. La verdadera dicha es una cualidad ética, no un fruto del azar. Me apeé en la estación de Barcelona Sants, hambriento de nuevos paisajes, y subí a un taxi negro y amarillo, conducido por un paquistaní que escuchaba a Billie Holiday, quizás por un capricho de la programación radiofónica. Es el primer centenario del nacimiento de “Lady Day” y nunca está de más pinchar –perdón por el anacronismo- sus canciones. Nos despedimos con un cordial “adéu”, cerca de la Torre Agbar, que hacia las cuatro de la tarde parecía un coral azul oscuro. Pensar que un paquistaní y un madrileño se decían “adiós” en catalán, intercambiando una sonrisa, despejó mis dudas sobre la posibilidad de los milagros. Durante dos días, he gozado de la compañía de los barceloneses, que me han dado pruebas de su humor, cortesía y humanidad. La política no asomó su antipático rostro en ningún momento. Definitivamente, no me interesan las banderas, sino las personas.