La celestial capota plomiza, que se presentaba contaminada por la pátina rojiza del anochecer en la ribera del Manzanares, pareciera actuar como marco y alegoría de la trama que protagonizaría el primer derbi del presente ejercicio. Susurraba, quizá como reverberación de los envites pretéritos, una hoja de ruta de juego replegado en sí mismo, rocoso y subyugado por la riqueza táctica de los dos estrategas que habrían de idear el cariz de este prematuro duelo de enemigos íntimos. Su precocidad, capricho del calendario, quedaba autografiada por el endeble punto de cocción que lucían los renovados proyectos con que Atlético y Madrid medían fuerzas: el primero, todavía permanecía inmerso en la búsqueda de la inclusión de la calidad en el sistema y el segundo, aún trataba de encontrar fluidez natural a la combinación ataque-defensa equilibrada. La incertidumbre endógena condicionaba en similar proporción de profundidad a ambos clubes por primera vez desde que Simeone repensara la competitividad del clásico capitalino.
Diego Pablo no disimuló el estadio que atraviesa su libreto y probó de inicio con uno de los diseños más ofensivos que se le recuerdan desde que tomó el timón colchonero. Su medular luciría un pelaje menos físico y más creativo que de costumbre. La ausencia de Koke no encontró en Saúl el contrapeso, sino que vislumbró un acompañamiento para la pareja Gabi-Tiago que dibujaba un 4-3-3 con Óliver cohesionando las líneas y Correa disparando la transición, en conexión con el desequilibrio de Torres y Griezmann. La posición de éste último y de la perla argentina viraría de la cal hacia el centro para explotar los espacios entre líneas que deshilachan la retaguardia merengue. Jackson, Carrasco y Vietto aguardarían su opción ante la ambiciosa apuesta atlética. La intensidad, la altura de la presión, el rigor en las ayudas y la eficacia en la suerte del contragolpe marcarían el devenir de un conjunto local que concebía esta noche como la idónea para recuperar sensaciones.
Rafa Benítez, por su parte, leyó la relación de aptitudes y riesgos y decidió blindar la parcela central para empezar a ganar el duelo a través de la consistencia. Así, Casemiro inyectaría potencia anatómica y la energía de un nuevo peón de corte defensivo a la pareja Modric-Kroos, tan necesitada de respiro. El croata dispondría, además, de cierta libertad de subida al contar con un resguardo extra en la vigilancia del contraataque oponente. Isco reaparecía en el once -con la atribución sobre su espalda de ejercer de enganche y del último pase- para acompañar a Ronaldo y Benzema en una suerte de 4-4-2 con tendencia a mutar según la tesitura. Ramos regresaba al centro de la zaga para añadir bagaje a Varane, y Marcelo y Carvajal volverían a sufrir un examen de seguridad en el repliegue ante las superioridades buscadas por sus homólogos Juanfran y Filipe. La alineación madridista parecía optar por el control aunque el compromiso táctico, el cuidado en la ruptura a la espalda y el eficaz manejo del cuero no cedían vigencia. Bale, Jesé y Kovacic representaban los adalides del plan b.
Bajo el paraguas de este inestable guión -ambos contendientes parecían desdibujar sus roles con respecto a su interacción con el balón- volvió a emanar el particular aroma de esta batalla. Se desplegó con presteza el paisaje que gobernaría el primer acto: ambos púgiles lucharían por la preeminencia en el discurso a través del control del esférico con multiplicación de ascenso y descenso de la cobertura de metros por la vía de la presión o repliegue. Si bien el reparto de este apartado resultó competido, los visitantes mostraron una jerarquía notable al imponer su calidad distributiva para amortiguar el ardoroso arranque.
Intercambiaron acercamientos como resultado de los empujes y achiques ajenos, siendo Ronaldo el primero en golpear a la puerta al cabecear desviado un centro de Modric en el segundo minuto de juego. La superioridad en banda izquierda y deficiente basculación madridista condujo a la asociación Óliver-Filipe que cerró capítulo con centro del brasileño y remate fuera de Correa, casi sin ángulo.
Había asentado el reparto de los espacios mejor el Madrid, con los laterales ocupando el escaño en la medular para que la posesión corriera más regada y el Atlético no conseguía tomar aire en su encierro, en base a las imprecisiones provocadas por la intensidad tras pérdida rival. Fruto de esta salida repleta de personalidad se generó el espacio para el primer tanto. Carvajal -más incisivo que Marcelo- retó a Filipe y le rompió con un autopase que le granjeó la perpectiva necesaria para encontrar el cabezazo que Benzema colocó en la red. Se quemaba el minuto ocho y los pupilos de Benítez mordían primero. Recogía rédito tempranero el club que buscaba hacer caja del resbalón hispalense culé.
Reaccionó el Atlético sin cortapisas. Adelantó líneas y comenzaba a llevarse a la boca la teoría ideada por el Cholo: Correa, Griezmann y Óliver intercambiaban posiciones y movilidad para contrarrestar el trivote merengue. Entre líneas encontraba la oquedad el conjunto colchonero, que obligaba a retroceder pulgadas a un Madrid que rápido cesó en su empeño monopolizador para entregarse al robo y transición. Con este escenario Correa susurraba su reclamo protagónico combinando con Torres por el carril central y repitiendo un intento que lamió el poste de Navas en el 11. A continuación, el diamante argento -de magnestismo especial en el baile con su par- desnudaba la orfandad de Casemiro en la frontal de su área para controlar, girar y chutar lejos de la diana en el 14.
Se manejaba el equipo de Chamartín en un intento continuado por anestesiar el ritmo por el camino de la recuperación del tempo con el cortejo de la pelota. Sin Ronaldo, Benzema e Isco buscando las cosquillas por el centro en la fase de elaboración, la circulación no escapaba de la horizontalidad calmada ante un Atlético que detonaba su ardor sólo en cancha propia, aguardando el error para desplegar frenesí. Y el aviso del peligro ante el descenso de concentración tomó forma en manera rotunda: un fallo garrafal de Ramos en la salida de pelota propulsó una acción rocambolesca de Torres que confluyó en un balón suelto en el área que Tiago transformó en penalti del central andaluz. Emergió Navas, en el 21, con una estirada de póster para conjugar el lanzamiento de Griezmann y eludir la penalización por desconcentración.
Se templó el fragor con la respuesta del bloque visitante, que se hizo con el esférico, consiguió tomar oxígeno y recuperó el pulso de la construcción de ocasiones. De una combinación alargada arribó el pase interior de Isco para el remate muy desviado de Ronaldo desde la frontal, en el 33. Cinco minutos más tarde, con el paradigma encerrando al Atlético, el luso probó suerte, sin éxito, en falta directa desde media distancia. Y bajo este paleta se decretaría el intermedio. Ámbos púgiles habían conducido el duelo a una apnea que favorecía al dominio visitante, con Casemiro ganando enteros en la anticipación de los mediapuntas locales, como retén del trivote, y el mando del lado merengue. Tan sólo la lesión de Carvajal en el 41 inquietaba a esa altura a los de Benítez, que perdían a su salida de juego predilecta en el primer tiempo. Arbeloa ocupaba su lugar, que no las atribuciones ofensivas.
Entendió Simeone que el equipo necesitaba recuperar el estatus de peligrosidad a la contra y ganar personalidad en la charla perdiendo metros para el achique -al descanso, los guarismos reflejaban 38 a 62 por ciento en posesión-. Óliver -intrascendente- dejó su sitio a Carrasco, que pasaba a ocupar el extremo derecho al instante. Griezmann se apostaría sobre Arbeloa y el cuero debía volver a las botas rojiblancas, que enviarían a Juanfran y Filipe a zonas de último pase. Y el Atlético actuó en consecuencia con la idea de su preparador y ascendió su intensidad para empujar al Madrid al repliegue y salida, en primera instancia, y para transformar el tipo de partido, en segundo término.
Se desató hasta que se consumieron los primeros 20 minutos de la reanudación un enfrentamiento sin dueño, salpicado de incertidumbre, que adquirió el aspecto de correcalles para vanagloria de Simeone. Su intención había cuajado: el cuero cambiaba de color y el envite se abría. Por tanto, se multiplicaron las circulaciones puntiagudas y verticales que, por el contrario, sólo significaron dos llegadas: una transición que galopó al paso de Correa y encontró el remate escorado de Torres para abrir boca; y Ronado culminó fuera una contra veloz que confirmaba el carácter menos compacto de la medular local y el desvío en la mira del punta luso.
El Madrid retomó la línea argumental arrancando la pelota al bloque local y, en otro impasse impuesto por la asociación visitante, se desataron los cambios al tiempo que el partido se abandonaba hacia el desenlace. Vietto, Jackson, Bale y Kovacic entraron en escena por Correa, Torres, Isco y Benzema -sin espacio para su lucimiento en tareas de desengrasante interior-. Resultó, pues, un epílogo en el que el club de la Castellana trató de cerrar las hostilidades con más posesión, mejor movilidad en el centro del campo y una red de pases en corto más fluida para relativizar el último impulso colchonero. El rol de Kovacic resultaría fundamental con Bale esperando el envío al espacio. Y el paso de los minutos estaba definiendo en acierto el movimiento de Benítez, que gobernaba el ajedrez con un centro del campo superpoblado para distraer el transcurrir de los minutos y gestionar el cansancio.
Sin embargo, en correlación con el descenso de fuelle visitante -Kroos volvió a reflejar este punto de manera flagrante-, los espacios para la efervescente transición local saludaban en esta altura definitiva, con Tiago en el rol de maestro de ceremonias. Un error tétrico de Arbeloa, que se enfangó en el intento de regate en campo propio, provocó la deflagración postrera que vería al Madrid descompuesto y achicando balones en el encierro al que quedó postergado, mutilado de su opción pinzante predilecta, la banda de Carvajal. La pérdida infantil del lateral salmantino lanzó el desborde y centro raso de Jackson –más voluntarioso e inteligente en el aguantey descongestión que acertado- que Navas no pudo tapar, previo desvío en el primer poste, para el remate a placer de Vietto. Quedaba empatada la batalla en el 83 del minutaje y la última recta presentaba más firmeza física y mental en los atléticos.
No obstante, Vietto -con un cabezazo desviado en el segundo palo- y Jackson –que obligó a Navas a ejecutar la parada del partido a disparo ajustado desde la frontal- gozaron de las opciones para culminar la remontada. Concluyó el derbi con los laterales colchoneros llegando a línea de fondo, Marcelo como adalid independiente, Ronaldo -descontextualizado sin capacidad de desborde ni relevancia- y Bale desconectados del partido, aguardando un pase largo para jugársela en la suerte individual -el luso dispuso del último remate, desviado, madridista-, y la sensación de crecimiento del proyecto de Simeone, que aguantó la marejada de la posesión sin conceder opciones claras.
El Madrid exhibió pliegues tácticos que se desdibujaron en el último respingo, cuando un fallo puntual resquebrajó la concentración agónica del equipo que quería llegar a la orilla cuidando el balón. No alcanzó la cima, amén de por la gallardía contrincante y la merma energética propia, debido a la exigencia rojiblanca, que penalizó cada traspié madridista con furor. El reparto de puntos satisface en mayor medida al correoso rendimiento local, que reaccionó en el segundo tiempo variando el dibujo y la ambición, hecho que queda refutado con el balance de 45-54 por ciento en manejo de balón y 18 a 9 en opciones generadas.
Benítez ha de ajustar todavía las tuercas de la regularidad a un vestuario que, por otra parte, cada vez luce mejor aspecto colectivo, si bien no ha engrasado la entrada entre líneas preponderando los centros. Casemiro cumplió, con notable ejecución, en su labor de elemento de equilibrio y Modric volvió a sobresalir en un centro de campo que recuperó los fantasmas de intrascendencia de Kroos e Isco. El tono rojizo venció finalmente al plomizo y el espectáculo cedió su papel para lucir frondosidad en chispazos que contemplaron como justo el empate. La batalla técnica -que elevó el nivel competitivo exhibiendo las variantes de cada cual- no defraudó, para pintar con precisión la elevada altura de registro futbolístico que luce la capital del fútbol español, capaz de enfrentar a dos esquemas ofensivos simétricos -carrileros que convierten los extremos en interiores para generar superioridades- con la capacidad de mudar la piel en pleno viaje.