Martes 03 de junio de 2008
Si por Eta y su entorno fuera, en la Euskal Herria que sueñan, en vez de con móviles, habría que comunicarse a través de txalaparta y en la radio -si es que se permitiera semejante modernidad- no sonaría otra cosa que trikitrixa y bertsolaris. Así lo han demostrado con sus ataques continuados a las obras del TAV vasco. El sábado miles de simpatizantes de la izquierda abertzale se manifestaban en San Sebastián al grito de AHT Gelditu! (Paremos al Tren de Alta Velocidad) y, casualidad, esa misma noche un artefacto explosionaba en las oficinas de la empresa Amenazar, concesionaria de las obras de construcción del AVE vasco.
De esta forma, se repite el macabro protocolo de actuación contra cualquier tipo de modernización que se pueda dar en el País Vasco, más aún si ésta viene auspiciada por el temible “Estado Español”. Así fue como ocurrió con la central nuclear de Lemoniz, tanto que se apuntaron los violentos, y eso es lo que trataron de hacer para impedir la construcción de la autovía de Leitzaran. ¿Las razones? Una confusa amalgama de razonamientos pseudo-ecologistas que no alcanzan a esconder el fin último de cualquier acción de Eta y su entorno: el afán por echar atrás la máquina del tiempo para volver a un quimérico pasado que, en realidad, nunca existió. El mismo afán retrógrado y paleto que inspiró a un Sabino Arana que renegaba de los españoles “por ser bajitos y bailar a lo agarrado”, el mismo afán hiperconservador que levantó en armas a los carlistas y el mismo afán involucionista y anacrónico que caracteriza a quienes anteponen el territorio y la ‘tribu’ al individuo. Ésas y no otras son las características de un nacionalismo pacato y absurdo que tanto criticaron ya en su día socialistas como Indalecio Prieto y que, afortunadamente, poco tiene que ver con la mentalidad abierta y cosmopolita del auténtico pueblo vasco que tantos exploradores, viajeros y gentes ilustres ha dado al mundo.
TEMAS RELACIONADOS: