Martes 03 de junio de 2008
La inflación y la crisis económica mundial han amargado su décimo cumpleaños al Banco Central Europeo. Este organismo nació el 2 de junio de 1998, después de que los líderes europeos decidieran crear una auténtica unión económica y monetaria en el viejo continente. Por aquel entonces, nadie apostaba por el éxito de semejante empresa. Hoy, diez años después, el euro se ha consolidado no sólo como una realidad duradera y estable, sino como un auténtico acierto.
La eurozona se extiende a lo largo y ancho de toda Europa, abarcando 15 países a los que en breve se sumará Eslovaquia. Sólo el dólar americano puede hacerle frente a un euro que se ha consolidado como la segunda moneda de cambio a nivel internacional. Sin embargo, la crisis económica ha puesto en evidencia las limitaciones del BCE. A diferencia de la Reserva Federal estadounidense, que puede variar las tasas de intereses para enfrentarse a las crisis, el BCE carece de esa posibilidad. La falta de flexibilidad en su acción y una labor bastante “estática” es su gran handicap, desde el momento en el que su función principal es controlar la inflación, garantizar la estabilidad de los precios y finalmente, controlar la oferta monetaria. Sin embargo, las crisis y los ciclos económicos requerirían una mayor libertad hasta llegar a una acción equivalente a la que desarrollaban los bancos nacionales antes de la creación de la zona euro.
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