Nos enfrentamos a una auténtica crisis alimentaria mundial. El desabastecimiento y los altos precios privan a quienes menos tienen de los medios para su sustento. El impacto de esta escasez de alimentos llega hasta el primer mundo. Todos los medios de comunicación se hicieron eco del anuncio de Wal Mart de que la cadena de distribución se veía forzada a racionar su venta de arroz porque su stock no era suficiente para cubrir la demanda.
Roma acoge desde este martes y hasta el jueves la Conferencia de Alto Nivel sobre la Seguridad Alimentaria Mundial: los Retos del Cambio Climático y la Bioenergía organizada por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y que contará con la presencia de varios jefes de Estado y de Gobierno, como José Luis Rodríguez Zapatero. El objetivo es abordar la seguridad alimentaria ante la fuerte subida que han experimentado los precios de los alimentos así como los efectos que en ésta tienen el cambio climático y los biocombustibles y tratar de dar respuestas y soluciones.
¿Cuál es la causa de esta situación? Nos enfrentamos a varios factores. No cabe duda de que la crisis del dólar hace subir a todos los precios que estén referidos al billete verde. Pero también hay causas reales, como la subida de los precios de la energía, que encarece notablemente tanto la producción como el transporte de los alimentos. Por añadidura se produce un factor puntual, pero que también ha contribuido, como es la mala cosecha en un productor tan importante como Australia.
Otro factor real que contribuye al incremento de los precios es el gran aumento de la demanda asociado a la mejora de centenares de millones de personas en Asia que han escapado de la pobreza gracias a su integración en el mercado mundial. Adherirse al proceso de la globalización de la economía tiene premio en forma de crecimientos acelerados, creación de riqueza y erradicación de la pobreza, con todas sus marcas características. El hambre es la más señalada, y es la que más ha remitido en China, Vietnam, India y otros países.
Ecologismo y hambrePero estas causas no son capaces de explicar adecuadamente la crisis actual. Hay un causante que sobresale por encima de los demás, y ese es el biocombustible. La idea de cultivar combustibles puede parecer chocante, pero técnicamente es posible y cuenta con un elemento que le ha granjeado una gran popularidad: son una alternativa a los combustibles fósiles (carbón y petróleo), grandes emisores de CO2 a la atmósfera, y cuyo precio, entre temores de un pronto agotamiento, se ha multiplicado en los últimos años.
Todo lo que suene a alternativa al petróleo, la fuente más abundante y (todavía) barata de energía cuenta con el visto bueno del movimiento ecologista, excepción hecha de la nuclear. La opinión pública, los gobiernos, se dejaron llevar por la corriente favorable a los biocombustibles. George W. Bush añadía a los habituales argumentos ecológicos una consideración puramente estratégica: la necesidad de su país de “desengancharse” de la necesidad del petróleo, para no tener que depender de los avatares políticos del Golfo Pérsico.
El problema de retirar la tierra, el capital y el trabajo antes dedicado a producir alimentos para destinarlo a crear combustible es que necesariamente reduce la oferta de comida. Los pobres tienen que competir, para comprar los frutos de la tierra, con unos precios de los combustibles al alza y con toneladas de fondos públicos destinados a subvencionar el cultivo de carburantes. Tienen todas las de perder y de hecho, por primera vez desde hace más de medio siglo están perdiendo la batalla del hambre.
De este modo, tenemos una demanda creciente pero que choca con una oferta que no es capaz de seguir su ritmo, porque parte de los recursos que se hubiesen destinado a atenderla se asignan ahora a la industria de los biocombustibles. Oferta estancada y demanda pujante sólo podrían crear aumento de precios y desabastecimiento, y ese es precisamente el resultado que estamos observando.
La globalización, la integración de grandes áreas del mundo al mercado, ha producido un círculo virtuoso en el que crecimiento y erradicación de pobreza han ido de la mano. En 1970, según los datos del Programa de Desarrollo de Naciones Unidas, un 37 por ciento de la población de los países subdesarrollados no estaba alimentado adecuadamente. En 1991 ese porcentaje había caído al 20 por ciento y las proyecciones para 2010 apuntaban al 12 por ciento. Ahora habrá que revisarlas por la incidencia de los biocombustibles.
¿Hay burbuja especulativa?
Es característico de las épocas inflacionarias que las materias primas suban su precio a ritmos muy altos. Ha pasado con los metales en primer lugar, luego con los combustibles y ahora con los alimentos. Hay un exceso de liquidez en dólares que se manifiesta en la caída de la cotización de éste o en la espectacular subida del oro, que recupera su carácter monetario en cuanto reaparece la inflación. Ese exceso se desplaza de sector en sector, creando importantes subidas de precios que pueden venirse abajo si en un determinado momento encuentra mejores oportunidades en otro sitio.
El comportamiento de estas burbujas, de estas "bolsas de liquidez", es impredecible. Pero podría ser que una parte se desplazara, por ejemplo, al petróleo, en una apuesta por los 200 dólares por barril de los que ya hablan algunos analistas. De ser así, veremos una caída en los precios alimentarios, pero no un desplome, ya que las causas reales siguen tensionando los precios. De hecho, tanto desde la FAO como desde el Banco Mundial o el FMI se apuesta por que el mercado resolverá la actual crisis creada por los gobiernos, pero que ello llevará varios años con precios altos.