Opinión

Amar es para toda la vida

TRIBUNA

Nacho López | Sábado 10 de octubre de 2015
“Toda la dicha que hay en este mundo, toda, proviene de desear que los demás sean felices; y todo el sufrimiento que hay en este mundo, todo, proviene de desear ser feliz yo”. Shantideva

Todos hemos crecido escuchando canciones de amor y viendo películas donde, en la mayoría de las ocasiones, se nos presenta el amor como un sentimiento muy intenso que es deseable prolongar el mayor tiempo posible. El menor indicio de agotamiento o de apatía nos invita a buscar de nuevo esa sensación natural y legítima, a la vez que adictiva y fugaz. Todos tenemos derecho a estar enamorados.

Hasta hace bien poco las residencias para la tercera edad escaseaban, ya que los hijos siempre se hacían cargo de sus padres durante la vejez, y en una generación anterior a la mía no solo se convivía con los abuelos, sino también con primos, hijos de vecinos, tíos solteros y algún que otro ‘familiar itinerante’ que pudiera pasar ‘por allí’. Se daba por sentado que los unos cuidarían de los otros, y así generación tras generación. Nadie se planteaba desatender a sus padres, a sus hermanos o a sus amigos, ya que el amor, o lo que yo entiendo como tal, se daba por sentado.

Amar no es querer a alguien sólo cuando nos complace sino a pesar de no hacerlo. El amor no se puede convertir en odio: si amaban a alguien y ahora le odian, no era amor, sería otra cosa. Amar no es un verbo estático sino dinámico, para amar hay que hacer, trabajar y demostrar. Amar no tiene nada que ver con el egoísmo o con los celos sino con la dicha ajena aun sin participar en ella. Amar no significa exclusividad sino pluralidad, a muchos o a unos pocos, amar no tiene normas ni limitaciones. El amor no se debe encerrar ya que se marchita, el amor tiene que ver con la libertad. El amor no es pasajero sino duradero, no es pasional sino sentimental y no se cambia ni se sustituye sino que se expande y se multiplica.

Los padres de una amiga mía se hicieron hace poco con una pastora alemana preciosa que, a los pocos meses, resultó tener un problema de displasia. Cuando el criador se enteró del problema les dijo sin dudarlo: “os la puedo cambiar por otra”; como si se tratara de una mueble o de un electrodoméstico defectuoso. Tan sorprendente resulta esta anécdota como observar cómo los hijos de hoy en día ya no quieren cuidar de sus padres ancianos, viudos y solitarios. Me duele en el alma pensar en todas aquellas parejas que se amaron durante mucho tiempo, y que ahora se pelean con uñas y dientes para defender ‘lo suyo’, erosionando así ‘su’ bienestar y el de ‘sus’ hijos y pudriendo ‘su’ propio corazón (un órgano que es la sede de nuestra capacidad de amar y ser amado). Me da mucha pena contemplar la rapidez con la que los humanos mudamos de pareja y de amistades. Hoy aquí, mañana allí, la obsolescencia programada también ha contagiado las relaciones humanas y el amor ya no se muestra como un sentimiento que se cultiva y se aprecia con el tiempo, sino que se ha convertido en una especie de interés que apremia satisfacer casi de forma continua. Es como si fuera una adicción envuelta en papel de romanticismo y vendida en los centros comerciales, en el cine, la música y la literatura, junto con todo aquel interesado en suministrar dosis y antídotos para el mal que tan agitado amor suscita y provoca. Me intriga pensar en lo que ocurriría si el día de mañana tuviera que vivir con mi pareja y mi perro en la casa de un amigo, ¿nos dejaría vivir con ellos todo el tiempo que fuera necesario? Amar y no ayudar no es realmente amar, amar y no pensar en el prójimo no es realmente amarle, el amor no se cuenta, ni tan siquiera se escribe, se hace, se expresa, se da y se demuestra… de manera incondicional.

La pareja que lleva toda la vida unida, como la madre que dedica todo su tiempo a sus hijos y a su hogar o como el amigo que vive cuidando de su padre, sin trabajo o con muy poco dinero, se muestra al ‘público hambriento de éxitos’ como triste o insulsa. No son aburridas ni mediocres, sino admirables. Admiro a quien ha aprendido a amar en la salud y en la enfermedad, en lo más alto y cayendo a lo más bajo, cuando les interesas y cuando no, en las fiestas y en las depresiones, en la productividad y en la desidia, ya que una pareja, un amigo, un padre o un hermano son, como los hijos y el amor, para toda la vida, juntos y separados.

“El amor mora en la nada. Cuando estás vacío hay amor. Cuando estás lleno de ego, el amor desaparece. Amor y ego no pueden existir juntos. No seas pues, alguien. Ese es el significado de ser humilde. Jesús dice: “Bienaventurados los humildes, porque de ellos es el reino de Dios”. Osho