Traducción de Vanesa García Cazorla. Errata Naturae. Madrid, 2015. 152 páginas. 15,50 €
Por Jorge Pato García
Cuántas veces a lo largo de nuestra vida recordamos con añoranza la infancia. En momentos de tensión, de problemas o de agobios, nos sirve de bálsamo tranquilizador, evocando la parte más despreocupada de la existencia. En muchas ocasiones estos recuerdos van ligados a pasar parte del verano con familiares en el pueblo de origen de la familia, tiempo en el que se cultivaban entretenimientos imposibles en la ciudad y se ganaba un punto de asilvestramiento, un tiempo en el que normalmente la figura de los abuelos estaba muy presente.
Pues bien, el escritor belga Charles Bertin (1919-2002) cuando estaba alcanzando su octava década de vida escribió esta novela autobiográfica en la que nos invita a descubrir los recuerdos de su niñez. Durante su infancia, el verano tenía una ubicación y un nombre. La ubicación Brujas, capital de Flandes, ese foco de atracción turística, era donde se situaba la casa que da título a la novela, con un jardín cuidado y poblado que haría las delicias de cualquier chaval. Y un nombre: Thérese-Augustin, la abuela de Bertin y figura que, como queda patente en la novela, fue centro de la vida familiar del autor.
Cuesta pensar que llegando a la última etapa de la vida, un escritor decida recordar su infancia en una novela, pero, sin duda, Bertin demuestra la maestría de toda su carrera literaria y consigue elaborar un volumen breve pero que, a nivel emocional y sentimental, es extremadamente intenso. A tal punto llega que su propio autor achaca las mejores virtudes de su abuela a una bendición celestial, y les concede un grado heroico que es como las percibía un niño, aunque algunas de ellas también son dignas de admiración desde la perspectiva adulta.
Al acabar esta ligera lectura nos damos cuenta, sin poder evitarlo, de que todos tenemos nuestra personal casa en Brujas y a alguien marcado a fuego, positivamente, en nuestra niñez, fuera de la familia nuclear. Pero que nadie se lleve a engaño, pues a pesar de lo personal del relato y de lo glosada que queda la figura de su abuela, no es un libro empalagoso. Sí que es de sentimientos, de intimidades compartidas entre autor y lector.
Siempre nos quedará la duda de saber si Charles Bertin al escribir esta novela en el ocaso de su vida -cabe destacar que su fallecimiento se produjo solo seis años después de que viese la luz-, nos enviaba un mensaje de hartazgo vital y de deseo de terminar su paso por este mundo para poder volver a encontrarse con su abuela allí donde ella estaba y poder así seguir disfrutando de esa enorme figura que fue para él.